Lo que comenzó como otra bravuconada más de Donald Trump, supervisando ataques desde la comodidad de Mar-a-Lago mientras compartía videos en Truth Social, se está convirtiendo en una verdadera pesadilla geopolítica.
La agresión militar conjunta de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán, lanzada el 28 de febrero de 2026, no es una guerra más en el interminable historial de intervenciones imperiales. Es, probablemente, el principio del fin de la hegemonía estadounidense en Medio Oriente y, con ella, el colapso de un orden internacional construido sobre la base de la impunidad y la doble moral.
Antes de analizar las implicaciones geopolíticas y económicas —tal es el cometido de nuestra sección— conviene recordar un detalle para los voceros del «orden basado en reglas»: esta guerra es manifiestamente ilegal.
Como señala el Indian Express, los ataques constituyen una violación clara del Artículo 2(4) de la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado. Ni Estados Unidos ni Israel pueden invocar legítimamente el derecho a la autodefensa bajo el Artículo 51, porque Irán no había lanzado ningún ataque armado contra ellos. No existía una amenaza inminente, y mucho menos evidencia creíble de un peligro nuclear inmediato.

Lo más grotesco del caso es que los bombardeos ocurrieron apenas 48 horas después de que concluyeran las conversaciones diplomáticas sobre el tema nuclear en Ginebra, con mediación de Omán, cuando el canciller omaní declaraba que «la paz está a nuestro alcance». La conclusión es inevitable y demuestra que Washington nunca negoció de buena fe. Utilizó el diálogo como cobertura mientras ultimaba los detalles de una operación militar masiva, repitiendo el patrón de junio de 2025, cuando bombardeó tres plantas nucleares en plenas negociaciones. Esto no es diplomacia; es cinismo.
Pero lo que los estrategas del Pentágono no anticiparon es que Irán había aprendido las lecciones de la «Guerra de los Doce Días» de junio de 2025. En aquella ocasión, los iraníes tardaron 17 horas en responder, sufrieron daños en sus defensas aéreas y utilizaron una lista de objetivos limitada que dio al enemigo margen de maniobra. Esta vez, la respuesta ha sido radicalmente diferente ya que menos de dos horas después de los primeros impactos, Irán lanzó la Operación «Promesa Verdadera 4», alcanzando simultáneamente no solo territorio israelí ocupado, sino también 14 bases estadounidenses en la región, incluyendo Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Arabia Saudita, Jordania e Irak.

En apenas cuatro días, Irán ha derribado tres cazas F-15 en Kuwait —algo que no ocurría en 27 años, desde la Guerra de Kosovo—, 20 drones Hermes y tres drones MQ-9, además de destruir dos sistemas de defensa THAAD, valorados en más de mil millones de dólares cada uno. Mientras tanto, la Quinta Flota de Estados Unidos en Baréin —el cuartel general del poderío naval estadounidense en la región, con más de 15 000 efectivos y 30 buques— ha visto destruidos sus radares y parte de su equipamiento naval, quedando prácticamente ciega.
La doctrina iraní es clara y responde a lo que los analistas denominan «lucha por la estabilidad regional» frente a la «fuerza rápida» que intenta imponer Washington. Teherán no busca una victoria militar convencional, porque sabe que es imposible. Lo que busca es elevar los costos de la agresión hasta niveles insostenibles para el imperio. Cada dron Shahed 136, que cuesta entre 30 000 y 50 000 dólares, obliga a Estados Unidos a gastar millones en interceptores. Es la asimetría del débil contra el fuerte, pero aplicada con inteligencia estratégica y paciencia milenaria. Como bien recordaba Medvede, el vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia, “el Imperio Persa tiene más de 2 500 años; Estados Unidos apenas 249”.
Y es que en la economía es donde la guerra deja de ser un asunto regional para convertirse en un problema global con ramificaciones profundas. Irán no solo está defendiendo su soberanía; está apuntando deliberadamente al corazón de la economía mundial. El estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 21% del petróleo marítimo mundial y el 20% del gas natural licuado, es la válvula que Irán puede cerrar cuando lo considere oportuno. Y ya lo ha hecho. Las fuerzas navales iraníes han cerrado el estrecho y están operando activamente contra objetivos estadounidenses.

