Hay un patrón en la conducta de los Estados Unidos que es muy esclarecedora. Ellos no tienen socios ni aliados, tienen intereses.
Lo vimos en junio de 2025, durante la llamada «Guerra de los Doce Días», cuando Estados Unidos bombardeó tres instalaciones nucleares iraníes mientras los canales diplomáticos aún estaban abiertos. Y lo hemos vuelto a ver ahora, en febrero de 2026, cuando apenas 48 horas después de concluidas las conversaciones de Ginebra —mediadas por Omán, con el canciller omaní declarando que «la paz está a nuestro alcance»—, los bombardeos comenzaron.
¿Negociaba Washington de buena fe, o utilizaba el diálogo como cobertura mientras ultimaba los detalles de una operación militar masiva?
La respuesta la dio el propio presidente Donald Trump, supervisando personalmente los ataques desde su mansión en Mar-a-Lago mientras compartía videos en Truth Social anunciando «grandes operaciones de combate». No es la conducta de un estadista que ha agotado las vías diplomáticas. Es la coreografía de un ególatra y mitómano que nunca creyó en ellas.
El 28 de febrero de 2026, la aviación estadounidense e israelí lanzó una operación conjunta de gran escala contra la República Islámica de Irán. Los objetivos declarados incluían el complejo del Líder Supremo en Teherán, instalaciones militares y nucleares en Isfahán, Natanz, Fordow y Qom, y —esto es crucial— una escuela de niñas en la localidad de Minab, donde hasta el momento se contabilizan 85 menores de edad asesinados.
Las imágenes verificadas por The New York Times muestran mochilas infantiles ensangrentadas entre los escombros, mientras los equipos de rescate excavan con palas y grúas en busca de sobrevivientes.
La Carta de las Naciones Unidas es clara en ese sentido. El uso de la fuerza solo está permitido en legítima defensa o con autorización expresa del Consejo de Seguridad. Ninguna de esas condiciones se cumplía aquí. El canciller ruso Sergei Lavrov lo expresó sin ambages: los ataques «violan los principios y normas del derecho internacional y desconocen las graves consecuencias para la estabilidad regional y global”. Incluso aliados tradicionales como España condenaron la acción como «unilateral» y «contribuyente a un orden internacional más incierto y hostil».

Entre los objetivos del ataque se encontraban, según fuentes israelíes, el Líder Supremo Ayatolá Jamenei, el presidente Masoud Pezeshkian y altos mandos militares. Es decir, no se trataba solo de degradar capacidades nucleares, sino de decapitar el liderazgo político de una nación soberana. El analista Tang Zhichao, del Instituto de Estudios de Asia Occidental y África de la Academia China de Ciencias Sociales, confirma que «el cambio de régimen en Irán es el objetivo».

Irán, sin embargo, no es un país que se deje doblegar por bravuconadas. Apenas dos horas después de los primeros impactos, el Comando Central de Khatam al-Anbiyaa lanzó la operación «Promesa Verdadera 4», una oleada de misiles y drones que alcanzó 14 bases estadounidenses en la región, incluyendo el Cuartel General de la Quinta Flota en Baréin —confirmado por las autoridades bahreiníes—, la base aérea Al Udeid en Catar —la mayor de EE.UU. en Oriente Medio—, instalaciones en Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Jordania, así como objetivos en territorio israelí ocupado.
La relación costo-efectividad es brutalmente elocuente. Los drones Shahed 136, que cuestan entre 30 000 y 50 000 dólares por unidad, destruyeron un radar de alerta temprana FP-132 valorado en más de mil millones de dólares. Es la asimetría del débil contra el fuerte, la demostración de que la tecnología militar avanzada no es invulnerable cuando se enfrenta a la determinación política.
El Comando Central iraní ya había declarado que «todas las tierras ocupadas y las bases de las fuerzas criminales estadounidenses en la región fueron golpeadas por los aplastantes ataques de misiles iraníes, y esta operación continuará implacablemente hasta que el enemigo sea derrotado decisivamente». No es retórica de ocasión. Es la constatación de que un país con 2 500 años de historia —el Imperio Persa se fundó hace más de dos milenios y medio— no se rinde ante un imperio que apenas cumple 249 años.
Para entender lo que ocurre hoy en Irán hay que remontarse a 1953, cuando la CIA y el MI6 organizaron un golpe de Estado contra el primer ministro democráticamente electo Mohammad Mosaddegh. Su delito, si es que cabe, fue haber nacionalizado la industria petrolera, hasta entonces explotada por la Anglo-Persian Oil Company —predecesora de la British Petroleum— con ganancias exorbitantes para los anglosajones y migajas para los persas.
El golpe reinstauró la monarquía absoluta del Sha, que durante 26 años sumió al país en pobreza, represión y desigualdad, mientras las empresas extranjeras se llenaban los bolsillos.
La revolución islámica de 1979 no fue un capricho teocrático, sino la respuesta de un pueblo humillado que dijo «basta». Desde entonces, Irán opera bajo una visión anticolonial que identifica a Estados Unidos, Reino Unido e Israel como potencias opresoras. Por eso no habrá paz duradera mientras persista esa asimetría, porque el imperio no negocia de igual a igual, sino que impone condiciones. Y cuando no las aceptan, bombardea.
La comunidad internacional observa con preocupación creciente. Catar, dice, interceptó dos misiles iraníes; Emiratos confirmó la caída de fragmentos en Abu Dhabi con al menos un civil fallecido; Jordania derribó misiles sobre su territorio; Kuwait reportó explosiones. El espacio aéreo de media docena de países ha sido cerrado. Los aeropuertos de Dubái —los de mayor tráfico internacional del mundo— han suspendido operaciones.
Pero más allá del caos inmediato, lo que está en juego es el principio mismo de la soberanía nacional. Si cualquier país puede ser atacado porque sus negociaciones no satisfacen al imperio, entonces el derecho internacional ha muerto. Si las conversaciones de paz son respondidas con bombas, la diplomática se convierte en una farsa macabra.

El senador demócrata Tim Kaine ha reforzado que “estos ataques son peligrosos, innecesarios e idiotas. Rezo para que no cuesten la vida de nuestros hijos e hijas en uniforme”. Pero el problema no es solo para los soldados estadounidenses. El problema es para los niños iraníes que ya no volverán a casa con sus mochilas de colores.
Hoy es Irán. Mañana podría ser cualquier nación que se atreva a decir «no» al imperio. La doctrina Monroe no murió, se globalizó. Pero hay pueblos que, como Cuba, llevan 67 años resistiendo bloqueos, agresiones y amenazas sin doblegarse. Sabemos lo que es que nos señalen como «amenaza inusual y extraordinaria». Sabemos lo que es el juego diplomático mientras nos asfixian. Sabemos lo que es que hablen de derechos humanos mientras bombardean escuelas.
Por eso, desde esta isla rebelde, extendemos nuestra mano solidaria al pueblo iraní. Sepan que no están solos. Que hay pueblos en el mundo que entienden lo que es ser bombardeados, bloqueados, agredidos, y aun así se mantienen en pie.
