La maquinaria propagandística de Washington y la fachada del poder imperial

La maquinaria propagandística de Washington y la fachada del poder imperial

Hay una escena que la prensa en Estados Unidos nunca mostrará, y es la de cientos de marineros haciendo cola durante 45 minutos para usar un baño, mientras el barco más caro de la historia de la humanidad —12 000 millones de dólares, 330 metros de eslora, propulsión nuclear— navega hacia una posible guerra con Irán.

Esa imagen, tan prosaica y reveladora, condensa mejor que cualquier análisis la verdadera situación de la Armada estadounidense en febrero de 2026. Porque el portaaviones USS Gerald R. Ford (CVN-78) no es solo un buque de guerra; es un símbolo, un arma geopolítica, y, sobre todo, un producto de la maquinaria propagandística más sofisticada del planeta. Pero los símbolos, cuando se desgastan, terminan mostrando lo que esconden.

Lo que está ocurriendo con el Ford en estas semanas debería ser titular de primera plana en cualquier periódico estadounidense. Pero no lo es. Porque la noticia incómoda se sepulta bajo capas de retórica patriotera y esmeradas y engrasadas cortinas de humo mediáticas.

El Ford, que debía regresar a puerto en marzo tras un despliegue de rutina, lleva ya más de 240 días en misión continua. Su tripulación —más de 4 500 marineros— ha sido extendida dos veces, y ahora enfrenta la posibilidad de que el despliegue alcance los 11 meses, lo que rompería récords históricos de permanencia en el mar.

Pero el problema no es solo el agotamiento humano, que es grave. El problema es que el barco se está cayendo a pedazos literalmente. Según informes del Wall Street Journal y la propia Armada, el sistema de vacío que gestiona los 650 inodoros del buque falla prácticamente a diario. En marzo de 2025, el departamento de ingeniería reportó 205 averías en solo cuatro días, con técnicos trabajando 19 horas diarias para mantener el sistema operativo. Las colas para usar el baño superan los 45 minutos. Los marineros duermen mal, comen peor y, según confesiones anónimas, muchos han decidido que cuando terminen esta misión, renunciarán a la Armada.

El almirante Daryl Caudle, jefe de operaciones navales, lo admitió entre líneas al New York Times. «La tripulación ya ha estado en campaña dos meses más de lo normal. Un nuevo retraso pondría en peligro el período de dique seco planificado y muchas personas simplemente dimitirán”.

El Ford está en esta situación porque no hay relevo. El USS John C. Stennis (CVN-74) lleva 14 meses de retraso en su dique seco, con problemas graves en sus generadores de turbina de vapor. El USS George Washington, cuya reparación se convirtió en una pesadilla de salud mental para su tripulación —11 suicidios—, sigue sin estar plenamente operativo. El USS Nimitz (CVN-68), el decano de la flota, se prepara para ser desguazado tras medio siglo de servicio. El USS Dwight D. Eisenhower (CVN-69) está en mantenimiento. El USS Carl Vinson (CVN-70) acaba de regresar de un despliegue de 269 días y no estará listo hasta primavera.

En total, de los once portaaviones que la Armada presume tener, solo dos están operativos en zona de conflicto: el Abraham Lincoln (CVN-72), en el Mar Arábigo, y el Ford, forzado a llegar al Mediterráneo Oriental. La realidad es caprichosa, ya que el imperio tiene más portaaviones que nadie, pero la mayoría están en puerto, averiados, en mantenimiento o simplemente viejos.

Y, sin embargo, la maquinaria propagandística sigue funcionando a pleno rendimiento. Donald Trump, fiel a su estilo, ha tuiteado bravuconadas sobre una «armada poderosa» que se dirige a Irán, mezclando nombres de barcos —confundió al Ford con el Lincoln— y amenazando con una destrucción masiva. El portavoz del Pentágono modula los mensajes, los think tanks publican análisis, y la prensa occidental repite el mantra de que «Estados Unidos refuerza su presencia disuasoria».

Pero, como señalan analistas independientes, el despliegue del Ford tiene más de señal política que de capacidad real. La propia inteligencia militar estadounidense ha admitido en privado que no existe un «Plan B» para el caso de que Irán —que tiene misiles hipersónicos y una demostrada capacidad para alcanzar buques— decida atacar el grupo de portaaviones. El general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto, advirtió a la Casa Blanca que las deficiencias en municiones y apoyo de aliados podrían significar un peligro mayor para las tropas estadounidenses en caso de ataque.

La pregunta que nadie hace en los grandes medios norteamericanos es ¿qué pasaría si Irán, en lugar de amedrentarse, decide responder? Teherán ha dejado claro que todas las bases, instalaciones y activos en la región serían blancos legítimos. Y tiene con qué. Misiles de precisión, drones Shahed —capaces de saturar defensas—, y una doctrina militar basada en la asimetría y la disuasión por castigo.

El almirante retirado Mark Montgomery ya había comentado sobre el tema. «Todo el optimismo se basa en la confianza de que Irán no se atreverá a atacar un portaaviones. Pero acaban de demostrar que tienen la capacidad. ¿Y si lo hacen? ¿Empezaremos a bombardear 24 ciudades de misiles subterráneas con armas nucleares tácticas? ¿Lanzaremos una invasión con miles de ataúdes cubiertos con banderas?”.

Lo que estamos viendo en vivo y en directo en el Mediterráneo y el Golfo Pérsico es, en esencia, un teatro de sombras. Una coreografía para proyectar una imagen de poder que la realidad desmiente. El Ford, el buque más caro y avanzado jamás construido, navega hacia una posible guerra con su tripulación exhausta, sus baños averiados, y sin un plan creíble para defenderlo si el adversario decide no jugar el papel de víctima asustada.

Es la misma situación de las sanciones contra Cuba, las amenazas de aranceles contra México o los apetitos sobre Groenlandia. Es la apariencia de fuerza para ocultar la debilidad. El imperio proyecta sombras chinescas en la pared de la caverna, esperando que los prisioneros confundan las sombras con la realidad.

Pero Irán no es un prisionero en una caverna. Es un Estado con capacidad de respuesta, memoria histórica y una paciencia estratégica forjada en cuarenta años de confrontación. Y los marineros del Ford, esos que hacen cola para ir al baño y planean renunciar en cuanto pisen tierra, son la carne de cañón de una política exterior que confunde los tuits con la estrategia y los portaaviones con la solución mágica a problemas geopolíticos complejos.

Cuando el polvo se asiente —si es que no estalla antes una guerra por error de cálculo—, quedará la evidencia de que el poder militar estadounidense, sobre todo en su dimensión naval, está sobredimensionado en el imaginario colectivo y minimizado en la realidad operativa. Los once portaaviones son once problemas de mantenimiento, once tripulaciones al límite, once promesas de poder que la logística no puede sostener.

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Sobre el autor: Gabriel Torres Rodríguez

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