En esta sección hemos escrito en muchas ocasiones sobre cómo hay momentos en la historia donde la soberbia del poderoso choca de frente con la dignidad de los pueblos. Ahora lo estamos viendo en el Golfo Pérsico, mientras los bombardeos estadounidenses e israelíes contra Irán cumplen su segunda semana y Donald Trump amenaza con una operación terrestre. Pero entre la bravuconada del magnate y la realidad del terreno existe un abismo que ni toda la maquinaria de la propaganda puede ocultar. Invadir Irán es, militarmente hablando, casi imposible. Y no precisamente por falta de portaaviones.
Para entender la magnitud del despropósito que sería una invasión terrestre a Irán, basta con echar la vista atrás a 2003. Aquel año, Estados Unidos —bajo el concepto de la lucha contra el terrorismo— concentró en las fronteras de Irak alrededor de 170 000 soldados de unidades terrestres, cinco portaaviones y cerca de mil aviones de combate, sin contar las fuerzas de la coalición que entonces sí existían. Irak, con una superficie cuatro veces menor que Irán y una población tres veces y media inferior, ofrecía un territorio llano y desértico ideal para el avance de blindados y la maniobra rápida.
Hoy, en la región del Golfo, Estados Unidos apenas tiene desplegadas unidades aéreas y navales. Unos 280 aviones de combate y dos portaaviones, tras un mes y medio de intensos vuelos de transporte para reforzar la zona. Pero ni una sola división o brigada terrestre lista para una ofensiva de envergadura. La razón es sencilla. Para invadir Irán se necesitarían al menos 500 000 soldados, varios grupos de ataque adicionales —hasta siete u ocho portaaviones, tres cuartas partes de toda la flota disponible— y decenas de miles de toneladas de suministros diarios. Lograr semejante despliegue, incluso en condiciones de paz, llevaría entre seis y doce meses. En medio de un intercambio de golpes con misiles iraníes, con todo el Golfo convertido en un polvorín, semejante operación logística es ahora mismo sencillamente imposible.
Y aunque se lograra, quedaría el problema de siempre. Conquistar Irán sería el principio, no el fin. Mantenerlo bajo ocupación sería una pesadilla aún mayor que la invasión, como la experiencia de Irak —y Afganistán— demostró hasta la saciedad.
Desde el punto de vista geográfico, a diferencia de las llanuras iraquíes, Irán es un país de formidables barreras naturales. El único corredor teóricamente accesible para una invasión terrestre sería a través de la frontera con Irak, pero allí se alzan precisamente las cadenas montañosas de Zagros, un laberinto de valles y altitudes que convierten el movimiento de blindados en una pesadilla logística. La guerra en montaña requiere tropas especialmente entrenadas, multiplica las bajas y dificulta enormemente las líneas de suministro. No es el terreno donde el ejército estadounidense ha brillado históricamente.
Se podría fantasear con desembarcos anfibios en la costa o con operaciones aerotransportadas, pero acá tropezamos con la misma piedra. Sin el respaldo de unidades terrestres pesadas, esos enclaves se convertirían en trampas mortales, expuestos a la artillería y los misiles iraníes, sin posibilidad de progresar hacia el interior.

Pero el verdadero obstáculo para una invasión no es solo geográfico o logístico. Es político, cultural y, sobre todo, histórico. Ya en A Contragolpe hemos analizado el impacto de la Revolución Islámica de 1979, la cual no fue un accidente ni un capricho teocrático. Fue la respuesta de un pueblo humillado por décadas de injerencia imperial —recordemos el golpe de la CIA contra el primer ministro Mossadegh en 1953, cuando nacionalizó el petróleo— y la consolidación de un proyecto político con profundas raíces populares.Como bien señalaba recientemente el comandante en jefe del Ejército iraní, general Seyed Abdolrahim Musavi, la Revolución desafió el sistema bipolar que gobernaba el mundo y llevó la promesa de libertad e independencia a los oídos de los oprimidos.
Ese espíritu, forjado en ocho años de guerra defensiva contra Irak (1980-1988) —una guerra impuesta por Sadam Husein con el apoyo explícito de Occidente y sus aliados regionales—, sigue vivo en la sociedad iraní. La «defensa sagrada» contra la invasión iraquí no solo consolidó la revolución, sino que creó una cultura de resistencia que hoy es seña de identidad nacional.
