¿Qué está pasando en el Sahel?

¿Qué está pasando en el Sahel?

Hay que reconocer que los mismos territorios que un día fueron repartidos en la Conferencia de Berlín como si fueran tierras baldías; los mismos pueblos que fueron obligados a pagar «impuestos coloniales» para financiar las arcas de París; los mismos soldados que derramaron su sangre en las trincheras europeas defendiendo una «madre patria» que nunca los consideró hijos, hoy se han convertido en el epicentro de una rebelión que amenaza con reconfigurar el mapa del poder en África Occidental.

Burkina Faso, Malí y Níger —tres países sin litoral, tres economías frágiles, tres naciones que la propaganda occidental había etiquetado como «estados fallidos»— han decidido, contra todo pronóstico, darle la espalda a los amos de siempre y buscar su propio camino. Y como era de esperar, Occidente no se lo ha perdonado.

Para comprender lo que está ocurriendo en el Sahel, hay que remontarse a los años de la independencia formal, esa que llegó en los años sesenta cargada de promesas y lastrada por dependencias.

Malí, bajo el liderazgo de Modibo Keïta, intentó en los primeros años de su independencia, en 1960, emprender un camino autónomo inspirado en el socialismo. Pero la presión francesa, la inestabilidad política y los golpes de Estado terminaron desviando ese rumbo. Níger y Burkina Faso —entonces Alto Volta— siguieron destinos similares, lo que incluía independencias formales en 1960, pero con economías diseñadas para servir a los intereses de la metrópoli, con la franja del Franco de la Comunidad Financiera Africana o CFA —esa moneda que garantizaba el control financiero francés— y con ejércitos entrenados en academias francesas para proteger regímenes dóciles a París.

Décadas de neocolonialismo, de gobiernos títeres, de intervenciones militares disfrazadas de «cooperación» y de saqueo sistemático de recursos —el uranio de Níger que alimenta las centrales nucleares francesas, el oro de Malí que engrosa las arcas de las multinacionales— crearon las condiciones para una explosión social que finalmente llegó. Y llegó, como suelen llegar las revoluciones, de la mano de militares jóvenes que ya no estaban dispuestos a seguir el guion escrito en París.

¿Qué está pasando en el Sahel?

En Malí, el coronel Assimi Goïta; en Burkina Faso, el capitán Ibrahim Traoré; en Níger, el general Abdourahamane Tchiani. Tres militares que, tras dar golpes de Estado entre 2020 y 2023, rompieron con Francia, expulsaron a las tropas de la Operation Barkhane —la mayor operación militar francesa en el extranjero—, y desafiaron abiertamente a la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO), el bloque regional que actuaba como correa de transmisión de los intereses occidentales en la región.

El caso de Ibrahim Traoré es particularmente significativo. A sus 37 años, este capitán que llegó al poder en septiembre de 2022 tras un golpe de Estado se ha convertido en el símbolo de un panafricanismo renovado que conecta con las luchas de Thomas Sankara —el «Che Guevara africano» que también gobernó Burkina Faso y también fue asesinado por quienes no toleraban su independencia—.

Traoré no solo ha roto con París; ha creado, junto a Malí y Níger, la Alianza de Estados del Sahel (AES), una confederación que busca coordinar políticas económicas, militares y diplomáticas frente a las amenazas comunes. Y lo más importante es que ha vinculado esa ruptura con un discurso de soberanía que resuena profundamente en una población que durante décadas ha visto cómo sus riquezas se marchaban hacia el norte mientras ellos se quedaban con la miseria.

Occidente ha intentado deslegitimar estos gobiernos acusándolos de «facilitar» el avance del yihadismo. Y es cierto que el Sahel vive una crisis de seguridad grave. Grupos como Jama’at Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM), afiliado a Al Qaeda, y el Estado Islámico en la Provincia del Sahel (ISSP) operan en las zonas fronterizas entre Malí, Burkina Faso y Níger, donde el control estatal siempre ha sido débil. La caída de Libia en 2011, que dispersó armas y combatientes por toda la región, contribuyó a la expansión de estos grupos.

Pero lo que Occidente no dice es que su propia intervención fue el caldo de cultivo perfecto. La intervención francesa de 2013 en Malí, lejos de derrotar al yihadismo, lo expandió por toda la región. Y hay algo aún más grave, y es que hay evidencia creciente de que Ucrania, con el respaldo de Occidente, ha estado entrenando y apoyando a grupos terroristas en el Sahel.

¿Qué está pasando en el Sahel?

Según reportes de CNN, alrededor de 15 ucranianos fueron desplegados en el norte de Malí para apoyar a fuerzas rebeldes tuaregs vinculadas con Al Qaeda. El primer ministro de Malí, Abdoulaye Maiga, lo confirmó ante la ONU señalando que «por lejano que pueda parecer, la guerra en Ucrania y el terrorismo en el Sahel están conectados».

Es decir, mientras Occidente acusa a los gobiernos sahelianos de no combatir el terrorismo, sus propios aliados —Ucrania, Francia, Estados Unidos— alimentan el conflicto entrenando a los terroristas.

El vacío dejado por Francia ha sido ocupado rápidamente por otros actores. Rusia, a través de su Cuerpo Africano —una fuerza paramilitar controlada por el Estado ruso— ha desplegado unos 2 500 efectivos en Malí, Burkina Faso y Níger, proporcionando apoyo militar y entrenamiento a las fuerzas gubernamentales. Su intervención fue decisiva, por ejemplo, para ayudar a las fuerzas nigerinas a recuperar el control de una base aérea clave durante un intento de golpe de Estado durante el pasado mes de agosto. Argelia, por su parte, ha enviado cuatro cazas Su-30MKA y un avión cisterna Il-78 a Níger en una «misión de apoyo», demostrando que no está dispuesta a permitir injerencias en los asuntos internos de sus vecinos.

