Guiteras, el mártir de El Morrillo

Antonio Guiteras
Con tan solo 28 años, la muerte de Antonio Guiteras frenó una impresionante labor revolucionaria. (Foto: Internet)

No todas las efemérides ancladas en el suelo de un territorio son felices, ni todas se conmemoran con alegría local. Muchas se deben a la pérdida, al dolor tras el cual la Historia pasa página sin mayor remedio, pero la valía que atesoran las hace dignas de ser evocadas.

Vista hoy, la muerte de Antonio Guiteras supone eso: más que un sitio a revisitar en acto solemne, es un ejemplo a rememorar cuando se medita a solas sobre el heroísmo. Cualquiera que acuda al anecdotario de la historia cubana e indague en los sucesos del 8 de mayo de 1935 en El Morrillo, probablemente descubra la frase “Yo no me dejo coger vivo” y se haga una idea del hombre que la pronunció.

Aun así, cabe la pregunta: ¿en qué pensaría Guiteras, revólver en mano, aquella mañana de primavera, de asedio y resistencia?

Fracasado el Gobierno de los Cien Días y condenado a la clandestinidad, descubierto su plan de salida del país con propósitos de retorno armado, rodeado por más de un centenar de soldados a pocos pasos de la desembocadura del Canímar, el joven de 28 años acumulaba demasiada experiencia como para comprimirla en su mente justo antes de morir.

¿Pensaría en Carmelo, el policía que le había delatado por un ascenso? Atrás quedaba su amistad de infancia en Pinar del Río, enterrada por una falsa promesa de escapatoria en un yate que no acababa de acercarse en el horizonte. 

¿O en su madre y hermana, a quienes adoraba visitar por sorpresa en el apartamento que ocupaban? ¿Quizás en su novia, a quien a modo de paseo una vez tomó de la mano para burlar a los esbirros que le espiaban? ¿En Aponte, el valiente caraqueño a su lado?

¿Pensaría en la Sierra Maestra y en el sueño ya imposible de escalarla como guerrillero? Lo que hubiera dado Antonio por salir del atolladero solo con tal de subir a las montañas del Oriente, expandir un frente imparable y desde allí conquistar la soberanía de toda la Isla en las narices del imperio… Sí, el mismo imperio que le había visto nacer y al que reprochaba su accionar con Cuba.

Además de concentrarse en disparar con provecho, a juzgar por el arrojo de sus palabras, bien pudo estar pensando en la Patria; de un modo u otro, pero en la Patria.

Antonio, incluso durante la convulsión de los Cien Días, solía aprovechar tan bien el tiempo que no debía ser un hombre capaz de dedicar lamentos a la traición, a la añoranza, a la frustración, cuando es preciso serenar la mente y afinar el pulso en torno al gatillo. El amor por una causa tan justa como inmensa puede con todo, aun con la certeza de un proyectil inminente.

Despuntaba el amanecer, pero sobre los revolucionarios ocultos en El Morrillo se cernía un final. Más valía recibirlo con dignidad, hasta el último aliento bajo el fuego de metralla. Como en el caso de su admirado Mella, por sus venas corría sangre irlandesa, inquieta, casi con IRA: latía en él tal flujo de libertad que solo pudo pararlo un balazo en el corazón. Aponte, el venezolano, recibió otro en la cabeza.

Allí, entre la uva caleta y el diente de perro, la sangre de ese cubano sin igual caló en la tierra matancera. Bien hondo. Por algo, cuando se recorre el lugar, aunque haya pasado casi un siglo, el matancero invariablemente se abstrae y piensa en la Patria.


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Sobre el autor: Miguel Márquez Díaz

Licenciado en Periodismo graduado de la Universidad de Matanzas. Director y Camarógrafo de programas de televisión.

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