Rubén Darío Salazar y el don de proyectar su luz en muchas vidas

Rubén Darío Salazar y el don de proyectar su luz en muchas vidas

Parafraseando a José Martí “cuando hay muchos hombres sin luz, hay siempre otros que tienen en sí la luz de muchos hombres”. Rubén Darío Salazar Taquechel, Premio Nacional de Teatro, personifica el pensamiento del Apóstol de sobradas maneras.

El panel por los 35 años de vida artística profesional de Rubén Darío Salazar, celebrado en abril último, se convirtió en asidero para enaltecer al defensor acérrimo del teatro cubano. (Jessica Mesa Duarte / Cubahora)

Nació en Santiago de Cuba, pero llegó (felizmente) a Matanzas donde se asentó con su extraordinario talento como actor, titiritero, director artístico, profesor e investigador teatral, su elocuente manera de promover el arte de las tablas y la sensibilidad exquisita con la que ha creado espectáculos que perdurarán en la memoria de muchas generaciones de cubanos.

Desde su ingreso en el Instituto Superior de Arte, desandando sus primeras huellas en el grupo Papalote, hasta llegar a la creación de Las Estaciones, han crecido a la par el creador y el ser humano, el artista que este 2022 cumple 35 años de carrera profesional, el hijo y el hombre que ha hecho del teatro más que arte, su vida.

– Tu familia es de procedencia humilde y culta. ¿Cómo influyeron tus padres en la formación de un hombre tan sensible y selecto en cuanto a su manera de ver la vida y el teatro?

Yo nací en el barrio de Los Hoyos en Santiago de Cuba. Mi abuelo Juan Taquechel, era amigo de Nicolás Guillén y Manuel Navarro Luna. Leía mucho, sobre todo a Martí y sobre él conversaba con todos sus nietos.

Mi padre era mensajero de la radio, luego almacenero, pero con una sensibilidad exquisita. Con él aprendí a escuchar opera, fui al teatro, vi ballet por primera vez, supe de Juan Ramón Jiménez, Saint-Exúpery y Edmundo de Amicis.

Mi madre trabajaba en las oficinas de economía del Instituto Cubano de Radiodifusión (ICR) y era activista del Sindicato de la Cultura. Todo eso fue completado con las enseñanzas de mi profesora Nilda García Alemán, del Círculo de Interés de Radio, de la Emisora Provincial CMKC. Fui un niño que iba mucho a la biblioteca, que escribía poesía y pintaba, pero que también adoraba los carnavales y la conga de mi barrio. Lo culto y lo popular tomados de la mano.

“Treinta y cinco años es nada, es una edad joven e intensa, lo que pasa es que no puedes vivir la vida en el infinito sino que la miras en el lapso que te toca. Me encanta celebrarlo activo, con mis mayores y mis menores”. (Jessica Mesa Duarte/Cubahora)

– Me aventuro a valorar que hubieras sido un buen periodista, mas no me atrevería a afirmar que eso pudiera superar la experiencia en el teatro. ¿Cómo ocurre esa transición?

No hubo transición, ni mutación alguna. No me convertí del periodismo al teatro. Ya yo estaba en el teatro cuando llegué al periodismo. Había hecho teatro de aficionados en las escuelas primarias donde estuve y en los institutos vocacionales de Guantánamo y Santiago de Cuba.

No supe nunca de la Escuela Nacional de Arte. Tampoco me enteré de las pruebas para el Instituto Superior de Arte (ISA) cuando me gradué de 12 grado, solo supe de ellas el año siguiente, cuando ya cursaba la carrera de periodismo en la Universidad de Oriente.

El periodismo fue mi segunda opción, la primera Historia del Arte, pero no alcancé plaza. Cuando me enteré de las pruebas del ISA en Santiago de Cuba, nada más y nada menos que Flora Lauten al frente de los profesores que nos evaluarían, me fui a la sede del Cabildo Teatral Santiago y quedé entre los seis santiagueros aprobados. Solo nos graduamos dos.

