El Che y la Revolución como trinchera

A Contragolpe: El Che y la Revolución como trinchera

Hay hombres que se convierten en mitos, y hay mitos que se convierten en pensamiento. Ernesto Che Guevara pertenece a esa rara estirpe de revolucionarios que no se conformaron con hacer la historia y se empeñaron en comprenderla, teorizarla y proyectarla hacia el futuro.

A casi seis décadas de su caída en combate en Bolivia, la figura del Che sigue siendo una de las cumbres del pensamiento político cubano y una de las contribuciones más originales a la universalización del socialismo y el marxismo en el siglo XX, como ha señalado el intelectual cubano Fernando Martínez Heredia.

No se trata de una exaltación hagiográfica. El propio Che habría rechazado cualquier intento de convertirlo en un ícono de bronce. Lo que está en juego, cuando se estudia su vida y su obra, es algo más profundo y más necesario, y es la demostración de que la Revolución Cubana no solo fue un acto de heroísmo militar, sino también un laboratorio de pensamiento crítico, una herejía dentro del campo socialista, y una apuesta por un socialismo que no copiara los manuales soviéticos, sino que se atreviera a pensar con cabeza propia.

Ernesto Guevara de la Serna llegó a Cuba en 1956 como médico de la expedición del Granma. En la Sierra Maestra, según contó él mismo, tuvo que «olvidar todo lo que había aprendido antes». Pero esa frase, repetida a menudo para subrayar su pragmatismo guerrillero, oculta una verdad más compleja. El Che no abandonó la teoría; la sumergió en la práctica revolucionaria y la rescató transformada. En 1958, cuando un periodista le preguntó si era marxista desde antes de venir a Cuba, respondió que en la guerra había tenido que desaprender. Pero nunca dejó de estudiar, de escribir, de pensar.

Tras el triunfo de 1959, el Che asumió un cúmulo de responsabilidades prácticas: fue presidente del Banco Nacional, ministro de Industrias, jefe del Departamento de Industrialización del INRA. Pero, como señala Martínez Heredia, su verdadera obra fue elaborar “al mismo tiempo una obra teórica que es el más importante monumento intelectual de la Revolución”. Mientras Fidel asumía las funciones de dirigente máximo y educador popular, el Che se sumergía en el estudio de la economía política, la filosofía, la crítica del socialismo realmente existente y la construcción de un pensamiento propio.

Uno de los aportes más trascendentales del Che fue su crítica radical al modelo soviético. No se trataba de una crítica superficial, de matices secundarios. El Che cuestionó los fundamentos mismos del socialismo que se construía en la URSS y en Europa del Este. Denunció el «dogmatismo trasnochado» de los manuales soviéticos, su «pereza mental», su incapacidad para descubrir las contradicciones del desarrollo social y sus vías de solución. Fue implacable con la «falsa concepción de la ley del valor», con la apelación al estímulo material como palanca fundamental de la construcción socialista, y con lo que consideraba una rendición ante las categorías del capitalismo.

«¿Por qué desarrollar?» se preguntaba, refiriéndose a la ley del valor. «Entendemos que durante cierto tiempo se mantengan las categorías del capitalismo… pero las características del período de transición son las de una sociedad que liquida sus viejas ataduras para ingresar rápidamente a una nueva etapa». En su visión, el socialismo no podía construirse con las armas del capitalismo. No se trataba de administrar la escasez, sino de crear las condiciones para superarla, y eso exigía una transformación profunda de la conciencia.

Pero si hay un concepto que resume la originalidad y la trascendencia del pensamiento del Che, es el del «hombre nuevo». Desarrollado en su texto «El socialismo y el hombre en Cuba», de 1965, este concepto expresa la convicción de que el socialismo no es solo una transformación de las estructuras económicas, sino un proceso de creación de un nuevo tipo humano, capaz de superar el individualismo burgués y de realizarse en el colectivo.

El Che no era ingenuo. Sabía que el interés material era una fuerza poderosa, arraigada en siglos de historia. Pero su apuesta era que el socialismo no podía depender de él, sino utilizarlo como un mal necesario mientras se construían las condiciones para su superación. «El proceso es doble», escribía, por un lado, la sociedad actúa con su educación directa e indirecta; por otro, el individuo se somete a un proceso consciente de autoeducación. El hombre nuevo no es un producto automático de la transformación económica: es el resultado de una lucha consciente, permanente, contra las viejas formas de pensar y de actuar.

Calificar al Che de «visionario» no es un lugar común. Es el reconocimiento de que su pensamiento trascendió las circunstancias concretas de su tiempo. Su crítica al socialismo realmente existente, que muchos consideraron exagerada o extemporánea, se demostró profética cuando el campo socialista se derrumbó en 1991. Su insistencia en la relación entre economía y conciencia, en la necesidad de superar el economicismo, sigue siendo un desafío para los proyectos socialistas del siglo XXI. Su internacionalismo, su antiimperialismo beligerante, su convicción de que la liberación de América Latina y del Tercer Mundo era parte de una misma lucha, mantienen una vigencia que asombra.

El Che entendió, antes que muchos, que el capitalismo no era un sistema en agonía, sino una fuerza en constante expansión y renovación. Rechazó la tesis de la «crisis general del capitalismo» que repetían los manuales soviéticos. Señaló que el imperialismo «ni siquiera ha aprovechado al máximo sus posibilidades» y que «tiene una gran vitalidad». Esa lucidez, que hoy parece obvia, era herética en los años sesenta.

Por eso es válido preguntarnos: ¿Qué queda hoy del pensamiento del Che? A juicio del presidente Díaz-Canel, el Che «constituye un gigante moral para personas de diversas edades y, sobre todo, para los jóvenes en el planeta, quienes encuentran en su voluntad de acero, en su fe en la humanidad, en su sentido del honor y la dignidad, la inspiración para construir un mundo mejor».

Pero el mejor homenaje no es la repetición de consignas, sino el estudio serio de sus ideas, la recuperación de su pensamiento crítico y la aplicación de su método a las circunstancias actuales.

La Revolución Cubana ha enfrentado desafíos enormes en las últimas décadas: el derrumbe del campo socialista, el recrudecimiento del bloqueo, la crisis económica. En esas condiciones, la tentación del pragmatismo, de la copia de fórmulas ajenas, de la adaptación acrítica a las reglas del mercado, es siempre fuerte.

En un mundo donde el capitalismo muestra su rostro más depredador —guerras, bloqueos, desigualdad creciente, crisis climática— el pensamiento del Che no es una reliquia del pasado. Es una herramienta para el presente.

Como señala Martínez Heredia, su concepción «nos muestra precisamente su carácter trascendente con su capacidad de servir como instrumento para comprender las circunstancias actuales y plantearse conductas y estrategias ante ellas». Y como recordó Fidel: «El ejemplo colosal del Che perdura y se multiplica día a día». No como un mito intocable, sino como un revolucionario que nos enseñó que la teoría también es una trinchera, y que, sin ella, la Revolución estaría condenada a repetir los errores del pasado. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)


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Sobre el autor: Gabriel Torres Rodríguez

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