El 12 de enero de 1924, en una casa del barrio La Marina, un grupo de músicos se juntaba para tocar por primera vez. Aún no se daban en llamar Sonora Matancera. Pocos años más tarde, también un 12 de enero, harían su primera grabación.
Hoy, que ya nada es igual, ni aquella casa, ni el sistema de grabaciones, ni la música imperante, si algo permanece de aquellos inicios y los convierte en extraordinarios es el propio legado de sus protagonistas, la vigencia de su creación.
Hablar de la Sonora Matancera a estas alturas del tiempo es hablar de un fenómeno sin parangón en la música latinoamericana, con el que nuestra Historia poco a poco resarce una fuerte deuda. Es mencionar, entre las brumas de la desmemoria, un faro digno de disiparlas.
Por ello, los días 3 y 4 de junio tendrá lugar el Encuentro Leyenda y Patrimonio dedicado a esta agrupación, en la ciudad que la vio nacer. No solo como un acto de orgullo telúrico, sino en homenaje al Club Sonora Matancera de Medellín, que ya desde su nombre denota una impagable protección a lo que no se podía perder.
El patrimonio, aunque a priori nos remonte hacia lo tangible, es también inmaterial, sensitivo. Es decir, hasta sonoro. De ahí que la Oficina del Conservador de Matanzas confiera igual importancia a un monumento en vías de restauración que a un ente sociocultural como la orquesta de marras.
PATRIMONIO QUE SUENA
Así lo comprende Juan Francisco González Guerrero, especialista de dicha institución en su esfera cultural y patrimonial, y una de las más incansables voces tras el rescate autóctono y sentido de la Sonora como matancera.
«Desde que yo estaba en la universidad, recuerdo que llegaban grupos de estudiantes provenientes de otros países de América Latina, y conocían más de la música cubana que nosotros mismos. Entonces, ‘¿Dónde se puede ir a ver la Sonora Matancera?’, y uno se quedaba asombrado. Había que decirles que no, que aquí no radicaba nada relacionado con eso, y ellos se asombraban más aún. Sobre todo los de Colombia.
«Allá se escucha por la radio. Allá la gente la conserva en su casa, en discos. En ese país, la manera de consumir la música tiene un significado, en cuanto a filosofía de vida, muy especial. La cubana la viven, la interiorizan, y conocen a la Aragón, al Benny… pero con la Sonora es un punto y aparte. Lo de la Sonora es un caso muy extendido, y de una vigencia de la que no tenemos plena idea».
Me cuenta asimismo un hallazgo muy curioso: cuando en los 80 la salsa se popularizó en el país, y la gente disfrutaba de Celia Cruz en casetes y discos traídos del exterior, en una ocasión tuvo en sus manos un long play de la cantante y leyó, en una nota junto al acetato, «…vinculada a la Sonora Matancera…», sin saber aún que aquella voz había sido la principal del grupo por unos 15 años.
Cuando a eso se le suman los incontables nombres de prestigio que fueron parte de la Sonora, entre los que destaco a vuelo de lápiz a Dámaso Pérez Prado, por su peso geográfico, en la mente de un joven enamorado de la música y con ciertos conocimientos de ella se empieza a conformar un misterio. ¿Quiénes eran esa gente? ¿Son tan importantes como parecen?
«Desde sus orígenes, la orquesta estableció un más que sólido sistema de trabajo. Ensayaban todos los días, grababan y hacían radio con frecuencia, llegaron incluso al cine en acompañamiento musical de las estrellas; con lo cual hay muchos elementos para apreciar su temprano éxito, su firme evolución y el por qué es preciso, con ejemplos como este, ilustrar qué tan selectiva ha sido la historia de nuestras costas hacia dentro».

Con la coyuntura política de los 60, y un contrato en México de por medio, inicia el distanciamiento entre la nación y uno de sus símbolos musicales más emblemáticos. Cosa que no ocurrió solo con la Sonora, pues no fue la única conocida en hacer vida permanente fuera de Cuba. Aventura Juan Francisco que la decisión respondía a una lógica interna de la agrupación:
«Si bien ellos salen por un contrato de trabajo, su director en ese entonces, Rogelio Martínez —un lobo del negocio, que los había llevado a los máximos niveles—, era hombre de ideas conservadoras, con vínculos hacia la élite política pre-revolucionaria. La disquera de ellos en aquel momento, además, con la que habían firmado desde el año 50, era norteamericana. No es nada extraño, pues, que su visión no compaginara con la Revolución».
AL ENCUENTRO DE LA LEYENDA
Cuando le pregunto, para resumir en breves líneas, el por qué del Encuentro Leyenda y Patrimonio que en solo días acontecerá en la ciudad, Juan Francisco se disculpa de antemano por el apasionamiento de su respuesta: «Porque aquí nació la orquesta de origen cubano más influyente del siglo XX, al menos en el mundo latino.
«Cuando lees declaraciones de numerosos artistas de nuestra región, muchos coinciden en haberse nutrido de ella. Y se debe a cosas tan imprevistas como las características de la transmisión radial en Santiago de Cuba, donde había retransmisores, y la señal llegaba hasta Puerto Rico. Hay testimonios incluso de que hasta Colombia, en su costa del Caribe. Y, bueno, al existir la Sonora durante tanto tiempo fuera de Cuba, viajaban a esos lugares, y a México, a Venezuela, y los discos se seguían vendiendo.
«Tanto los discos clásicos de su etapa dorada como los contemporáneos, cuando su sonido se hizo más salsero en los 70. Las multitudes iban a verlos, y a Celia con ellos. Eso fomentó mucho su permanencia, en el consumo, en el respeto y en el cariño de aquellos que, fuera de nuestro país, han adoptado a la Sonora como algo que les pertenece. Y es cierto que les pertenece, porque ellos cuidaron un legado que nosotros no supimos cuidar del lado de acá. Por eso la implicación de la Oficina del Conservador en este evento».
Hay, por otra parte, un elemento clave para justificar la dimensión del fenómeno: la impresionante diversidad de géneros y estilos dentro de su repertorio. El tratamiento dado a los mismos, al bolero, a la guaracha, a la rumba, a la música haitiana, a la salsa…
Como grababan con tantos cantantes provenientes de tantas latitudes, el de Colombia traía lo de su país y grababan una cumbia. Con el de Dominicana, un merengue, y así sucesivamente, hasta abarcar un historial que se desborda.
Todo ello conforma, por tanto, un capítulo que no se puede ignorar dentro de la cultura musical cubana. Un capítulo imposible de abarcar en estas líneas, para el que de seguro habrá más, muchas más, en el futuro.
