La desesperación de una noche….

Junto a sus dos compañeros, Gerard es el del medio.

La tarde del 5 de agosto, Gerard Trujillo Martínez estaba en la zona de la Playa cuando la descarga eléctrica impactó al tanque 1 y produjo el incendio de grandes dimensiones en la Base de Supertanqueros de Matanzas. Al ver que el humo no se controlaba, se trasladó de inmediato hasta su casa, recogió su mochila y se presentó en el comando 1 de Bomberos.  

El joven de 19 años y estudiante de la Escuela de Profesores de Educación Física, tiene dos grandes pasiones en su vida: ser pelotero o bombero. Según cuenta su madre María Julia Martínez, desde que vio la serie Historias de Fuego comenzó a interesarse por la profesión y en el 2019, ante la insistencia del muchacho, accedió a que se presentara en el Cuartel para indagar sobre cómo podía iniciar su preparación. 

María Julia, madre de Gerard.

“Así se hizo bombero asociado. Iba, allí lo preparaban, incluso, a veces se quedaba a dormir. Cada vez que se enteraba de un incendio corría para allá para ver si lo dejaban participar. La verdad, yo nunca sentí temor porque sus jefes lo protegían”.  

Sin embargo, la fatídica madrugada del 6 de agosto quedará para siempre en la memoria de María Julia, como en la de tantos otros matanceros. Gerard había salido sobre las 7 para la unidad, sin imaginar el peligro al que se enfrentaría. “Lo llamamos varias veces para saber cómo estaba, incluso, algunos vecinos también hablaron con él para intentar persuadirlo de que no fuera porque aquello podía ponerse peligroso. 

“Sobre las 12 y pico de la noche llamó a su papá y le dijo que estaba allá. En la conversación se sentía contento porque estaba haciendo lo que le gustaba. A pesar de todo, yo estaba tranquila porque sabía que cuando ellos van en el camión de bomberos están bien cuidados.

“A las 3 y 55 de la mañana él me pasa un mensaje: Mami estoy bien. Esto está en candela. Te quiero mucho”, dice mientras se le refleja el dolor en sus ojos azules. 

Mientras su madre me narra la desesperación de una noche y el nerviosismo instalado en su pecho durante todos estos días, y que no termina de desvanecerse, Gerard se levanta del butacón donde ha permanecido escuchando callado y me muestra una foto encontrada por María Julia en las redes sociales del periódico Girón

El joven Gerard Trujillo Martínez es estudiante de la Escuela de Profesores de Educación Física, y tiene dos grandes pasiones en su vida: ser pelotero o bombero.

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“Este soy yo”, me dice el jovencito de pocas palabras. Justo entre los dos gigantescos tanques se le ve luchando cuerpo a cuerpo contra el voraz siniestro que amenazó con desaparecer la Zona Industrial.       

Estaba ahí enfriando el segundo tanque y eso se puso malo, malo. Hacíamos relevos de entre 20 minutos y una hora porque el calor era muy fuerte. Cuando dieron la orden de correr yo estaba arriba del camión echándole agua, miré hacia atrás y parecía que era de día.”, recuerda mientras traga en seco. 

Su madre lo mira como si le pareciera mentira lo ocurrido y continúa el relato: “A las cinco fue la explosión grande. Casi a las seis de la mañana él me llama al móvil y me dice: alcánzame en la esquina y se apaga el teléfono. Yo pensé que lo habían asaltado o le había pasado algo, pero nunca me imaginé que venía quemado.

“Me puse a dar gritos como una loca hasta verlo llegar corriendo. Se bañó enseguida. Cuando se acuesta en la cama y le empiezo a preguntar por qué estaba así, me explica que tenía las orejas y la cabeza quemada. Me cuenta que se había salvado por el traje de bombero. Él se vio con la muerte encima”.  

Por segunda vez el silencio paraliza la entrevista. Solo mencionar esa palabra hace que un escalofrío recorra el cuerpo y se ahogue en el pecho el dolor de perder a un amigo. 

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“Sí, perdí a Elier”, comenta Trujillo Martínez. 

“Elier era su compañero. Los bomberos son como una gran familia, se quieren mucho entre ellos y viven pendientes unos de los otros. Él se puso muy mal cuando dijeron que había muerto, le dolió mucho…

“Después de ese día me puse muy nerviosa y conversé con él para que no fuera más porque estaba quemado. Él estaba dispuesto a volver a entrar. 

“Si le hubiese tocado…” habla como si no quisiera imaginar.  “Hubiese llorado mucho porque esa es una tristeza que se carga toda la vida, pero como madre no puedo hacer otra cosa que respetar su decisión y apoyarlo”. 

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Sobre el autor: Jessica Acevedo Alfonso

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