El hombre de las dos naciones

El hombre de las dos naciones

Lo diviso a través del cristal de la máquina que me acerca a su casa, en plena calzada de 23, en el corazón del Vedado habanero, esperándome con la paciencia de un padre que aguarda por su hijo.

Ahí está, entero, como la última vez que me aventuré a visitar La Habana: bastón en mano, bigote encanecido y rostro aún bien plantado a sus 89 años, los que insiste en llamar “bien vividos”. No todo el mundo tiene la dicha de llegar tan bien a esta edad.

Claudio Ricardo Carvajal Herrera es, a simple vista, un anciano más del barrio en el que vive. Muchos lo conocen como “el Chileno” y se preguntan la razón por la que aún se mantiene en Cuba, cuando puede estar viviendo en su país natal: Chile.

Lo que muchos no saben es que este simple hombre, que curiosamente no ha perdido su acento, vino a Cuba al inicio de la Revolución, y se enamoró tanto de la vida aquí que llegó al punto de dejar de contar los años de estancia después de sobrepasar los 60.

Al abrir la puerta de su apartamento, lo primero que capta mi atención son los cuadros colgados en el recibidor. Un hermoso mapa de Chile hecho en cerámica da la bienvenida, también un pequeño recordatorio de que en esa casa vive una persona 100 % comunista con fotos del Che y Fidel, y un cuadro de Víctor Jara —cantante chileno y víctima del golpe de Estado de Pinochet— cantándole al amor.

Víctor Jara

En la mesita de centro de la sala hay varias fotos, una de ellas es de un Ricardo pequeñito, no pasa de los cinco años, sonriéndole a la cámara. “Esa me la tomó mi madre cuando vivíamos en Aysén”, suspira.

Ricardo nace en Rancagua en 1936. Pero la verdadera tierra de su infancia no es su ciudad natal, sino un territorio remoto, mucho más al sur, casi al borde del mapa: Puerto Aysén.

Allí la vida se mide en capas gruesas de ropa y en la resistencia del rugido del viento como si de león enjaulado se tratase. “De los 365 días del año, te cuento que 300 eran de crudo invierno, el resto era una pequeña tregua que la Pachamama nos daba, en que la nieve y el barro apenas se despegaban de las botas”. La provincia, un poco más grande en tamaño que Cuba, estaba prácticamente deshabitada y conectaba con el resto del país solo por tres barcos que traían víveres cuando podían.

En ese escenario inhóspito se instala la familia Carvajal Herrera: padre tesorero de un organismo estatal, madre pendiente de seis niños. “No eran comunistas”, recalca Ricardo, su papá desconfiaba del comunismo, pero enseñaba a sus hijos a hacer frente a las injusticias y los privilegios. Contradicción que más adelante marcaría el carácter del muchacho.

Los primeros meses en Puerto Aysén transcurren en un hotel pequeño, de 30 habitaciones. La familia no contaba con suficiente dinero para alquilar una casa, y los primeros recuerdos los crearon allí.

A Ricardo le brota una carcajada ante un recuerdo. “Yo tenía cinco años, estábamos en el hotel. Yo era un niño hiperactivo que jugaba, corría, saltaba; y había un niño de mi edad jugando conmigo mientras los mayores estaban en el comedor. El bar estaba solo. Se nos ocurrió abrir las llaves del vino y ponernos boca arriba para que nos cayera… —se queda en silencio por unos segundos, reflexiona— esa fue la primera borrachera en mi vida. Ahí llegó el cantinero y puso el grito en el cielo, ya habíamos botado vino por todos lados”. 

La primera etapa escolar está marcada por su padre. Este era ateo, por lo que el niño comienza a recibir clases en la escuela pública de la zona. Los primeros años tienen frutos, crean conocimientos básicos, indispensables en la formación del intelecto del pequeño. Sin embargo, al comenzar la secundaria, empieza a darse cuenta de algunas debilidades del sistema. La más dolorosa para él fue entender el olvido de lugares como ese, casi inhóspitos, por parte de los Gobiernos de curso.

“Lo que más me chocaba era que muchas veces se nos acababan los víveres que guardábamos de reserva para el invierno, y teníamos que sobrevivir con producciones locales, porque los barcos no iban en esa temporada”.

