La vida a medias. Foto: Raúl Navarro
¿Una avenida puede morir?, me pregunto, mientras cruzo la calle para escapar del sol. Miro hacia la izquierda. A 500 metros contemplo una pequeña manchita. Imagino una motorina. Hacia la derecha el asfalto sigue indetenible hasta perderse en el horizonte de Matanzas. Me desarma esa soledad en ciernes.
Me prohibieron demasiado cuando niño cruzar Tirry a causa del tráfico, continuo río de chatarra y estruendo. En aquel entonces para mí todo acababa ahí, borde de un mundo plano. Después de él solo quedaba el inmenso cosmo, Mercurio y un par de estrellas enanas. Quizás por eso la casi ausencia de automóviles -raudos, tecnológicamente obsoletos, con la carrocería devorada por el salitre y la lluvia- me estremece tanto.
El jueves 5 de febrero el presidente anunció la llegada de tiempos más complejos. Sin embargo, entristece atestiguar cómo de a poco se apaga el país. Ahora se asemeja más que nunca a un caimán. Encallado en su trozo del Caribe palpita en él solo lo imprescindible. Está vivo, muy vivo; pero, realmente, no lo parece.
Llego a la acera de la sombra. Todo los soles aquí pican, incluso, los invernales. Me dirijo a la antigua Terminal de Ómnibus, a cinco cuadras de mi casa, para averiguar a cuánto están las máquinas hasta La Habana. En una semana será el cumpleaños de mi ahijado y hace meses planifico el viaje.
Mientras camino, me sobrecoge el silencio alrededor de Tirry. Hay cuatro transeúntes, un bicitaxista con una canción de Ja Rulay y un perro que escarva con el hocico en un basurero.
Sentí esa misma sensación, hasta escribí sobre ella, años atrás, durante la covid-19. Las ciudades por antonomasia deben ser ruidosas, sobre todo las cubanas. Nosotros podemos ser todo menos inexpresivos. A lo mejor moriremos como mismo llegamos al mundo, con algarabía.
Sin embargo, después de avisar que el país se quedaba en un mínimo de combustible, por la prepotencia de Trump, la vida está a media marcha. Esos sonidos que acompañan a las urbes disminuyen poco a poco: los panaderos con su vozarrones de obús, el petardeo de las «bejovinas», el grito de puerta de calle a puerta de calle para preguntarle al vecino si te puede prestar un poco de azúcar. Solo cuando la estridencia cese, sabremos que hemos llegado a un punto de no retorno, y cada vez se oye más bajita y espaciada. ¿Una ciudad puede morir?
Paso por el frente de una antigua casilla, ahora en poder de un particular. Me fijo en la tabla con los productos. Como en la mayoría de su tipo, los artículos y su monto están escrito con tiza. En el lugar donde le corresponde a los precios hay un manchón blanco en espiral, como si alguien lo hubiera borrado con rabia. Arriba de este colocaron los nuevos. En solo una semana y pico, después de que la nación entrara en este nuevo desface, la mayoría de sus ofertas han aumentado en 200 o 300 pesos. Lo sé, porque ahí, normalmente, compro el picadillo y los huevos.
Sin petróleo, todo se encarece. Las redes de destribuición se complejizan, porque no hay forma de mover las mercancías del Mariel, de las mipymes madre, de donde rayos salgan. Nos llenaremos de manchones en espiral de tiza. Seremos nosotros mismos un borrón en los libros de la contabilidad, si no aflojan la tensión de sus manos sobre nuestro cuello.
Me faltan unos 200 metros antes de llegar a mi destino. A mi lado avanza un señor con un saco de carbón sobre el hombro. A cada rato se tizna el rostro un poco más, al limpiarse el sudor con la mano. Entre el polvo negro sobre la piel y su expresión de infinito cansancio, parece que llevara una máscara mortuoria.
Mi madre juró y recontrajuró que nunca cocinaría con carbón, porque le traía malos recuerdos de su niñez en un campito intrincado. Antes de salir de casa, compró una hornilla de ese aluminio compacto con ángulos esquirlados. «No va a quedar otro remedio. No se sabe cuándo entrará gas», me dijo y se encogió de hombros. Me deprime cuando ella, tan peleona siempre, se resigna.
En el costado de la antigua terminal, dentro de un amplio parqueo, se reúne la mayoría de las máquinas, tanto con destino a los municipios como a La Habana. En la normalidad, eso estaría repleto de carros de alquiler. Sin embargo, hoy solo permanecen dos de estos: un van verde y un chevrolet rojo en el que el chofer se vacila en el espejo retrovisor.
Le pregunto a este si va para La Habana. «No. Aquí ahora no hay nadie que tire para allá. En todo el día no ha venido ningún carro», responde. Le pregunto si sabe igual a cuánto está el viaje. «No estoy seguro, pero cerca de los 4 000 pesos». Menos de 15 días atrás, estaban en 2 000. Le doy las gracias y me retiro. Supongo que no estaré presente en el cumpleaños de mi ahijado.
Otra vez siento que regreso al período de la covid, cuando cerraron las fronteras. La Patria se vuelve chica de a poco, solo porque alguien cree que la asfixia resulta una manera hermosa de matar a un pueblo, como si fuera un cisne. Recuerdo a mi madre y el carbón. Así estoy: resignado.
Voy a cruzar Tirry de nuevo para escapar del sol, esta vez no miro hacia los lados. ¿Para qué? Por la izquierda y por la derecha no viene nada, me lo advierte este silencio espeso como el petróleo que no tenemos. ¿Un país puede morir?

Nunca antes tan bien descrito. Nuestra situación es, lamentablemente, profundamente dolorosa.