Hay momentos de estudio y lectura, de contrastes informativos y búsquedas, en los que creo que la geopolítica se mueve con la precisión de un reloj suizo, y otros en los que parece un péndulo desbocado.
Lo que estamos presenciando en el frente ucraniano en estos días de septiembre de 2026 es una mezcla de ambas cosas. Por un lado, una coreografía diplomática de alto voltaje mientras misiles y drones siguen cayendo sobre civiles, almacenes y refinerías. Por el otro, la visita de los enviados de Trump a Moscú y Kiev —Steve Witkoff y Jared Kushner, yerno del presidente— no es un gesto de buena voluntad, sino un movimiento desesperado de un imperio que se desangra en múltiples frentes y necesita una victoria antes de las elecciones de medio término.

En ese sentido, la maquinaria militar rusa no se ha detenido. Según la propia versión del Kremlin, durante la reunión con los enviados estadounidenses, «la parte rusa ofreció evaluaciones claras y exhaustivas de la situación que se desarrolla durante la operación militar especial, destacando los avances tangibles del ejército ruso en la zona de combate». Putin ha ordenado una pausa de 72 horas en los ataques contra Kiev, pero no en el resto de Ucrania. Eso, ni más ni menos, es un gesto calculado, no una tregua ni un alivio para los desgastados ucranianos.
El frente registra cifras de más de 200 enfrentamientos terrestres en un solo día, según fuentes ucranianas. Los nuevos drones rusos, capaces de alcanzar velocidades superiores a los 595 kilómetros por hora, están realizando labores de vigilancia y ataque. Rusia avanza hacia Slaviansk, Kramatorsk y Orekhov, y sus líneas presionan las posiciones ucranianas. No hay señales de que esta dinámica vaya a cambiar en el corto plazo.

Ucrania, por su parte, ha intensificado su campaña de ataques con drones contra objetivos en territorio ruso. Según reportes de prensa, la segunda mayor refinería de petróleo de Rusia paralizó por completo su procesamiento de crudo tras un ataque ucraniano el 30 de agosto. En total, las fuerzas ucranianas han atacado sistemáticamente 12 grandes refinerías de petróleo en Rusia. También han alcanzado depósitos de petróleo en Sochi y otras instalaciones energéticas.
Putin ha reconocido que esos ataques ucranianos han afectado «instalaciones civiles, incluidas refinerías». Y ha dado instrucciones para ejecutar bombardeos contra la infraestructura energética ucraniana, una medida que se presenta como una réplica directa a las ofensivas de Kiev. Es la lógica del “ojo por ojo” llevada a su máxima expresión, donde los civiles pagan el precio de una guerra que se extiende ya por más de cuatro años.
Menos de dos semanas antes de la visita de Witkoff y Kushner, el director de la CIA, John Ratcliffe, visitó Moscú para reunirse con el jefe del Servicio de Inteligencia Exterior ruso, Serguéi Naryshkin. El Kremlin lo calificó como algo «normal» y «rutinario». Pero en el lenguaje de la geopolítica, nada es rutinario. Ratcliffe y Naryshkin discutieron «una serie de asuntos» relacionados con sus respectivos campos de acción. El mensaje, infiero, es que Washington y Moscú mantienen canales abiertos, incluso cuando las relaciones están en su punto más bajo.

La visita de Witkoff y Kushner fue descrita por el asesor de Putin, Yuri Ushakov, como «significativa, constructiva, extremadamente franca y confidencial». Duró más de tres horas y, según el Kremlin, no se limitó al conflicto ucraniano, ya que también se abordaron «cuestiones económicas y posibles proyectos ruso-estadounidenses de gran envergadura y beneficio mutuo». Es decir, mientras los misiles caen, se estudian negocios.
Witkoff llegó a decir que Putin estará «en lo más alto» de sus «increíbles historias y recuerdos» cuando se jubile. No es un cumplido vacío, es el reconocimiento de que, para la administración Trump, Putin sigue siendo un interlocutor válido, incluso cuando la OTAN y Europa lo consideran un paria.
También creo que el péndulo diplomático no se mueve por casualidad en estos días. Considero que se mueve porque Trump necesita una victoria. Las elecciones de medio término están a menos de dos meses, y su popularidad está en caída libre. La guerra en Irán se ha convertido en un atolladero costoso y sangriento. La deuda nacional de Estados Unidos ha superado los 40 billones de dólares, el déficit público ronda el 7% del PIB, y la inflación sigue por encima del objetivo de la Reserva Federal.
En este contexto, una «victoria» en Ucrania —aunque sea una victoria ficticia, un simple reinicio de negociaciones congeladas— sería un salvavidas electoral. Trump se presenta como el «pacificador en jefe» que —según él— ha resuelto ocho guerras. Cerrar el conflicto en Europa del Este, aunque sea sobre el papel, le permitiría desviar la atención de la guerra en Irán, que la mayoría de los estadounidenses rechaza.
Pero hay un problema. Putin no está dispuesto a regalarle una victoria a Trump. El presidente ruso ha dejado claro que no quiere «congelar» el conflicto, sino lograr una «paz larga y absoluta». Y sus condiciones son innegociables, y en muchas ocasiones las ha dejado claras. No hay alto el fuego sin capitulación ucraniana; no hay cesión de los territorios anexionados; no hay entrada de Ucrania en la OTAN; y no hay tratado de paz con un gobierno que no devuelva el estatus oficial al ruso en Ucrania.
En otra esquina del tablero, mientras Trump y Putin juegan al ajedrez diplomático, Europa mira de reojo. La llamada «Coalición de los Dispuestos» ha anunciado que desplegará tropas en Ucrania en cuanto se alcance un alto el fuego. Francia y el Reino Unido serían los principales impulsores, con Alemania posiblemente sumándose. Moscú ya ha calificado este plan como una «aproximación extremista».
El riesgo de una participación europea más activa no es menor. Si las tropas de la “Coalición” entran en Ucrania, Rusia podría interpretarlo como una escalada que justifique una respuesta más contundente. Otra vez el péndulo de la guerra podría balancearse hacia una confrontación directa entre Rusia y la OTAN, algo que Washington —empantanado en Irán y con las elecciones a la vuelta de la esquina— no puede permitirse.
Más allá de los esfuerzos y los anhelos de paz —reales o fingidos— los misiles caen, los drones vuelan, los diplomáticos viajan, los políticos calculan. Putin ha dejado claro que los ataques contra Kiev se suspenden durante tres días, pero el resto de Ucrania sigue siendo objetivo legítimo. Ucrania continúa golpeando refinerías y depósitos de petróleo en territorio ruso. La diplomacia avanza, pero la guerra no se detiene.
Lo que estamos viendo no es el preludio de la paz, sino una pausa en la coreografía de la violencia. Una pausa que permite a Trump presentarse como un pacificador y a Zelenski como un líder que no se rinde. Pero detrás de las cámaras, el péndulo sigue balanceándose, y nadie sabe cuándo se detendrá. O si se detendrá.