En mi caso aprobé actuación y teatrología. Tuve que decidir. Por supuesto que elegí la actuación y hasta aquí llegué, sin dejar de escribir para revistas especializadas e incluso ganar premios por entrevistas e investigaciones referidas al teatro. El periodismo quedó en mí. Soy una especie de teatrista periodista. 

En el ISA bebiste de muchas fuentes, las experiencias deben haber sido insuperables. Coméntame acerca de tus maestros de esos años.

Siempre digo en las entrevistas que me hacen, que los tiempos del Instituto Superior de Arte fueron los más felices de mi vida. Una felicidad que tiene que ver con tener una sola preocupación, estudiar, además de ver teatro, ir a las diferentes actividades culturales y sociales, enamorarme, descubrir una ciudad mágica y convulsa como La Habana, tan diferente a Santiago de Cuba.

Luego he sido felicísimo, pero con responsabilidades y compromisos propios de cuando se es adulto. Yo y toda mi generación fuimos estudiantes privilegiados. En aquella escuela lo mismo estudiabas con la gran actriz Ana Viña, de Teatro Estudio, que veías dar clases a artistas como Flora Lauten, Herminia Sánchez, Miriam Lezcano, Vicente y Raquel Revuelta, Roberto Blanco o Armando Suárez del Villar. La doctora Graziella Pogolotti, Rine Leal, Nicolás Dorr o Francisco López Sacha, entre otros, impartían diferentes asignaturas.

Rubén Darío Salazar reverencia a sus padres del teatro (Jessica Mesa Duarte/Cubahora)

– Papalote también debe haber sido una magnífica escuela…

Lo fue y es. Las verdaderas escuelas nunca dejan de serlo. René Fernández era el maestro principal, pero no podemos olvidar las enseñanzas del diseñador  escénico Zenén Calero, las clases de danza de Ángel Luis Serviá, las de canto de Fabio Hernández, los encuentros musicales con Raúl Valdés, la asesoría de Oscar Jorge Marrero.

Cada obra fue un aprendizaje maravilloso, Cada participación en un festival o en una gira nacional e internacional. La impronta de Papalote se puede ver lo mismo en proyectos habaneros como Teatro La Proa, El Arca o Géminis, en Matanzas el Teatro Tentempié y Teatro de Las Estaciones, en Argentina Lázaro Riera y sus muñecos, y son los que yo recuerdo. Una escuela es siempre un espejo de luz.

– Hace más de 25 años creaste una agrupación que no ha parado de crecer. Más que fórmulas, creo que la constancia y el talento han sido decisorias en tantos éxitos. ¿Qué conseidera Rubén?

– A constancia y talento, gracias por reconocer en el grupo esas características, es feo mirarse el ombligo en demasía, yo sumaría una visión de 350 grados. No cerramos las puertas o las ventanas a nada que pueda oxigenar nuestros conceptos creativos.

Recibimos en nuestra casa teatro a artistas que no son específicamente del teatro. Si aspiramos a hacer un teatro total no se puede ser limitado, ni aferrado de forma dogmática a la tradición titeril. El teatro de títeres ha dinamitado sus fronteras a nivel mundial. Mientras más uno conoce menos sabe, el aprendizaje pasa a tener un carácter perenne.

– Un factor destacable es la fusión de disciplinas que se encuentran en las propuestas de Las Estaciones. ¿Cómo has logrado que artistas de primer nivel intervengan en tus puestas?

– Eso ha sido mágico. Terminar de representar La caja de los juguetes, de Claude Debussy, en la mítica sala Hubert de Blanck de la capital, y que suba a felicitarte una soprano de altos kilates como Bárbara Llanes y luego te pida trabajar en el grupo es más que magia, es un honor y un lujo.