A Aysén llegaban también los relegados; opositores políticos castigados al destierro interno, enviados a esta provincia aislada de todo como forma para silenciarlos. Para el Ricardo adolescente estas personas no eran delincuentes ni mucho menos, sino voces que hablaban de socialismo, de comunismo, de un Chile que podría ser distinto. La política deja de ser asunto lejano de capitales y se vuelve explicación a la pobreza de miles de personas.


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Las inquietudes de Carvajal no demoran en chocar con la estructura del Liceo. Protesta, interrumpe, cuestiona. Sabotea las clases de francés que impartía el propio director de la forma más tonta posible, juega con el clic del bolígrafo para sacarlo de quicio. Acumula advertencias y miradas desdeñosas hasta que se reúne el claustro de casi 30 profesores. Discuten si lo expulsan o no. Llevan el caso a votación y termina en un empate. La decisión final es suspenderlo, a lo que llaman al padre y este, contra todo pronóstico, apoya a su hijo. Conoce el ambiente al que son sometidos los que piensan distinto. Decide que Ricardo no va a estudiar más en ese colegio y planea enviarlo a estudiar a Rancagua.

Mientras tanto, otro proceso se cocina en paralelo. El muchacho ya ha dado el paso que marcará su biografía.

A la corta edad de 16 años pide ingresar al Partido Comunista, célula a la cual pertenecían algunos profesores. Después de una reunión íntima, casi de rito de pasaje, es aceptado. Los siete compañeros que forman el grupo cantan, o más bien susurran, La Internacional. No pueden permitirse ser descubiertos, el Partido es ilegal y pueden ir presos.

“Cuando termino la secundaria, hice el bachillerato, que era una prueba que hacían en Chile para aplicar a la universidad (lo que aquí se llama prueba de ingreso), y el puntaje no fue maravilloso. Me alcanzó para inscribirme y comenzar estudios de Derecho. En ese entonces la educación era gratuita, excepto algunos colegios privados. Ya yo estaba forjado como comunista y como allí solo había jóvenes me pasaron de ser militante del Partido a la juventud. Allí sí había una juventud muy aguerrida”.

Cuando surge la pregunta de Cuba, me mira y sonríe, se acomoda en el sofá. Me pide que le alcance la copa que está en la mesita de centro. La mueve y toma un sorbito del líquido ambarino que contiene. Desde que nos sentamos no ha parado de hablar, está un poco agotado. “Mejor hidratación que esta no hay —se mantiene en silencio—. Te reirías si supieras que no sabía nada sobre Cuba.

“Para mí Cuba era, y no te miento, un país cualquiera ubicado en Centroamérica, ni siquiera en el Caribe. Lo más profundo, por así decir, era el conocimiento que había sobre José Martí. Se hablaba mucho en esa época sobre sus escritos”.

Una fiel seguidora de la prosa martiana fue la poetisa chilena Gabriela Mistral, Premio Nobel de Literatura. Ella visitó la escuela de Derecho en la que estudiaba Ricardo e impartió una conferencia sobre el Apóstol. Después de esto, él empezó a interesarse y documentarse sobre lo que sucedía en el país.

Asalto al Palacio Presidencial y la toma de Radio Reloj el 13 de marzo
José Antonio Echeverría

Las primeras nociones de lucha cubana las tuvo cuando el asalto al Palacio Presidencial, en 1957. Ahí conocieron el papel de José Antonio Echeverría, el Directorio Revolucionario 13 de marzo (DR-13) y de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU). Sin embargo, las noticias que llegaban eran muy fragmentadas.

En la escuela se hicieron amplias movilizaciones en apoyo a la FEU, a la lucha de la juventud. “Algo muy bonito fue que los estudiantes que participaron en estas marchas tenían distintas tendencias progresistas, no solo había comunistas. Esto demuestra la unión de la juventud por causas justas.

“Sobre Fidel empezamos a escuchar en el año 59, cuando el Triunfo de la Revolución. Llegaron algunas noticias a través de los noticieros, valga la redundancia, donde ponían imágenes suyas hablándole al pueblo y al mundo. Sus palabras me cautivaron”.

Raúl Castro es el primer barbudo que llega a Chile. En ese entonces Carvajal, además de estudiar, trabajaba como profesor del Instituto Nacional y militaba en el Partido Comunista de Chile. La tarea encomendada por el Partido era participar en las actividades de Raúl y socializar con los otros rebeldes que estaban allá.

Luego llegó Vilma a compartir experiencias junto a un grupo de 80 mujeres cubanas, en una Conferencia Mundial de Mujeres celebrada en Chile. “Aquí tuvimos la misma tarea. Las mujeres cubanas dejaron el listón muy alto y el nombre de Cuba en una buena posición. Y ahí estaban las matanceras”.

