Escuchar “la música de moda” con frecuencia atenta contra la comprensión y el análisis de letras donde la vulgaridad aflora y el respeto se desvanece, ocurre cuando las bocinas retumban y Velito el Bufón, Kevincito el 13 y Dany Ome, entre otros muchos, se posicionan como los artistas del momento. ¿Dónde queda la buena música?
Un público donde resaltan jóvenes entre 12 y 18 años de edad reproduce a diario el género, escaso de palabras bonitas y valores, necesarios para complementar la formación profesional y personal de las generaciones, que crecen al ritmo del reparto.
¿Siempre reproducimos las estrofas conscientemente o solo por diversión? Sería injusto hablar de una “totalidad”; sin embargo, jóvenes y no tan jóvenes repiten una y otra vez las frases popularizadas por el repartero más escuchado.
Unos pocos pequeños aprenden hoy canciones para las infancias, lo supe en aquel concierto de Lidis Lamorú, donde el mar de adultos —que fueron niños un día— entonaba cada canción a pesar del tiempo difícil y la influencia de nuevos géneros en nuestro país.
Recuerdo también aquel concierto de la Sinfónica, ese donde los asientos sobraban. Ahí estaba yo, entre adultos y estudiantes de las escuelas de arte de la ciudad —consumidores también del famoso reparto—, pero el disfrute, y puedo afirmarlo, brotaba por los ojos al escuchar los primeros acordes de “Las Alturas de Simpson”.
Es triste, quizá, darse cuenta de cuánto ha cambiado el mundo, la música, las tradiciones. Y lo reitero, cuando escucho al Bebeshito en el primer cumpleaños de un pequeño, en el matutino de la escuela dedicado a José Martí o en las unidades militares, donde el flujo cultural se ve limitado ante la tarea de cumplir con el deber sagrado que todo cubano tiene de defender la Patria.

No digo, entonces, que reproducir esa playlist propia de los días de limpieza o en los momentos de estrés resulte censurable; mas, lo realmente preocupante en este sentido sale a la vista como los colores neones de la contemporaneidad, ¿qué pasa con los clásicos?
Añoro el equilibrio, el día en que todos sean capaces de disfrutar de manera consciente “el reparto” y, al mismo tiempo, identificar desde la magistralidad de una banda de conciertos el “Mambo # 8” o “El bodeguero” que cierta vez aprendimos en una clase de educación artística.
Sueño con el momento en el que sentirse cubano se parezca al sentimiento de escuchar los tambores sonar, la orquesta interpretar “La bella cubana”, o ver a los niños aprender a bailar danzón, mientras sonríen gustosos al saber que en sus pies habita la cubanía.
La transformación comienza, por tanto, desde la cuna, en el calor de un hogar dispuesto a respetar cada grupo etario, a mostrar a las nuevas generaciones la variedad de ritmos que nos convierten en una Isla alegre y habitan más allá de un “po-po-po”, en la madre dispuesta a asistir con su pequeño al próximo concierto, sin importar los ruidos o aplausos espontáneos, atentos a que no se trata de prohibir, sino de consumir con responsabilidad todo tipo de género musical.

