La gran mentira del fracaso del socialismo

A Contragolpe: La gran mentira del fracaso del socialismo

¿Por qué hay más de 675 millones de personas con hambre en el mundo? ¿Por qué, después de más de cien años de hegemonía capitalista indiscutida, con el 95% del mundo organizado bajo sus reglas, el hambre sigue siendo una pandemia que devora a cientos de millones?

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial el capitalismo se convirtió en el ordenador global por excelencia. No hubo rincón del planeta que escapara a su lógica de mercados desregulados, finanzas globalizadas, privatizaciones, ajustes estructurales impuestos —y sanciones— desde Washington y una fe casi religiosa en que la «mano invisible» resolvería, por ósmosis, la pobreza milenaria.

Han pasado más de setenta años de ese experimento. Setenta años de políticas neoliberales, de libre comercio asimétrico, de explotación de recursos, de acumulación en pocas manos. Y el resultado está a la vista, y es cruel. El número de multimillonarios en el mundo ha superado por primera vez la cifra de tres mil, y su riqueza conjunta alcanza los 18,3 billones de dólares. Para ponerlo en perspectiva, solo el aumento de esa riqueza en el último año —2,5 billones de dólares— sería suficiente para erradicar la pobreza extrema 26 veces.

Mientras tanto, una de cada cuatro personas en el planeta pasa hambre. 675 millones de seres humanos no saben, cuando cierran los ojos, si al día siguiente tendrán qué comer. Y ojo, no es que estén en los cuatro países socialistas. Están en India, en Brasil, en Nigeria, en Indonesia, en Filipinas, en la propia España, en el corazón de Europa, en los suburbios de París, en las reservas indígenas de Canadá. Están, sobre todo, en los territorios que llevan décadas aplicando las recetas del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Si el capitalismo fuera la solución al hambre, con cien años de dominio incontestado ya debería haberla resuelto. Pero no lo ha hecho. Y no lo hará, porque el hambre no es un error de cálculo en la ecuación capitalista, es una variable necesaria.

Se necesita un ejército de reserva de mano de obra dispuesta a trabajar por salarios de miseria. Se necesita escasez para mantener los precios de los commodities. Se necesita dependencia para garantizar que los países del Sur Global sigan siendo exportadores de materias primas baratas e importadores de tecnología cara. Tristemente, el sistema no funciona a pesar del hambre; funciona gracias al hambre.

A Contragolpe: La gran mentira del fracaso del socialismo

Pero no hace falta mirar tan lejos. Viajemos apenas unas cuantas millas al este de Cuba, a un territorio que no es socialista, que no ha cometido el «pecado original» de una revolución, y que es, de hecho, parte de la maquinaria más poderosa del capitalismo: Puerto Rico.

La isla, territorio asociado a Estados Unidos desde 1898, es un experimento de laboratorio. Allí no hay bloqueo, no hay sanciones, no hay amenazas de invasión. Hay, simplemente, la aplicación del modelo económico que sus amos consideran virtuoso. ¿Y cuál es el resultado? Una red eléctrica que se cae a pedazos, apagones masivos que en Nochevieja de 2024 dejaron a oscuras a millones, una deuda de más de nueve mil millones de dólares en la Autoridad de Energía Eléctrica, y una tasa de pobreza que supera el 40%.

Lo más revelador no es el desastre, sino la respuesta de Washington ante la posibilidad de una solución. La administración Trump, en enero de 2026, canceló proyectos solares por valor de millones de dólares que habrían beneficiado a 30 mil familias de bajos ingresos. La excusa que presentaron es que, según ellos, la energía solar «amenazaba la estabilidad» de un sistema que, sin ella, colapsa. Vaya, mejor que los pobres sigan dependiendo de una red corrupta e ineficiente a que tengan autonomía energética. Mejor la dependencia que la soberanía.

