Doctor Clemente: pediatra y, por tanto, humanista

Doctor Clemente: pediatra y, por tanto, humanista

Fotos: Izet Morales Rodríguez

Conocí al doctor Clemente durante su pase de visita en la mañana de un lunes más, entre los pasillos del Hospital Pediátrico Eliseo Noel Caamaño. En esa institución son varias las actividades que ha desempeñado, desde jefe de sala hasta docente, que es la que actualmente ocupa, a una edad donde orientar a la juventud es para él tan importante o más que el primer día.

En ese momento, además de atender a un niño, se dirigía a sus estudiantes: “El pediatra debe ser observador, desde que entra tiene que saber cómo camina el paciente, cómo se comporta…”. Daba la sensación desde el primer instante de que es alguien con infinidad de conocimientos por compartir. En efecto, de sus 75 años, Clemente Lázaro Díaz Ramírez ha dedicado 50 a la medicina y, principalmente, al ejercicio de la pediatría.

De ellos, lleva más de 40 como especialista y formador de sucesivas generaciones, dentro y fuera del centro médico al que acude todos los días con la energía de un hombre todavía joven. Si a eso sumamos la definición de su nombre, que ya de por sí “clemente” en nuestra lengua conserva literalmente su significado latino de “bueno, dulce, benigno”, en él recae la concepción ideal de aquella persona en cuyas manos pondríamos la vida de un hijo.

“Mi abuelo quería que yo fuera tornero —recuerda—. Comenzó la Revolución, se creó la escuela Thälmann, y un oficio como electricista, mecánico o tornero en esa época era algo muy grande, un orgullo para la familia. Pero lo que dije fue ‘Yo quiero ser médico’. Tenía una tía asmática, que por la madrugada me despertaba por sus crisis de asma y yo le pasaba un cepillo por la espalda para calmarla. Eso me motivó a estudiar desde temprano la carrera de Medicina: mi deseo de curar el asma”, sonríe ante su propia historia.

“Supe después que mi mamá quiso ser médico también, pero las opciones antes de 1959 eran muy limitadas para ella. Así que… ¿esto vendría en la genética? No lo sé. Además, mi respuesta con aquellos 11 o 12 años era que no quería ser tornero para no ensuciarme las manos. Entonces, con el tiempo, no solo me las ensuciaba cuando tuve un carro y le arreglaba la mecánica, sino que he hecho de todo. Desde el primer trabajo voluntario que se convocó, tareas en la agricultura, corte de caña… De todo”.

Ante el evidente triunfo de su vocación por encima de otras ocupaciones, surge la inevitable pregunta de cómo y por qué definió Clemente su predilección por la pediatría entre todas las ramas posibles del espectro médico.

“Por lo mismo que usted vio cuando llegó aquí: la risa de ese niño. Ese niño me miraba y se reía conmigo… Cuando empecé en esto, yo los miraba y atenderlos me parecía difícil, porque no es igual la comunicación con ellos, y sucede que cambian mucho: anoche el paciente estuvo mal, pero si usted hizo lo que debía hacer en ese horario, de pronto resulta que amanece sintiéndose bien. Bueno, eso y la reacción de la familia.

“La alegría y el bienestar de una familia cuando todo pasa es indescriptible. Los padres están por lo general tan preocupados que, de repente, ver que su hijo se ría, o que coma, que dé signos de recuperación, es la satisfacción máxima, el mejor regalo que me puede dar alguien a mí: el saber que lo estoy ayudando. Por eso se puede decir que estudié Pediatría y no otra cosa”.

Cuando Clemente se graduó de especialista en mayo del 80, habiendo sido ya internacionalista, a su alrededor no había tomografía ni resonancia ni ultrasonido ni terapia intensiva pediátrica. Su generación es una de las graduadas con los sólidos conocimientos para hacer diagnósticos hasta en ausencia de las técnicas más avanzadas.

“Y esa es la escuela consistente en mandar a hacer un análisis para confirmar lo que ya piensas, no para enterarte de la realidad una vez que obtienes los resultados. Así he formado a muchos profesionales y me consta que les ha servido en su futuro. Cuando aquí se rompe, por ejemplo, un tomógrafo, la mejor alternativa es que ya hemos aprendido de nuestros profesores a diagnosticar un tumor cerebral sin tomografía disponible. De hecho, en las misiones nos hemos visto obligados a trabajar sin tecnologías, porque resultan muy caras.

“Por suerte, territorios como Venezuela han presenciado con los años un desarrollo y se han construido conjuntamente los centros de diagnóstico, pero los primeros que llegamos allí estábamos sin nada más que nuestra preparación. Y Venezuela es solo uno de los cinco países donde he viajado, la primera vez de emergencia por dos horas cuando la catástrofe de Vargas; también están Angola —al segundo año de la guerra—, casi recién graduado, siendo residente; después Guinea-Bisseau, luego Ghana y por último Haití, donde permanecí dos años”.

Comentaba poco antes el doctor que la capacidad de observación es indispensable para ser un buen pediatra. Pero no tarda en dejarme en el pensamiento otras cualidades que, a su juicio, deben caracterizar no solo a los de su especialidad, sino a todos los médicos si pretenden ser buenos:

“Un antiguo profesor decía que hay que estudiar, al menos, una hora diaria. Así seas ya especialista. El médico que no estudia ese mínimo de tiempo, el que no se prepara en una profesión que debe ser tan autoexigente, tan autodidáctica, ese no podrá ser un buen médico. Pero lo esencial es algo más…

“Lo esencial que hay que tener es humanismo, solidaridad, honradez, entrega… y algo muy difícil: el valor de sentir el dolor ajeno como propio. Alguna vez les he dicho a mis estudiantes: ‘Todos los niños que hay aquí son mis hijos. Yo los considero así. Y por lo tanto, se les tiene que tratar como tal, porque si es hijo tuyo, tú corres para hacerle un análisis y para esto y para lo otro, y así tienes que hacer con todos’. Eso, justo eso, es lo que se llama humanismo”.

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