A diferencia de lo que ocurrió en Irak en 2003, donde el ejército de Sadam se desmoronó como un castillo de naipes y la población no salió masivamente a defender al régimen, en Irán las fuerzas armadas son parte orgánica del entramado social y político. La Guardia Revolucionaria no es solo un cuerpo militar; es una institución con arraigo popular, presencia económica y legitimidad revolucionaria. Invadir Irán significaría enfrentarse no a un ejército mercenario, sino a una nación en armas.
Por otro lado, pensar que Irán no ha aprendido bien las lecciones de Estados Unidos en Vietnam, Afganistán e Irak, es pretender que a ese país lo dirigen improvisados. Ellos saben que no pueden competir con Estados Unidos en una guerra convencional, y por eso han desarrollado una doctrina basada en la asimetría, la profundidad estratégica y la capacidad de infligir costes insostenibles al agresor.
El Estrecho de Ormuz, por donde transita alrededor del 20% del petróleo mundial, es su principal palanca. Cerrarlo, minarlo o simplemente hostigar el tráfico marítimo dispararía los precios del crudo y sumiría a la economía global en el caos —como vamos avizorando ya en los mercados mundiales durante la última semana—. Las bases estadounidenses en la región están al alcance de sus misiles balísticos y de los drones que tan eficazmente han demostrado su capacidad en los recientes ataques contra la Quinta Flota.
La red de aliados regionales —Hezbolá en Líbano, las milicias chiíes en Irak y Siria, los hutíes en Yemen— permite a Irán proyectar poder sin mover un solo soldado de su territorio, convirtiendo cualquier conflicto en una guerra regional de desgaste.
Otro elemento que debemos considerar es que si algo ha demostrado la historia reciente es que los países con armas nucleares no son invadidos. Corea del Norte es el ejemplo más claro. Tras desarrollar su capacidad nuclear, pasó de ser objetivo de cambio de régimen a interlocutor forzoso. Pakistán, India, Israel… todos ellos consolidaron su seguridad mediante la disuasión nuclear. Irán ha visto esa lección con claridad.
Como apuntan los análisis de Tito Ura, «la lección estratégica que muchos Estados extraen es pragmática: los países con armas nucleares no son invadidos; los que no las tienen, sí pueden serlo». Por eso el programa nuclear iraní no es solo una cuestión de orgullo nacional o de independencia energética; es un seguro de vida contra la repetición de la historia. Nadie invade a quien puede responder con el apocalipsis.
En el fondo, lo que está en juego en este conflicto no es solo Irán. Es la pugna por la reorganización del poder mundial en un momento de transición histórica. El orden unipolar que Estados Unidos construyó tras la caída de la URSS se resquebraja. China asciende, Rusia resiste, los BRICS se amplían y la desdolarización avanza, aunque lentamente. En ese contexto, la tentación de usar la fuerza para reafirmar la hegemonía es grande, pero también lo son los riesgos de error de cálculo.
En 1914, las potencias europeas no anticiparon la magnitud de la guerra que desencadenaban. En 2003, la invasión de Irak fue presentada como rápida y transformadora, y terminó siendo un conflicto de una década que desestabilizó toda la región. Una guerra con Irán podría seguir esa misma lógica, pero multiplicada por diez. No es un Estado fallido ni una sociedad fragmentada; es una civilización de 2 500 años de historia con una memoria larga y una paciencia estratégica que Occidente a menudo subestima.Irán no será otro Irak. No lo será por su geografía, por su tamaño, por su capacidad militar o por sus alianzas internacionales. No lo será, sobre todo, por la naturaleza de su revolución, que es un movimiento popular, antiimperialista, con profundas raíces en la sociedad y una voluntad de resistencia probada en décadas de agresiones, sanciones y amenazas. Como escribió Pablo Jofré Leal, la Revolución Islámica «ha generado una influencia potente, conformando a la nación persa como alternativa política a un mundo que hasta el momento de la victoria revolucionaria se dividía entre el campo occidental liderado por Estados Unidos y el campo socialista”.
Mientras exista esa convicción, mientras el pueblo iraní siga viendo en su gobierno —con todas sus contradicciones— un dique contra la dominación extranjera, la invasión terrestre seguirá siendo una quimera. Y los estrategas del Pentágono, que tanto dinero han gastado en sistemas de armas y tanto han despreciado el estudio de la historia, tendrán que conformarse con bombardear y amenazar desde lejos, sabiendo que nunca podrán poner un pie firme en esa tierra rebelde.
