La eterna deuda de Dorta

La eterna deuda de Dorta

Muchas medallas, no solo de Girón, avalan la carrera de Arnaldo Ramón Hernández Dorta. Foto: Del autor

Del 17 al 19 de abril de 1961, Arnaldo Ramón Hernández Dorta tuvo ocasión de conocer de verdad el miedo. Nunca su vida había estado tan expuesta como entre aquellas fechas, que nadie sabía si iban a prolongarse o no. Pero, como recalca 65 años después, en su sillón, es natural sentirlo, sobre todo cuando una vorágine de metralla se abalanza sobre ti.

“Era inevitable. Había que apelar al instinto de protección, y allí cualquier cosa para mí lo era, desde un matojito hasta una penca de guano. Ahora, el problema no es tener miedo, sino ser capaz de controlarlo. Porque si te conduce al espanto, sales corriendo, y a ese extremo yo no podía llegar. Una vez que logras dominarlo, tus convicciones te arrastran ellas solitas al heroísmo”.

Cuesta oírle hablar de heroísmo y de sí mismo más o menos a la vez. Seguro se le escapó. Dorta no se autopercibe como el héroe que anuncian sus medallas y grados guardados en un maletín marrón oscuro, ni como el que todavía recibe reconocimientos por su devenir combativo, en especial, el concerniente a Bahía de Cochinos.

Es como si todavía arrastrara la frustración diaria de no haber hecho suficiente por no haber estado en la Sierra. Y eso que vendió bonos y participó en acciones clandestinas, pero en su juventud le pesaba ese falso concepto de que con aquello no bastaba. De que la batalla tenía que ser mucho más grande y que las armas tenían que pesar para decir que batalló.

Por eso “no hubo nada que oliera a Revolución, en los primeros años, donde yo no estuviera metido”, afirma bastante satisfecho, fundador como fue de las Milicias Nacionales, de los Comités de Defensa Revolucionarios y del Ejército Central —días antes de su gran y peligrosa aventura—. “Sí, acumulo unas cuantas fundaciones”, me sonríe.

Y, también por eso, el llamado a repeler una ofensiva a gran escala le importó tanto cuando lo movilizaron desde su Sancti Spíritus natal. Era la oportunidad de agarrar un fusil y quitarse el picor de la Sierra en la que no se había alzado. “Era cumplir una gran añoranza”.

Nacido el 7 de octubre de 1941 en los campos espirituanos, Arnaldo tuvo una formación agropecuaria. Si bien llegó a trabajar escasos años como obrero agrícola en el tabaco, la caña y otros sectores, fue solo hasta cumplir los 19: la edad que tenía al momento de enfrentar una invasión enemiga.

Cuando su batallón partió el día 17 rumbo a la contienda, aún se desconocía el lugar del desembarco, mas se sabía, por el anuncio del Comandante en Jefe, que este era factible. “Cuando llegamos a Rodas y me di cuenta de que habíamos pasado Cienfuegos, ya eran como las 12 de la noche. Ahí esperamos, y ahí estábamos cuando, por el sur de Matanzas, se produce lo esperado.

“Nos tocó salir al sureste de San Blas, con la misión de chocar con el enemigo, contenerlo para que no escapara por esa vía; y nos lo topamos el día 18. Habíamos tomado posición la víspera, así que establecimos una línea de contención”.

De todas las anécdotas, nombres, lugares y momentos que Dorta recuerda de aquel entonces, nada le causa tantas simpatías como su participación fortuita en el rescate de un comandante hecho prisionero por el invasor. Como si de un objeto con vida propia se tratase, su fusil M-52 se convirtió en motor y casi protagonista del hecho.

“Tras la captura del comandante Duque entre las filas de los mercenarios, hubo un momento en que mi capitán dio el alto al fuego. En esa etapa no había comunicaciones como ahora, a no ser pasando la voz o a través de un mensajero, así que varios seguimos disparando al no enterarnos. Él, parece que para imponer autoridad, vino directo hasta donde estaba yo y me desarmó. Pagué por todos los que mantuvimos el fuego.

“¡Imagínate tú! De repente me veo con mis granadas, con mis municiones y sin mi M-52, y el enemigo ahí enfrente. ¿Qué se me ocurrió? Fui hasta un grupo de oficiales que estaban junto al primer tanque Sherman ocupado y, cuando me preguntaron por mi arma, dije la verdad. Aquello era ilógico. Después supe que la persona que ordenó devolvérmela era el mismísimo Tomassevich.

“Lo que pasa es que Tomassevich creyó que yo era de su batallón, ni dije que pertenecía a otro. De modo que, cuando salieron a peinar el terreno y chocaron con los mercenarios, no me quedó más remedio que combatir ahí, junto a ellos. Sentí la obligación, y así terminé participando accidentalmente en el rescate de Duque”.

Teme no encontrar la expresión adecuada, pues no quiere incurrir en “desorden” o “desorganización” para referirse al desempeño de tantos héroes al mismo tiempo, ante una misma situación desesperada. “Lo que en Girón no había aún era un arraigo de disciplina militar, muchos hacían las cosas a lo loco, como ese compañero que se arriesgó sin medir las consecuencias y se vio atrapado. Por eso prefiero contar anécdotas como la de mi fusil, antes que decir que fui un bárbaro porque maté a cuatro; si no, tal pareciera que fuimos perfectos y que todo se nos dio como queríamos”.

Si emocionante había sido la despedida por parte del pueblo al salir rumbo a la contienda, entre ánimos y consejos, más emocionante es su recuerdo de vuelta, cuando se halló de pronto entre tanta gente que les aclamaba como héroes sin sentir que hubiera hecho algo especial, más allá de cumplir con lo que le tocaba. Otra vez la insatisfacción del guerrillero frustrado que siempre llevará dentro.

“Es que con la Patria nunca se está a mano, chico. La deuda con la Patria es tan grande, y con los que han dado su vida por ella en todas las épocas, que nada que uno haga parece suficiente. Y es que, por cada acto heroico mío, hay cientos mucho más impresionantes, acometidos por gente que se la jugó muchísimo más. Por eso nunca me he sentido como que alcancé una meta o como si hubiera cumplido y ya”.

Dorta llegaría hasta teniente coronel y ocuparía diversas funciones dentro de la contrainteligencia militar, para casi cuatro décadas de vida entregadas a las fuerzas armadas. El día que me recibió para esta entrevista, lo primero que hizo fue preguntarme si el pelado le había quedado bien; le habían comunicado que probablemente, de producirse cambios en lo planificado, le tocaría a él asumir las palabras en nombre de los combatientes en el próximo acto por el aniversario de Playa Girón.

La Patria, tal vez, teniéndolo en cuenta.

Recomendado para usted

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *