Georgina Herrera frente al espejo de sus 90 años

Georgina Herrera frente al espejo de sus 90 años

En el panorama de la poesía cubana, donde figuras como Nicolás Guillén y Nancy Morejón han ocupado un lugar central, hay una voz que durante décadas trabajó desde una discreción casi monacal, tejiendo versos que son pura memoria de la herencia africana: Georgina Herrera (Jovellanos, 1936- La Habana, 2021), cuya obra es un monumento de resistencia, oralidad y herencia negra.

A los 90 años de su nacimiento, que se cumplieron el pasado 23 de abril, y a la importancia de su legado literario estuvo dedicada la tertulia Los libros que nos unen, este miércoles 13 de mayo en el espacio de la Biblioteca Gener y del Monte y bajo la conducción de la poeta Lucía Cristina Pérez.

Nacida en una zona de profunda huella afrocubana, Georgina Herrera se mudó de muy joven a La Habana y desde allí combinó la escritura lírica, como parte del mítico grupo El Puente, con su trabajo para la emisora Radio Progreso, donde fue autora de radionovelas, cuentos y teatro.

La afrocubanía atraviesa cada uno de sus poemas, no como un adorno folclórico, sino como una forma de entender el mundo. “Lo que sí sé es que mi cuerpo / guarda un rumor de tambores / que no se calla ni con rezos». En estos versos late la conciencia de un cuerpo que es territorio de una memoria ancestral que el coloniaje no pudo extirpar.

Herrera también se ancló en un feminismo negro como doble condición marginadora. La mujer afrocubana había sido invisibilizada en todos los ámbitos sociales y su influencia, relegada al plano doméstico. Con su Oriki para las negras viejas de antes ensalza la sabiduría de sus ancestras: “Ellas eran como libros fabulosos abiertos/ en doradas páginas./ Las negras viejas, pico/ de misteriosos pájaros”.

Se plantea una ruptura de su generación como pérdida identitaria, y a la vez, añoranza por esa seguridad y esa fuerza que yace en la raiz: “pero nosotras, las que ahora/ debíamos ser ellas, fuimos/ contestonas,/no supimos oír (…) Solo / aprendimos a preguntarlo todo /y, al final, estamos sin respuestas”.

En Grande es el tiempo, nos regala esta confidencia lírica: «Abuela, ¿dónde guardaste los collares / cuando te dijeron que ya no se usaban? / Abuela, ¿dónde escondiste el nombre / para que no te lo robaran?». La pregunta no es ingenua: es un inventario de las pérdidas impuestas por el racismo y la esclavitud, pero también de las estrategias de supervivencia cultural de la diáspora africana.

Frente a quienes han querido reducir la poesía negra a un estereotipo pintoresco, demostró que el legado africano en la literatura es, ante todo, una forma de conocimiento. Su verso «Soy descendiente de aquellos que no se rindieron / y por eso estoy aquí, / escribiendo lo que ellos callaron» es quizás la definición más exacta de su proyecto poético.

Herrera nos recuerda que la literatura afrocubana no es un nicho: es un río profundo que desemboca en el mar de la identidad latinoamericana. Leerla es escuchar el eco de los ancestros, el repique de un tambor que nunca dejó de sonar.

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Sobre el autor: Giselle Bello Muñoz

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