Los héroes de la épica ríen, mucho, a veces burda y ruidosamente, desde los tiempos de la Ilíada. No todo en el género es fragor y combate: también la carcajada es una manera que encuentran los guerreros de retar al destino. Y desde luego ocurre en el cine, último refugio épico según Borges: los personajes de John Huston mientras el oro vuelve a Sierra Madre; Charlton Heston cuando su colega expedicionario clava la bandera en el planeta de los simios; el grupo salvaje de Peckinpah, en el reposo y en la masacre; Conan crucificado, tras burlar a la muerte en el Árbol del Infortunio… Todos rieron, como con toda razón ríen dos amigos al borde del mar en El viento y el león.
Todo lo han perdido, su situación es desesperada y más nómada que nunca, pero como bien dice uno de ellos con la voz de Sean Connery: “¿No hay nada en tu vida por lo que valga la pena perderlo todo?”. Esa filosofía del aventurero en la frontera, al límite —de sus fuerzas, de sus recursos, de su geografía, de su tiempo—, transformado en un objeto anacrónico para la nueva era en que le toca sobrevivir, John Milius la conoce como pocos cineastas. Podría ser este un diálogo entre Sandokan y su lugarteniente Yáñez, perfecto final para una novela más del ciclo malayo, pero no; pertenece al cine, en una época y un género tan poco hermanados entonces como los 70 y la aventura.
Qué bonita palabra, aventura. André Gide tenía razón, o quien fuese autor de esa frase. Cabe tanto dentro de ella, transmite tanto, que es una de esas palabras que se desbordan. Lo mismo nos lleva a galeones hundidos que a duelos palaciegos, a la conquista de tierras perdidas que a intrigas de espionaje, a expediciones al Ártico que a una legión invencible del desierto. Es inmensa. Y dentro de su inmensidad, donde entra tal cantidad de películas que entre buenas, malas y regulares tenemos para la vida entera, hay un puñado de extraordinarias. Dentro de ese puñado, algunas muy privilegiadas pierden en acción lo que ganan en reflexión, en madurez, en perspectiva sobre el propio género y su función en la narrativa y en el espectador. Caigamos de una vez en El viento y el león.
Producción de 1975, rodada en España y Marruecos. En color, muy bello color. Idea original —más loca que una carga de caballería— y guion de John Milius, en su segunda incursión como director. Venía de la gangsteril y estupenda Dillinger (1973), camino de la grandísima El gran miércoles (1978), a iniciarse en el camino épico y singular del resto de su filmografía. Para ello se inspiró en un episodio intrahistórico muy poco espectacular —el secuestro de un negociante estadounidense por bandidos rifeños, a inicios del siglo XX—, con el trasfondo del reparto del África entre las potencias del mundo, no mucho antes de la Gran Guerra.

De Ahmed, el Raisuli, cabecilla de los raptores, Milius conserva todo lo posible, hasta el filo de la incorrección política, menos el aspecto: el personaje histórico era más bien feo, y con el Connery de la madurez le da un porte y una gracia física para la eternidad. Al señor secuestrado, en cambio, decide convertirlo en señora, y así tenemos a Ellen Pedecaris —la rubia Candice Bergen está aquí mejor que nunca en su carrera—, atractiva y rica viuda, madre de dos niños cuyo punto de vista civilizado, aterrorizado, fascinado, compartiremos durante la impredecible peripecia.
Lo que no tenemos, en cambio, es un romance al uso, ni un beso final a galope rumbo al atardecer, sino enorme tensión entre el bandido y la dama: colisionan dos mundos y dos personalidades bien distintas, aunque duerman respetándose bajo la misma tienda. El Raisuli tiene por intención provocar al sultán de Marruecos con su acción, todo obedece a una treta contra el poder en la que no hay lugar para el romance. De no ser por la violencia latente, la sequedad de los escenarios y el marco narrativo en que se ha venido desarrollando todo, por instantes podríamos sentirnos en una comedia sobre la guerra de sexos, con excelentes diálogos como este:
RAISULI: Esto es el Rif. Yo soy Mulay Ahmed Muhammad al-Raisuli, el Magnífico, líder de los berberiscos del Rif. Soy el defensor verdadero de los fieles, la sangre del profeta corre por mis venas, y soy un mero servidor de su voluntad. ¿No tiene nada que decir?
SRA. PEDECARIS: No acostumbro adular a los fanfarrones.
Por si fuera poco, El viento y el león no es solo una itinerante aventura, a punto de desbordarse de pasión, entre un hombre y una mujer, sino también una historia de amistad imposible entre dos hombres convertidos en enemigos íntimos. Y una lección política, y un fresco histórico extraordinario, donde emerge ese otro personaje que establece junto al Raisuli y la Pedecaris un triángulo de interés: el presidente americano, Theodore Roosevelt. Sí, el del “gran garrote”. Incluso si los pasajes del Rif fuesen fallidos, porque la pareja no resultase simpática al espectador o algo, solamente por los de Teddy aún valdría la pena esta película.
Brian Keith encarna al deportivo diplomático, a ese epítome de la masculinidad y del nacionalismo de cara a los votantes, en una de las actuaciones de reparto que más injustamente han sido ignoradas por los premios de cualquier cinematografía. Tratado en este libreto con suma atención por un experto en su persona como Milius –el retrato que de él haría en Jinetes Salvajes (1997) con Tom Berenger es también memorable–, sin el maniqueísmo en que cualquier autor podría incurrir fácilmente ante el individuo conocido, gracias a la presencia poderosa y dominante del presidente olvidamos continuamente quién es el protagonista absoluto, de haberlo, en esta trama.