Nos ha pasado lo mismo con el cineasta Marcel Beltrán, el trovador y compositor William Vivanco, las cantautoras Rochy Ameneiro y Liuba María Hevia, los músicos de la juvenil Orquesta Faílde, el artista plástico Alfredo Sosabravo, entre otros.

Yo no sé qué habremos hecho nosotros, si sé lo que han aportado ellos al imaginario de Las Estaciones, al público infantil y adulto, y ha sido mucho y muy bueno.

– El teatro de muñecos no ha sido valorado en su justa dimensión. Te has dedicado a rescatar la obra de imprescindibles de este arte: los hermanos Camejo (Carucha y Pepe) y Pepe Carril.

– ¿Qué es un artista sin un antes, sin un pasado, sin raíces aferradas a la tierra? Siempre me ha gustado saber quién ha estado antes de uno. Lo hice cuando trabajaba en Teatro Papalote. Me fui a conocer a su primer director Rolando Arencibia, él me habló del seminario impartido en 1962 por los hermanos Camejo y Carril.

Me hice amigo de Nancy Jorrin, de Eddy Socorro, de Sarita Miyares, que estuvieron en los años 70 al frente de lo que es hoy Papalote. Fue la posibilidad de entender el valor de la llegada de René con su imaginación desbordada, y René, que es como mi padre, fue alumno directo, al igual que Arencibia de los Camejo y Carril, que serían mis abuelos en el árbol genealógico de la titerería cubana.

Tanto estudié el legado de esos pioneros de nuestra manifestación en la isla, que junto a Norge Espinosa concebí un libro con su fecunda historia. Creo que por eso pensaron en mí para dirigir el Teatro Nacional de Guiñol en la actual etapa.

– Siempre estás rodeado de jóvenes. ¿Por qué creer en los jóvenes, cuánto aportan en el día a día de Rubén y de Las Estaciones?

– Yo creo que tengo el síndrome de Peter Pan, el año que viene cumpliré 60 años y mi espíritu, mi cabeza, mi cuerpo actúa como el de un joven de 30, con todos los sedimentos de 30 años más por supuesto, pero con la frescura de esa edad vital y osada.

Yo me relaciono con los jóvenes como me hubiera gustado que mis mayores se hubieran relacionado conmigo, cuando tenía la de edad de mis muchachos de la Unidad Docente Carucha Camejo, de los más jóvenes de mi grupo. La juventud es un vaso de energía, de optimismo, muchas veces con una ingenuidad y una capacidad de asombro que se va perdiendo con los años.

– Preguntarte por proyectos sería interminable, pero me arriesgaré. Háblame de tus sueños.

Yo sueño poco. Duermo muy profundamente, sobre todo porque no le hago mal a nadie, no soy corrupto, ni delincuente, trato de no mentir, de no engañar, de ser consecuente con mis actos.

Lo que si tengo son alucinaciones, imágenes teatrales que me deslumbran y que escribo al instante. Vivo al lado de un hombre como Zenén Calero que ve el doble de visiones que veo yo y siempre avista paisajes mágicos, donde estoy yo con mi tropa titiritera, intentando arreglar nuestro erosionado mundo, dando alegría, regalando fantasías que pueden ser reales si queremos o que ya lo son y no lo hemos descubierto.

No creo que la vida me dé tiempo a realizar todos los proyectos que quiero, pero lo voy a intentar. La pandemia ensanchó nuestro espectro creativo y ahora también hago televisión, videos clips y documentales. La vida no alcanza para nada si eres adicto a trabajar en lo que te gusta, pero la vives placenteramente, realizado, como un niño feliz.

Locuaz, siempre en movimiento, Rubén nunca apaga las luces, cada puesta es una nueva aventura. Atrás quedaron muchos temas por abordar, una vida no cabe en una entrevista. Dejaremos la luz tenue en el escenario y aplaudiremos como si estuviéramos frente a uno de esos espectáculos que necesitaremos siempre para volver a ser niños. (Por:Jessica Mesa Duarte/Cubahora)

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