Durante la estancia de las cubanas en Chile, hicieron muy buena amistad con los jóvenes de allí. No paraban de preguntarles cosas sobre Cuba. En sus rostros se veía el afán por conocer lo que se forjaba en esa pequeña isla de Las Antillas.

Hay tres nombres que Ricardo nunca olvidará, están grabados a fuego en su mente, las matanceras Alba Carvajal, Zenaida González y Hortensia Pichardo, quien a la postre fue su primer amor cubano.

Estas muchachas propusieron a Ricardo y a otro joven, Guillermo Garay, hablar con sus superiores e invitarlos a Cuba, para que se quitaran esa espinita de conocer el país. Los encargados estuvieron de acuerdo y viajaron.

“Llegamos a Cuba en los primeros días de febrero de 1960. Nos fueron a esperar al aeropuerto como 50 matanceros y nos recibieron con una calidez extraordinaria. Al llegar a Matanzas, nos alojamos en la casa de Alba y, sin que me quede nada dentro, te digo que fue la peor noche de mi vida”.

Era una habitación diminuta, con paredes pintadas en tonos azules que apenas disimulaban la penuria en pleno centro de la ciudad. Aquella noche, sin un ápice de electricidad, los mosquitos zumbaban alrededor como copia barata de rito religioso y el calor tan insoportable se pegaba a la piel. A punto de enloquecer, Ricardo salió pitando hacia el pequeño balcón del cuarto, donde durmió en el piso acompañado de su nueva amiga, la incomodidad. El reto era acostumbrarse al clima.

El recorrido turístico por distintas zonas del país duró aproximadamente un mes. Visitaron en especial centrales, se encontraron de frente con la vida del campesinado cubano, pues se acababa de poner en práctica la Ley de Reforma Agraria.

“Después de un mes de visita y turisteando, pedimos una reunión con el dirigente que nos atendía del PSP (Partido Socialista Popular) y le explicamos que deseábamos trabajar acá en lo que fuera, queríamos ayudar. Lo vio bien y me envió a una cooperativa tomatera en Los Arabos. Ahí estuve durante seis meses. No me puedo quejar, fue un tiempo de aprendizaje, solidarizarnos con los campesinos y conocer a los cubanos.

“Allí trabajé como guajiro, en la tierra. Era lo que yo quería en ese entonces. Ya después pasé a un cargo administrativo, burocracia pura”. 

Cuando se aprueba la Ley de Reforma Agraria, abren las llamadas “tiendas del pueblo», donde le vendían al campesinado cosas que nunca habían visto. Uno de los víveres que distribuyeron fue la carne rusa enlatada; se comentaba que la carne era de osos, hasta de presos, y el papel de los que administraban las tiendas era desmentir aquellos chismes a los campesinos.

El 17 de mayo de 1959 se firmó la Ley de Reforma Agraria.
Momento en que Fidel firma la Ley de Reforma Agraria.

Carvajal estuvo implicado en la tarea de administrar estas tiendas. Llegó a cubrir casi toda la zona sur de Matanzas, en el área comprendida entre Unión de Reyes y Madruga. Se hospedaba en el hotel Los Dos Amigos, en la calle Contreras.

En este tiempo se produce la invasión a Playa Larga, y quién diría que este joven intrépido aportaría su granito de arena en la batalla que marcaría para siempre el pulso de la Revolución cubana.

“Esa noche, cuando se produjo la invasión, yo estaba en Matanzas. Recuerdo que apenas me enteré llamé a mi jefe, Julio Suárez. ‘¿Qué hago?’, le pregunté. Su orden fue clara: ‘Vete para Unión y ponte a las órdenes del jefe del cuartel’. Y salí en la madrugada. En el cuartel, un teniente joven, no recuerdo su nombre, me recibió. ‘Lo que necesitamos ahora —me dijo— es que usted cargue la mayor cantidad de camiones con desayuno para las tropas que se mueven hacia el lugar’”.

El chofer de confianza de Ricardo era un muchacho joven, alegre, pero le gustaba “jugar a la ruleta rusa”. Ese día le había ordenado cargar en los almacenes todo tipo de insumos para conformar los desayunos. Él fue hacia allá, Carvajal se quedó analizando rutas y calibrando los posibles peligros con el teniente. Cuando iba en dirección a los almacenes, esperando encontrar los camiones listos, halló el cuerpo de su chofer; el muchacho se había disparado en la cabeza: “jugando”.