Impagables, de escritura e interpretación, son su grito al electorado —“¡América quiere a Pedecaris viva o al Raisuli muerto!”— antes de volverse sonriente y preguntar en voz baja qué tal estuvo, o la entrevista que concede al periodista bajo un árbol del parque Yellowstone —“El oso pardo encarna el espíritu de América. Debería ser nuestro símbolo, y no esa ridícula águila, poco más que un buitre con pretensiones”—, su manera de boxear, de probar las armas, de aconsejar a su hija, de ocultar que no ve de un ojo, de imitar el gruñido y la furia del oso pardo.
Cada escena suya al otro lado del Atlántico, donde gestiona el rescate de sus ciudadanos mientras desarrolla actividades diarias, las de ocio y las obligatorias, son una delicia para todo espectador con un mínimo de gusto por la Historia o por el privilegio cinematográfico de emplazarnos, encuadre mediante, en distintas perspectivas de un mismo fenómeno. Nos hacen preguntarnos por qué no hay más películas así, que de un vulgar secuestro se eleven a explicar tan bien el mundo. Con ellas el guionista se permite jugar en una estructura paralela, nada habitual en el cine de aventuras.
Porque, en efecto, más que lo que entendemos por película de aventuras, El viento y el león es una película sobre la aventura. En pretérito, escrita a la luz de una bujía y de las canas, por alguien que ha leído y vivido tanto que no le es suficiente. Eso la hace a ratos inclasificable, un rara avis que combina entretenimiento y gravedad, tanto así que en ocasiones me pregunto cómo habría reaccionado yo de haberla conocido en la niñez, cuando a las seis de la tarde no me perdía un espacio televisivo llamado Cine de Aventuras en el que, por motivos que ignoro, esta nunca se coló. ¿Me habría maravillado? ¿Habría deseado más secuencias de lucha y menos diálogo? ¿Será la niñez un momento adecuado para consumir esta cinta?
Uno oye al Raisuli maldecir el armamentismo enemigo frente al elogio del cuerpo a cuerpo y no puede menos que recordar a Kurosawa y su espectacular Yojimbo, donde Tatsuya Nakadai con revólver enfrentaba a Toshiro Mifune con espada y eso remarcaba el fin de una época, de un código de honor, de una concepción épica del mundo para la cual va quedando poco o ningún lugar. No pueden hacer mucho las cimitarras frente a los cañones, y he ahí la belleza de situar el drama que nos ocupa en ese preciso estadio. He ahí la clase de película que se impone, siempre en contradicción: serena y audaz, poética y prosaica, dura y entrañable, elegíaca y esperanzada.

Pero la sensación de pureza narrativa, de relato homérico y de escape de la realidad, sin embargo, persiste. Hay retazos stevensonianos a través, sobre todo, de William (Simon Harrison), el hijo varón de Pedecaris, cuando enseña un obsequio afilado a su hermana o, cerca del final, en uno de mis usos favoritos de la cámara lenta en el cine, al poner un rifle en manos del Raisuli. Sus ojos en ese momento son los de cualquier niño que viera a un héroe de sus libros convertirse en realidad, y la melodía de Jerry Goldsmith es la que pediríamos si nos tocara vivir algo así al menos una vez.
Ese mismo año John Huston, presente aquí como actor, estrenó El hombre que pudo reinar. Al siguiente, Richard Lester haría lo propio con Robin y Marian. En las tres está Sean Connery, las tres son maravillosas y cada una da sepultura, a su manera, al mismo género. Una al fondo de un abismo en Kafiristán, otra en algún claro del bosque de Sherwood, y esta en las arenas del Rif, mientras el presidente de un imperio, sentado a los pies de un oso disecado, tapándose un ojo inservible, se sienta a leer la carta de un bandido que así reza:
A Theodore Roosevelt:
Usted es como el viento, y yo como el león. Usted forma la tempestad. La arena arde en mis ojos y la tierra quema. Yo rujo en desafío, usted no me escucha. Pero entre nosotros hay una diferencia: yo, como el león, debo permanecer en mi sitio, mientras que usted, como el viento, nunca sabrá cuál es el suyo.
Mulay Ahmed Muhammad al-Raisuli, el Magnífico,
Señor del Rif, sultán de los berberiscos.

FICHA TÉCNICA
Título original: The Wind and the Lion; Año: 1975; País: Estados Unidos; Dirección y guion: John Milius; Fotografía: Billy Williams; Banda sonora: Jerry Goldsmith; Montaje: Robert L. Wolfe; Reparto: Sean Connery, Candice Bergen, Brian Keith, John Huston, Geoffrey Lewis, Steve Kanaly, Simon Harrison, Polly Gottesman; Duración: Dos horas.
