La Inteligencia Artificial (IA) es un recurso fundamental con potencialidades únicas. Su uso no solo beneficia a las personas de hoy, sino que contribuye a la edificación de un futuro más justo, resiliente y sostenible. Sin embargo, la IA enfrenta numerosos desafíos, debido a sus ventajas y desventajas.
¿Notan algún problema en el párrafo anterior? ¿No? Pues se trata, amigos, de un texto redactado por IA —una que no ha sido bien entrenada o, peor: sin entrenamiento alguno—; plano, básico, de expresiones vacías —y, hasta cierto punto, ambiguas—, fácilmente reconocibles por el ojo experto. ¿A qué llamamos una potencialidad “única”? ¿Eso es positivo o negativo?
Mas, no se puede ceñir la potencialidad de la IA —valga la redundancia, y por muy “única” que sea— al ejemplo antes mencionado. Una IA bien entrenada puede ser un óptimo asistente para numerosas profesiones, independientemente de su campo.
Ojo al término utilizado: asistente; pues, llegado el punto en que la IA sustituye las funciones creativas del ser humano, se está en presencia de un conflicto ético que, por muchos defensores que tenga, pone en tela de juicio la credibilidad de cualquier individuo o información.
Y no, no hablo de estudiantes de secundaria que hacen la tarea con ChatGPT. Me refiero a tesis doctorales hechas de punta a cabo con IA; discursos de administradores públicos; textos periodísticos o literarios; incluso, personas que se llaman a sí mismos artistas visuales y presentan a concurso, sin aclararlo, obras realizadas con IA… ¡y lo más absurdo es que ganan! —muy importante la parte de “y aclararlo”, porque el desarrollo de las IA ha traído consigo el concepto de arte generativo, pero eso es material para otro comentario—.
Sin embargo, y como adelantaba el parrafito ambiguo del principio, la IA posee desventajas de gran peso, pero sus ventajas ganan (y por mucho). Una IA bien entrenada actúa como un formidable amplificador de las capacidades humanas, liberando a las personas de tareas repetitivas y de alto volumen para que puedan enfocarse en labores que requieren creatividad y juicio crítico —este último, sobre todo, con la IA misma—.
Pongamos algunos ejemplos: un guionista radial o televisivo que no posee el tiempo suficiente para buscar información, y solicita a la IA que lo haga por él —así, solo tendrá que verificarla, lo cual consume menos tiempo—; un escritor o periodista que revisa la gramática y ortografía de sus textos con IA; y qué hablar de sus numerosas aplicaciones en materia tecnológica o médica, que cada día resuelven disímiles problemas e innovan en pos de la sociedad.
Incluso, en el ámbito creativo, que es donde suele existir el gran conflicto ético de las IA, estas herramientas pueden asistir a los creadores; no sustituyéndolos, sino proponiendo ideas, variaciones o realizando tareas tediosas de edición, lo cual enriquece el proceso creativo y abre nuevos horizontes expresivos que de otra manera serían inviables.
Al procesar y analizar enormes conjuntos de datos con una velocidad y precisión inalcanzables para un ser humano, la IA optimiza procesos, detecta patrones ocultos y automatiza decisiones operativas en sectores como la logística, la manufactura y la gestión administrativa; eficiencia que se traduce en mayor productividad, reducción de costos y una notable disminución de errores humanos en áreas sensibles como el diagnóstico médico por imagen o el control de calidad industrial, elevando así los estándares de excelencia.
En resumen —¿ven qué fácil es emular el lenguaje de las IA y, por tanto, detectarlas? (este es el inicio clásico de sus párrafos conclusivos)—: estas herramientas constituyen poderosos asistentes —no sustitutos—, cuyos recursos serán de gran utilidad para el ser humano, siempre y cuando se empleen con ojo crítico y, sobre todo, mucha, pero mucha ética.
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