Martí, leyenda de Nuestra América

Martí, leyenda de Nuestra América

Hay escritores que pasan por la literatura como sombras, mientras que otros la transforman, la hacen suya e impregnan un sello que trasciende a los siglos. José Julián Martí Pérez pertenece a este último linaje: al de la prosa que sigue sorprendiendo, el epistolario que conmueve y los versos sencillos que no son nada sencillos porque destilan una belleza sin igual.

Fue justamente por su obra literaria que conocí al Maestro, a nuestro Héroe Nacional. A mi alcance, en el piso más asequible del librero de casa, la colección de 27 tomos que agrupaban toda su obra se convirtió en una referencia obligatoria, en libros de cabecera y diccionarios de nuevos vocablos. Gracias a la Edad de Oro entendí que todos alguna vez hemos sido Nené haciendo travesuras, que resulta maravilloso saberse Pilar y, también, que tristemente hay muchos Lopis y Masicas por el mundo, abusando de la generosidad de camarones encantados. Pero Martí no solo escribía para niños.

Las metáforas en sus obras no evaden la realidad sino que la interpelan. Consideraba que la libertad no se conquistaba solo con las armas, también se hacía con la palabra. Por ello el suyo fue un periodismo de combate, una poesía de acción, un ensayo que nunca fue torres de marfil, sino trinchera de ideas. En las dos últimas décadas del siglo XIX, mientras los diarios norteamericanos competían por el sensacionalismo, un cubano exiliado en Nueva York escribía desde su modesto escritorio la más aguda premonición del continente.

No solo informaba: desentrañaba el andamiaje del imperio que crecía ante sus ojos y, con la misma pluma, urdía las bases de una independencia cubana que sabía inminente. En cada artículo, en cada observación precisa, Martí estaba ensayando la Revolución.Hoy, la tribuna en la que más de una vez se dirigió a los cubanos en el exilio, forma parte de la sala expositiva en la que permanentemente se le rinde homenaje al Apóstol en el museo Oscar María de Rojas de la ciudad de Cárdenas, uno de los más longevos y completos de Cuba.

Ahí está Martí
Ahí está Martí

La vigencia de Martí está ahí: en el músico urbano que rapea aquellos versos; en el periodista que no cesa en su quehacer a pesar de pesares, la maestra que educa en verdaderos valores, la pequeña niña que al declamar con elegancia “El enemigo brutal”, comprende de los salvajismos despiadados de los opresores.

Hay un legado que llegó en forma de letras pero hoy las trasciende, ideales que inspiraron un Moncada y siguen anhelando una Cuba en su mejor versión, enseñanzas multiplicadas de generación en generación, versos e historias negadas a ser olvido. Cuentan los que sobrevivieron que aquella mañana del 19 de mayo de 1895, Martí cabalgó voluntariamente hacia la línea de fuego, desoyendo las órdenes del General Gómez. Tal vez en ese instante, el cronista cedió el paso al soldado. Y el hombre, por fin, se volvió palabra inmortal, se volvió leyenda de Nuestra América.

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1 Comment

  1. Estimada Ana Cristina:
    Lo que sigue a continuación fue escrito, hace unos años, por una ex colega tuya, en este mismo diario.

    De yugo y estrella fue su efímera vida. Aquel niño, que pronto entendió el dolor del pueblo que tres siglos ha sufrido cuanto de negro la opresión encierra, que tembló de pasión por los que gimen, se inició en un camino sin retorno hacia la libertad.

    Escudado en su amor a la Patria, y armado con el odio invencible a quien la oprime, olvidó sus propias penas para subir los montes altos. Cárcel, cadena y destierro; pero Cuba nos une en extranjero suelo, auras de Cuba nuestro amor desea, y el exilio solo fortaleció su alma independentista.

    Todo el que lleva luz se queda solo, y pocos pudieron comprender sus pasiones. El verso, dulce consuelo que nace alado del dolor, junto a la prosa periodística, el discurso ardiente, sus publicaciones y sus manuscritos conformaron su más íntima compañía.

    Pero el que la estrella sin temor se ciñe, ¡como que crea, crece! Y a Martí lo llamaron sabio, padre, profeta; lo escucharon en el norte y en el sur; lo encumbraron las mujeres y los hombres; le respetó el amigo y el contrario. El vivo que a vivir no tuvo miedo, aprehendió la vida para multiplicarla aun después de su muerte.

    Hizo mucho el Delegado, el Apóstol, el Héroe. Aunó voluntades y borró recelos. Preparó con su mano firme y su voz enérgica una guerra necesaria, porque cuando al paso de la cruz el hombre morir resuelve, sale a hacer bien, lo hace, y vuelve como de un baño de luz.

    Soñó con la paz y la dignidad plena, con la justicia y la equidad, con un mundo donde los que saben querer, los de la Edad de Oro, tuvieran zapatos y no hambre. No era utopía vana ni optimismo extremo, sino la certeza de un mejor mañana para la humanidad, de un futuro con esperanza y equilibrio.

    Más de ciento sesenta eneros han pasado desde el primer llanto de José Julián, cuando el fulgor del primer amanecer juró escoltarlo hasta su fin, de cara al sol. Hoy en su losa no faltan un ramo de flores y una bandera y, en su frente marmórea, la estrella que ilumina y mata.

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