Aun cuando el golpe de la pérdida era reciente, los camiones salieron. Toda la carretera desde el Central Australia, Playa Larga y Girón se llenó de movimiento. Iban repartiendo desayuno a los milicianos que ya estaban en posición. Seguido, el teniente volvió a solicitar los servicios de Carvajal para repartir comidas a las tropas. “Agarramos cinco camiones más, llenos de alimentos, y emprendimos el viaje de regreso”.

Llegaron a Playa Girón cuando el bombardeo estaba en su apogeo. “El estruendo era impresionante. El corazón se me quería salir hasta por los ojos”.

En Guamá tuvieron que hacer estancia, salían los milicianos del primer enfrentamiento y tenían prioridad en la carretera. “Hablé con ellos. Me contaron de la noche, de los compañeros caídos, de lo que habían tenido que aguantar. Después, siguieron su camino y nosotros el nuestro”.

El sol del mediodía quemaba a los encargados de descargar los camiones llenos de víveres cerca del frente, bajo las bombas. Los camiones se quedaron, no había forma de salir rápido en ellos. “Me llamaron para ir a la central de oficinas a entregar las facturas. Hasta en plena guerra había que rendir cuentas”.

En el camino de regreso le tocó presenciar el bombardeo a las guaguas de la Escuela de Milicias de Matanzas. Imágenes que quedaron grabadas en su retina: bombas cayendo de aviones, guaguas ardiendo, los muchachos saltando al mar para intentar salvarse. Algunos no sabían nadar. Otros quedaron carbonizados.

Esos días son descritos en páginas de libros y en el testimonio de miles de hombres y mujeres como una masacre. Pero se constató el ansia de lucha, de defensa del pueblo. La gente de Matanzas, los llamados conservadores, se volcaron a las milicias. Cientos de ellos entendieron que aquello no solo era una invasión, era el intento de matar algo que apenas empezaba a latir.

“Después de eso decidí quedarme, no por romanticismo, sino por certeza. Porque supe que debía poner mi parte para que esto no se lo llevara el viento. Y aquí sigo, creyendo, aunque suene poético, que aquel desayuno que llevamos a Playa Larga era también el desayuno de un pueblo decidido a no volver a ser colonia jamás”.

El chileno posteriormente fue llamado a conformar el Ministerio de Comercio Interior. Ahí dirigió la empresa que nacionalizó todas las bodegas de la ciudad de Matanzas. En el Ministerio, conoció a dos grandes amigos y el lazo que a día de hoy los une: Domingo y Cusita.

“Tu bisabuelo Domingo atendía el almacén de lácteos en la ciudad, y junto a tres amigos nos íbamos todas las mañanas en mi carro a tomarnos unos vasos de almejas con limón y tomate, en la esquina del Parque de la Libertad.  Él me quería mucho, como si fuera su hijo, era mi padre cubano. Lo recuerdo con un cariño especial. Tan es así que, cuando se produjo el golpe de Estado en Chile en el año 70, yo estaba aquí, en Cuba; no me podía comunicar con nadie, porque, como yo era comunista, en Chile nos estaban persiguiendo. Cuando al fin termina este proceso en mi país, voy directo a Matanzas, y el primer lugar que pisé fue su casa. Me paré en la puerta, que estaba abierta, y grité: ‘¡Domingo!’. Ese hombre casi se muere de un ataque cuando me vio. Las lágrimas le corrían por el rostro”.

Waldo Rodríguez, hijo de uno de los más grandes amigos del chileno, se emociona al hablar de él. Lo describe como una persona excepcional. “Desde que él llegó al seno de mi familia, mis abuelos lo acogieron como a uno más. Siempre ha mantenido muy buenas relaciones de hermandad con todos sus amigos. Cuando llegaba a mi casa, todos paraban lo que estuvieran haciendo para atenderlo, parecía una celebridad”.

A pesar de ser una persona que pasa ya el promedio de vida, mantiene la gran cualidad de ser hombre, amigo, antimperialista al ciento por ciento y un verdadero comunista. Se considera latinoamericano desde la punta de los pies hasta el último pelo de su barba.

El golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 se produce mientras Carvajal estaba en Cuba. Dos años antes de este suceso, quiso visitar a su familia. Casi dos décadas sin poder abrazar a su madre. “Me comuniqué con mi hermano, para ver si era pertinente que viajara. ¿Por qué?, porque yo estaba fichado allá por ser comunista. Y no pude hacerlo, la situación política en Chile no estaba bien definida, había amenaza de golpe de Estado y era mejor no arriesgarse”.

Lo primero que pensó al enterarse del suceso fue que a su hermano lo habían liquidado por comunista. Él era abogado en el Ministerio del Trabajo y lo capturaron en dicha institución.

En internet perdura una foto del golpe de Estado, que muestra en La Moneda, tirados en el suelo, unos 20 o 30 hombres. Se suponía que los iban a matar. Entre ellos estaba el hermano de Ricardo. No sucedió lo que tenían previsto, los enviaron al Estadio Nacional, donde había un campo de concentración; allí los torturaron tanto física como psicológicamente.

“Mi hermano Eduardo conoció en ese lugar al cantante Víctor Jara. Vio cómo lo mutilaron. Entre él y otros compañeros le pasaban un poco de la ración de comida que les daban, hasta que terminaron matándolo. Un día desapareció, y después se supo que lo habían asesinado. Mi hermano se traumatizó, me contaba que la estancia allí fue muy violenta”. Tan así fue que se refugió en una zona fronteriza con Argentina, ahí sirvió de abogado y ayudó a innumerables perseguidos a huir hacia este país vecino. 

La matriarca de la familia, a pesar de pertenecer a la pequeña burguesía, tenía unos valores tan extraordinarios, que su casa sirvió de refugio a muchos de los compañeros de lucha de sus dos hijos.

Pero el resto de la familia fue golpeada. El sentir comunista de una tía materna que vivía en Los Andes la llevó a ser capturada, la torturaron de todas las formas posibles. Días después la soltaron, pero murió a causa de complicaciones derivadas de los traumatismos provocados.

Todavía hay llagas que nunca se han cerrado, tanto para la familia Carvajal Herrera como para todas las que perdieron personas importantes en este suceso.

Para Pinochet hubo personajes importantes en la historia que “apestaban” a su alrededor, como el poeta Pablo Neruda o el expresidente chileno Eduardo Frei Montalvo. Sus muertes fueron tapadas.

Augusto Pinochet, ejecutor del golpe de Estado en Chile y líder de la dictadura militar que gobernó la nación andina durante décadas.

“Yo sé que a Neruda lo mataron, él era comunista, lo conocí de niño. Estuvo exiliado en Aysén, era un relegado. Recuerdo haberlo visto en casa y en la militancia del Partido Comunista”.

“¿Crees que la vida de mi papá sea tan interesante como para contarla?”, la voz de Ricardo David, hijo mayor de Carvajal, resuena mediante el móvil. Le llama todos los días; dos, tres, cuatro veces. Las llamadas nunca son suficientes.

Hablamos como si nos conociéramos de toda la vida, aunque es la primera vez que intercambiamos palabras. “Le prometí a mi abuelo, antes de morir, que su amigo de la vida no se aburriría con mis monólogos. Y resulta ser que tu padre es el de los monólogos. Conversamos tanto que siento que sus palabras, sus anécdotas, no pueden quedar en el aire”.

“En su laptop tiene escritos cientos de documentos de su vida, ahí está todo. Ese viejo es un escritor y narrador nato. Desde que soy niño me dice que Cuba le salvó la vida, nunca se ha arrepentido de nada de lo que ha hecho. Siempre vivió para cumplir con lo que le encomendaban, todo por la Revolución, ¿no papá?”, Ricardo asiente a mi lado. 

Desde joven ha sido un hombre muy enamoradizo, no me dio tiempo a captar en estas conversaciones todos los nombres de mujeres que marcaron la vida de este galán.

Asimismo, me comenta su hijo que su orgullo, característico de los chilenos, lo hace callar cuando necesita ayuda. “Está solo en Cuba, no queda nadie de nuestra familia cercana allá. No quiere irse a Chile ni venir a los Estados Unidos, que más quisiera yo —agrega en tono afligido Ricardito—, quiere morir de cara al sol, como dijo Martí, pero en La Habana”.

Mi estancia en La Habana llega a su fin, debo llegar a la Terminal Nacional para regresar a Matanzas. Entre historias de vida, conversaciones interesantes y uno que otro picoteo de comida, el tiempo se fue volando. Me voy con la promesa de regresar lo más pronto posible. (Por: Fabianny Rodríguez Domínguez, estudiante de Periodismo)

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