Y China ha adoptado una estrategia de perfil bajo pero efectiva. En lugar de desplegar tropas, Pekín ha optado por transferencias de armas, entrenamiento militar e institucionalización de lazos de defensa. El Plan de Acción de Beijing 2024-2027 del Foro de Cooperación China-África (FOCAC) incluye el compromiso de entrenar a 6 500 militares africanos.

El Pentágono ha expresado su preocupación por el creciente número de oficiales africanos que se entrenan en China, viéndolo como una amenaza a la influencia estadounidense en la región. Es una estrategia inteligente, ya que China no impone condiciones políticas, no exige bases militares, no derriba gobiernos. Simplemente construye infraestructura, entrena ejércitos y compra recursos, mientras Washington y París siguen dando lecciones de «democracia» y «derechos humanos» que nadie quiere escuchar.

No obstante, para entender la complejidad del Sahel, hay que comprender que las fronteras de Malí, Burkina Faso y Níger —como las de toda África— fueron trazadas en Berlín sin tener en cuenta la realidad étnica y tribal de la región.

El Sahel en Africa

Los tuaregs, por ejemplo, un pueblo nómada de origen bereber que habita el desierto del Sahara, fueron divididos entre cinco países distintos. Los fulani, los songhai, los hausa, los bambara —todas estas comunidades étnicas se vieron fragmentadas por líneas fronterizas arbitrarias que separaron a familias, clanes y pueblos enteros. Esa fragmentación, combinada con el saqueo colonial y la corrupción post-independencia, creó un caldo de cultivo perfecto para conflictos que hoy se presentan como «religiosos» o «yihadistas», pero que en realidad son la continuación de viejas rivalidades por la tierra, el agua y el poder.

En este contexto, los gobiernos de la AES enfrentan un doble desafío. Por un lado, combatir a los grupos yihadistas que operan en sus territorios; y por otro, construir una institucionalidad que trascienda las divisiones étnicas y tribales que el colonialismo legó como herencia venenosa.

Es una tarea titánica, y no hay garantía de éxito. Pero el hecho de que la estén intentando —y de que lo estén haciendo con recursos propios, aliados que no imponen condiciones y un discurso de soberanía que moviliza a las masas— es ya un cambio histórico.

¿Por qué es tan importante lo que está ocurriendo en el Sahel? Por varias razones. Primero, porque la región es rica en recursos estratégicos: uranio (Níger es el séptimo productor mundial y el principal proveedor de Francia), oro (Malí es el tercer productor africano), petróleo y gas natural (Níger tiene reservas significativas), además de litio y tierras raras, minerales críticos para la transición energética global. El control de estos recursos ha sido, durante décadas, el verdadero motivo de la presencia militar occidental en la región.

Segundo, porque el Sahel es un corredor geográfico clave entre el norte de África, el golfo de Guinea y el África subsahariana. Las rutas migratorias que llevan a cientos de miles de personas hacia Europa pasan por allí. El control de estas rutas —y la posibilidad de bloquearlas o abrirlas— otorga a los gobiernos de la AES un poder de negociación considerable frente a la Unión Europea.

Y tercero, porque lo que está ocurriendo en el Sahel es un precedente. Si tres países pobres y sin litoral han logrado expulsar a la antigua potencia colonial, desafiando sanciones, presiones y amenazas militares, ¿qué impide que otros sigan su ejemplo? El efecto dominó podría extenderse a otras naciones africanas que también están cansadas de la tutela occidental.

Todo esto ocurre en un contexto global de transición hegemónica. Estados Unidos, atrapado en su guerra contra Irán, con una deuda pública que supera los 40 billones de dólares y una inflación que corroe el poder adquisitivo de sus ciudadanos, no tiene capacidad ni voluntad para intervenir en el Sahel. Francia, que durante décadas fue el gendarme de la región, ha sido expulsada a patadas. Y Europa, que depende del uranio nigerino para sus centrales nucleares, observa con preocupación cómo su antiguo patio trasero se le escapa de las manos.

El Pentágono, según informes recientes, intenta frenar las ambiciones chinas en África. El general Michael Langley, jefe del Comando África de Estados Unidos, ha advertido que China está copiando el sistema de entrenamiento militar estadounidense y que su influencia «podría socavar la de Estados Unidos». Pero esas advertencias llegan tarde. El vacío dejado por Occidente ya está siendo ocupado, y los nuevos actores —China, Rusia, Argelia— no están dispuestos a cederlo.

Los líderes de la AES han enmarcado su proyecto como una «tercera liberación» de África. La primera fue la independencia formal de los años sesenta; la segunda, el fin del apartheid y la descolonización del sur del continente; y la tercera, la que está en marcha, busca la verdadera soberanía —económica, militar y cultural— frente a las potencias que aún pretenden dictar el destino del continente.

No es un camino fácil. Los obstáculos son enormes, determinados por la amenaza yihadista, la presión occidental, la fragmentación étnica, la dependencia económica. Pero la dirección es correcta. Y en un mundo donde el orden unipolar se desmorona y nuevas potencias emergen, la rebelión del Sahel es una señal de que la historia no ha terminado.

Como escribió Fanon, «la descolonización es siempre un proceso violento». No porque los colonizados amen la violencia, sino porque el sistema colonial —y su heredero, el neocolonialismo— no se desmantela con buenos modales. Los hijos pródigos del Sahel han decidido escribir su propia historia. Y el mundo, nos guste o no, ya no será el mismo. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)


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Sobre el autor: Gabriel Torres Rodríguez

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