“Rusia prepara un envío de petróleo a Cuba”, informa RT, mientras que otras cadenas se vuelven eco de los gestos de Claudia Sheinbaum, de la flotilla internacional que cruza mares para hacer llegar una ayuda humanitaria, o sobre cómo China reitera su respaldo a la Isla en medio de un cerco asfixiante que se recrudece.
Crecí escuchando sobre el bloqueo, la política que desde la década del 60 han apoyado uno a uno los presidentes de Estados Unidos, y que impide o encarece acceder a cientos de productos y materiales necesarios en nuestras escuelas, hospitales e industrias.
Hay quienes dicen que la palabra “bloqueo”, quizás una de las más mencionadas en nuestra prensa en los últimos años, solo se usa para justificar malas decisiones económicas y sociales puestas en vigor en nuestro país. Y puede ser cierto, pero definitivamente sí lo es la larga lista de personas que esperan marcapasos, medicamentos oncológicos vitales o equipos imprescindibles para sobrevivir a dolencias; también lo engorroso de la obtención de piezas fuera de fronteras para el mantenimiento capital de la Guiteras, la termoeléctrica columna que sostiene el Sistema Eléctrico Nacional.
El bloqueo está y asfixia, y parece que en 2026 ha encontrado su tiempo de escalada máxima, cuando al presidente de la nación norteña le dio por arreciar medidas contra nuestro archipiélago verde y volverse un pirata del Caribe, cazador de combustible y generosidad transnacional.
Los vuelos cesan, el turismo se espanta de la playa azul que tanto una vez amó, la luz cada vez se comporta más esquiva de los hogares cubanos, vuelven el carbón y la leña y las señales de humo… Los recortes en suministros de petróleo se sienten en todas las esferas, sin distinción.
Pareciera que esa mala persona —que aún no sé cómo ostenta un Nobel de la Paz— y sus títeres se han salido con la suya. “Pareciera”, pero entonces leo titulares de voces que alientan, incluso, desde los confines del mundo, amigos a los que la dignidad y la calidad humana les desborda, esos a los que no los asustan amenazas ni se les contagia el odio.
Cuando alguien se empeña en hacernos creer que todo está perdido, aparecen ángeles como Adriano Solidaire, que devuelven la vitalidad a un hospital territorial como el de Cárdenas, que hoy gracias a la generosidad del belga cuenta con salas más confortables, equipos de última generación y servicios fortalecidos como oftalmología, neumología y ortopedia; una persona de buen corazón que lo mismo reúne contenedores de humanismo en tierras lejanas, que toma una escoba en su mano y colabora con la higiene de instituciones médicas.
No todo está perdido si las autoridades de San Petersburgo, sorteando trabas, hacen llegar a Matanzas material gastable hospitalario, alimentos parenterales y medicamentos para neonatos, y sientan bases para la colaboración concreta en otros sectores como cultura y desarrollo económico; si MediCuba Suiza se preocupa y ocupa del cambio de matriz energética en el Hospital Provincial Clínico Quirúrgico Docente Faustino Pérez; si MediCuba Europa se interesa por cómo potenciar el servicio oncológico en la provincia.
No es la primera vez que soplan fuertes vientos adversos y huracanados en nuestra Isla, ni que las limitaciones y crisis extrema nos ponen a prueba, pero no estamos solos. Esta vez la mano se extiende hacia nuestra gente como mismo desde este lado del Caribe se han esparcido manos para salvar del ébola africano, levantar escombros y sanar heridos tras terremotos demoledores o huracanes de gran intensidad en otras naciones, o apoyado en diversas ramas del saber.
La solidaridad de buenos amigos no entiende de embargos, de medidas coercitivas y amenazadoras, de sanciones que desestabilizan. Ellos no lo dicen, lo demuestran: Cuba no está sola. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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