El Cinematógrafo: Creed III

Ficha técnica de Creed III:

Título original: Creed III

Año: 2023

Nacionalidad: Estados Unidos

Dirección: Michael B. Jordan

Guión: Keenan Coogler, Zach Baylin, Ryan Coogler

Fotografía: Kramer Morgenthau

Música: Joseph Shirley

Reparto: Michael B. Jordan, Jonathan Majors, Tessa Thompson, Phylicia Rashad, Wood Harris, Mila Davis-Kent, Florian Munteanu, José Benavidez Jr.

Duración: 116 minutos

Michel B. Jordan sale a dirigir cine con el ímpetu de quien sube al ring en busca de un título mundial bajo la presión del mundo entero, esa masa enfierecida que sintoniza su trabajo para aplaudirle o abuchearle. Como casi todo novato, titubea, pone consejos en práctica, narra sin perder el equilibrio, ni siquiera desentona cuando se pone metafórico en pleno combate final; y, no como a casi todo novato, el esfuerzo le sale francamente bien. Su debut es un gancho directo al corazón.

El hijo bastardo de Apollo, el discípulo contestatario de Rocky, la auténtica estrella de su propia serie (todo al mismo tiempo es, y será, Adonis Creed/Jordan), se despoja de esos fantasmas con los rostros de Carl Weathers, Sylvester Stallone y Dolph Lundgren para aceptar la presencia de un nuevo espectro, proveniente de un pasado propio y, por tanto, ajeno a la mejor saga deportiva de la historia: Damian Anderson (Jonathan Majors), el mejor y primer adversario autóctono de la segunda mejor saga deportiva de la historia.

“Si Apollo Creed se arriesgó con un desconocido, ¿por qué no lo haces tú?”

Si Creed (2015, Ryan Coogler) y Creed II (2018 Steven Capple Jr.) fueron muestra de que no debía morir el legado de Rocky y Adrian, de Mickey y Apollo, de Duke y Paulie, Creed III demuestra que el legado de Donnie y Bianca, de Amara y Dame, del otro Duke y Viktor, recién comienza a ser inmortal.

El grito que lanza a los cuatro vientos el protagonista de esta película, erguido y rabiante sobre las colinas de Hollywood, letrero incluido, cumple en mi criterio una triple función: la de grito de guerra (necesario, y más en un film que por momentos supera en crudeza y efectividad a películas pretendidamente más impactantes); la de un desahogo emocional (el público a esas alturas ha de estar tan implicado que también lo necesita); y la más evidente, de reafirmación cinematográfica, porque pocos héroes de la actualidad aparecen en productos tan buenos como sus intenciones. Viéndole, no solo cree uno que se puede vencer a un rival más alto, fuerte e implacable, sino que la creatividad no ha abandonado del todo a la industria, y que la reivindicación inteligente de un género y el reciclaje cuidadoso de emociones al gusto del público tradicional son aún posibles.

Adonis “Donnie” Creed se prepara para el combate definitivo de su carrera, donde encarará los demonios de su pasado.

Defendiendo el legado, y con ello el tono estimulante, artísticamente saludable y espiritualmente purificador que todo fan busca en cada entrega de este universo deportivo, Jordan inyecta frescura y sensación renovadora al conjunto, partiendo de una trama que, sin ser la más original, lo parece (virtud de esos cineastas que, aparte de buenos, resultan tan valientes como para atreverse a pisar las arenas de un clásico sin miedo a parecer repetitivos desde la distancia). El Jordan director también posee, como quien da por sabidas las cosas y se limita a disfrutarlas y hacerlas disfrutar, esa especie de visión sabia con que Tony Scott recorría el mundo del deporte en Días de trueno (1990), compaginada con una fluidez que, quizás por la regresión en flashback similar a Crimen verdadero (1999), me hace pensar en Eastwood y la comodidad que aportan los directores que no filman un plano sin sentirse cómodos en él.

Creed III hace gala de un excelente atino en la colocación del encuadre y de habilidad narrativa tanto en ritmo como en grado de profundidad (ahí queda ese enfrentamiento nocturno al aire libre entre Creed y Anderson, donde el efecto de un puñetazo se convierte en una lágrima de sangre); sus batallas sobre el cuadrilátero se sostienen en el panorama reciente, y también es el caso de sus predecesoras, como algunas de las más espectaculares, dolorosas, intensas y verosímiles.

En esta saga ya la cámara avanza y serpentea tan segura entre las cuerdas como en las películas de El conjuro se interna entre paredes embrujadas, por emparejarla con un ejemplo contemporáneo de loable destreza donde incluso las transiciones digitalizadas de un emplazamiento a otro parecen orfebrería de plató. El sonido de los golpes, uno de las dificultades históricamente más notorias en el género de boxeo y erradicada desde Rocky Balboa (2006) con un realismo innegable, trasciende la autenticidad del entorno deportivo reflejado y alcanza la magnitud de un tiroteo, al borde de la prolongación justa para poner a prueba la sensibilidad expectante, para que temamos por la vida de cada oponente de Damian, para que valoremos la resistencia de nuestro favorito.

Con respecto a la inquietud, totalmente comprensible, de no ver a Rocky ni en el más remoto rincón de la afición, ni siguiendo en una esquina a su pupilo para guiarle en sus dudas, ni reflejado en el espejo ante el cual Adonis entrena, lo evidente se subraya: el Semental Italiano ya no cabe en las páginas del guión, por el motivo que sea, pero su ausencia beneficia el resultado. Aunque quedan pequeños detalles, como esa electrizante melodía de Bill Conti que suena durante el clímax, esta es la menos nostálgica de las tres aventuras, la que más aplica el optimismo ponderado y la necesidad de mirar hacia delante desde que ambos púgiles subieran juntos las escaleras del Museo de Arte de Filadelfia y volviesen la vista atrás.

Sin embargo, se nos ofrece una pista de dónde puede estar Rocky en el último plano, el más emotivo desde la despedida definitiva en Rocky Balboa, y es meritorio atribuírselo a la película que recién se incorpora a esta saga dual especializada en finales conmovedores, en imágenes inolvidables que se llenan de créditos al son de melodías preciosas, en ocasiones potentes.

El mayor regalo, para admiradores del ayer y del mañana, es ese plano. Lo mejor que ha obtenido Jordan hasta la fecha en su aprendizaje de la magia del cine.


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