La circunstancia de «Un tin» por todas partes
Las calles cubanas pueden parecer una ópera criolla: las notas altas de los compradores de cualquier pedacito de oro; las casas coloniales medio derruidas, como escenario de los dramas de la convivencia; las arias de los pizzeros en bicicleta; brillosos pulóveres “mátame la pupila” y pantalones aeroespaciales con demasiados bolsillos y artefactos, más parecidos a un vestuario de teatro que a una vestimenta. Lo barroco del reparto. Lo clásico y chévere.
Reflexionaba sobre esto, mientras me dirigía a escudriñar los negocios particulares alrededor de mi casa para buscar pan y escuchaba por tercera vez en 27 minutos y dos cuadras consecutivas «Un Tin», de Payaso x Ley.
Un muchacho en motorina recorría la avenida sin camisa, con un short viejo y medias y chancletas. Había una bocina entre sus piernas. Pavarotti se pavoneaba por el barrio. Sonaba la primera parte del tema, y él la imitaba con una voz grave. «Payaso x Ley, Suavinol con Cola», creí entender. Un sol trágico, y cantaba ópera. Cinco termoeléctricas en reparación, y cantaba ópera.
Había un portaviones nuclear en la esquina, y cantaba ópera.
Ella (Cuba) tiene «un tin» de reguetón lezamiano.
Ella tiene «un tin» de alegría salvaje.
Ella tiene «un tin» de sonora exuberancia.
La motorina siguió de largo y entré en una mipyme, donde colgaba una jaba de pan de un clavo en el dintel de la puerta. La dependiente me preguntó qué deseaba. Mientras buscaba mi pedido, sonó su teléfono. «Payaso x Ley, Suavinol con Cola». Subían a cuatro las escuchas de la canción en 30 minutos y dos cuadras y medias.
Ella se puso a hablar por móvil y, con un gesto de la mano, me pidió cinco minutos. La llamada era importante. Ahí estoy yo, doblado del hambre, mientras pienso en Rosalía. Ella y otros como Bad Bunny han fusionado la música urbana con diferentes ritmos, desde populares hasta de la alta cultura. En su composición “Berghain”, la española experimentó con la ópera y otras sonoridades, con una inspiración clásica. Atrás vinieron los cubanos a armar su desbarajuste.
La dependiente colgó. Al parecer, ya me iba atender. Sin embargo, el teléfono sonó de nuevo. «Payaso x Ley, Suavinol con Cola». Quinta vez en dos cuadras y media y 35 minutos. Me hace el mismo gesto y susurra: «Etecsa». Con eso me bastaría para entender lo inestable de las comunicaciones. No obstante, ya estaba cansado de esperar y molesto por el servicio. Entonces, escapé del establecimiento.
Ella (Cuba) tiene «un tin» de trap carpenteriano.
Ella tiene «un tin» de primero yo y luego el mundo.
Ella tiene «un tin» de bandas sonoras poco democráticas.
Seguí mi trayecto. Adelanté par de cuadras. Arribé a una cervecería Parranda. Encima del dispensador ofertaban jabas de pan. Entré para averiguar el precio. Un solo cliente miraba las burbujas de dióxido de carbono en su jarra. Un solo hombre y demasiado volumen. En ese instante finalizó un tema en los altavoces del teatro en casa colocados en las paredes y empezó otro. «Payaso x Ley, Suavinol con Cola». Sexta vez en 47 minutos y cinco cuadras. Comenzaba a creer en la omnipresencia de Dios.
Si una canción podía hacerlo, por qué no un Dios. No me gusta tirarle los perros de la pelea intelectual al reparto. No creo en el arte elevado y el bajo. Lo bajo me parece demasiado humano para rechazarlo y lo alto de tan alto a veces me marea. Apoyo el libre albedrío del perreo y la autodeterminación de la cintura de los pueblos. Sin embargo, me sentía acorralado. No podía escapar del «hit» del momento. La claustrofobia sonora me arrebata los nervios.
Hice caso omiso a dicha sensación y me acerqué a un empleado aburrido detrás del dispensador. Este me alcanzó la bolsa. Palpé y sentí cómo se descascaraba el pan al presionarlo con la punta de los dedos. Por lo menos era de tres días atrás. La devolví y proseguí mi camino.
Ella tiene «un tin» de Virgilio Piñera matador de discoteca.
Ella (Cuba) tiene «un tin» de reparto poco equitativo.
Ella tiene «un tin» de amabilidad y bandidaje.
Caminé unos 300 metros; pero no pude avanzar más. Me senté en un quicio. Sudado. Hambriento. Feroz. Insolado. Un señor con unas botas de agua pasó por mi frente. Dentro de una mochila llevaba otra bocina portátil. «Payaso x Ley, Suavinol con Cola». Séptima vez en una hora y tres minutos y nueve cuadras.
No habría fuga ninguna. Hasta la tumba me perseguiría. Derrotado, agarré el teléfono. Fui a Telegram y comencé a descargar la canción.