Las consecuencias se están sintiendo en tiempo real. El petróleo Brent ha superado los 83 dólares por barril, un 15% más que el viernes anterior. Los analistas estiman que, si el conflicto se prolonga o se intensifica, el crudo podría alcanzar los 100, 120 e incluso 150 dólares por barril en escenarios extremos. Cada aumento de 10 dólares en el precio del petróleo añade 0,5 puntos porcentuales a la inflación global. En un mundo que apenas comenzaba a recuperarse de la estanflación post-pandemia, esto es una catástrofe.
El Fondo Monetario Internacional ya ha encendido las alarmas. Dan Katz, subdirector gerente del FMI, advirtió que el conflicto podría ser «muy impactante para la economía global en múltiples frentes: inflación, crecimiento, etc.”. Si la incertidumbre se prolonga y los precios de la energía se mantienen altos, los bancos centrales se verán obligados a retrasar los recortes de tasas o incluso a reconsiderar nuevas subidas, justo cuando la economía global necesitaba estímulos.
Pero hay más. Y es el llamado «efecto Ucrania». La guerra en ese país europeo ha consumido una parte sustancial del arsenal estadounidense, y el Pentágono se enfrenta a un problema logístico de primera magnitud. Medios estadounidenses informan que se están agotando los interceptores para defenderse de misiles y drones iraníes, y Washington ha tenido que solicitar municiones a Corea del Sur y Japón. La capacidad de librar dos guerras de alta intensidad simultáneamente —el sueño de cualquier halcón del Pentágono— ha resultado ser una quimera.
Lo más revelador de esta guerra es la ausencia de una estrategia coherente por parte de los agresores. Medios israelíes como Haaretz han alertado que el liderazgo estadounidense está librando la guerra «sin una estrategia previamente planificada, basándose en reacciones instantáneas en lugar de estrategias establecidas”. Trump, fiel a su estilo errático, cambia de objetivos declarados a diario, pasando de hablar de «cambio de régimen» a proponer objetivos contradictorios.
Incluso dentro de la alianza existen diferencias sustanciales. Mientras Israel ve el programa de misiles balísticos de Irán como una amenaza existencial inmediata, Washington está más preocupado por el programa nuclear y por desarticular la cooperación tecnológico-militar de Irán con Rusia y Corea del Norte. Pero ambos coinciden en un punto, y este es el cambio de régimen, aunque ni siquiera sepan cómo lograrlo sin una invasión terrestre, que nadie en su sano juicio contempla.
La ironía es que, como señala el análisis de Al Jazeera, «la caída del gobierno en Teherán no será fácil». La estrategia iraní es precisamente demostrar que cualquier intento de derrocar al sistema conllevará costos prohibitivos para la estabilidad regional y global. Y lo está consiguiendo.
Lo que estamos presenciando es el momento en que el imperio estadounidense muestra todas sus costuras rotas. Su incapacidad para imponer su voluntad por la vía diplomática, su dependencia de la fuerza bruta como único lenguaje, su agotamiento militar y económico, y su creciente aislamiento internacional.
La Quinta Flota en Baréin, otrora símbolo del poderío naval estadounidense, es hoy un objetivo vulnerable bajo bombardeo diario. Los sistemas de defensa antimisiles más avanzados del mundo se revelan insuficientes frente a enjambres de drones de bajo costo. La economía global, interconectada y frágil, tiembla ante la posibilidad de un conflicto prolongado.
Desde Cuba miramos esta guerra con la perspectiva que da la experiencia. Sabemos que los imperios, cuando entran en decadencia, se vuelven más agresivos, más irracionales, más peligrosos.
Pero también sabemos que la resistencia, cuando es consciente y organizada, puede doblegar al más poderoso.
Irán está demostrando que el poder no se mide solo por el número de portaaviones o la capacidad de destrucción masiva. Se mide también por la voluntad de resistir, por la inteligencia para explotar las debilidades del adversario y por la paciencia histórica de quien sabe que el tiempo juega a su favor.