Puerto Rico no es socialista. Puerto Rico es capitalismo puro y duro, con bandera estadounidense y gobernadores que juran lealtad al imperio. Y, sin embargo, sus niños pasan hambre, sus ancianos se quedan sin electricidad para los respiradores, sus jóvenes emigran en masa. No por culpa del socialismo, sino a pesar de no tenerlo.

Y entonces llegamos a la pregunta de ¿por qué, si el modelo es tan exitoso, necesitan destruir a quienes proponen una alternativa?

La respuesta, no por repetida es menos cierta. El capitalismo necesita demonizar al socialismo porque el socialismo, con su mera existencia, plantea muchas preguntas. ¿Y si se puede organizar la sociedad de otra manera? ¿Y si la salud no fuera una mercancía? ¿Y si la educación no fuera un negocio? ¿Y si la energía fuera un derecho y no un campo de batalla para especuladores?

Por eso Cuba no es solo un país pequeño y bloqueado. Cuba es una piedra en el zapato del imperio. Es la prueba viviente de que se puede resistir; de que se puede tener una tasa de mortalidad infantil más baja que la de Washington a pesar de no tener acceso a medicinas; de que podemos formar médicos que luego salvan vidas en todo el mundo a pesar de que nos bloquean hasta las jeringuillas.

Por eso el ensañamiento. Por eso las miles de medidas —las documentadas y las que vendrán—. Por eso la orden ejecutiva de Trump del 29 de enero, que amenaza con aranceles a quien ose venderle petróleo a nuestra isla. No se trata de un conflicto comercial. Se trata de eliminar un modelo que, por el solo hecho de existir, deslegitima al dominante.

Y aquí viene la parte más retorcida, ya que después de asfixiar durante décadas a un país, de impedirle acceder a tecnología, repuestos, combustible, medicinas, créditos, inversiones, después de todo eso, señalan sus carencias como «prueba del fracaso del socialismo».

Miren alrededor. El panorama global que ofrece el capitalismo triunfante es que los de arriba cada vez más arriba, los de abajo cada vez más abajo. En Estados Unidos, casi el 60% del consumo corresponde al 20% más rico, mientras familias con ingresos de 90 mil a 120 mil dólares anuales —clase media, en teoría— necesitan acudir a bancos de alimentos para llegar a fin de mes.

Por eso la pregunta está mal planteada desde el origen. No se trata de que el socialismo, con cuatro países, no haya resuelto el hambre en el mundo. Se trata de que el capitalismo, con más de 190 países bajo su influencia, lleva un siglo sin resolverlo. Y no porque no pueda, sino porque no quiere. Porque el hambre es funcional. Porque la pobreza disciplina. Porque la dependencia asegura sumisión.

Los cubanos lo sabemos bien. Sabemos que cuando preguntan «¿por qué hay hambre si son socialistas?», la pregunta debería ser «¿por qué no hay más hambre a pesar del bloqueo?».

Sabemos que cuando señalan nuestras carencias, omiten que cada una de ellas tiene nombre y apellido. Se llaman Torricelli, Helms-Burton, lista de países patrocinadores del terrorismo, sanciones financieras, persecución a nuestros proveedores de petróleo.

Sabemos, sobre todo, que si el modelo cubano fuera tan fallido como dicen, no necesitarían medidas para destruirlo. Lo dejarían caer solo. Pero no lo dejan. Porque el temor no es que el socialismo cubano colapse. El temor es que demuestre, contra viento y marea, que la alternativa es posible. Que hay vida más allá del capitalismo. Que se puede tener dignidad sin tener dólares. Que se puede resistir sin rendirse.

Y mientras tanto, seguimos aquí. Con apagones, con colas, con escasez, pero con la convicción de que el problema no es nuestro modelo, sino el que nos imponen. Porque en este mundo gobernado por la lógica del capital, el verdadero estado fallido no es Cuba. Es un orden global que produce opulencia para tres mil personas y hambre para 675 millones.


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Sobre el autor: Gabriel Torres Rodríguez

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