La última bravuconada de Donald Trump de amenazar a ocho aliados de la OTAN con aranceles por no entregarle Groenlandia no es otra más de sus excentricidades. Es resultado de la crónica y sintomática decadencia del imperio que ya hemos analizado en muchas ocasiones en esta sección.
Un imperio que, acosado por sus propias contradicciones internas, recurre al viejo guion colonial de intentar una victoria pírrica en el mapa, mientras pierde el rumbo en la historia. Desde acá leemos y analizamos todo esto con una mezcla de ironía y previsión. Es el espectáculo del capitalismo tardío: agresivo hacia fuera, no por fortaleza, sino por desesperación interna.
Que Estados Unidos codicie Groenlandia no es novedad; es un déjà vu imperial. Ya en 1867, el mismo año que compró Alaska, políticos en Washington sopesaban la anexión de la isla. En 1940, durante la ocupación nazi de Dinamarca, asumieron su control de facto. En 1955, asesores presionaban a Eisenhower para que la comprara. La historia es clara y el interés es estructural, no caprichoso.
La justificación de hoy —»seguridad nacional»— es tan vieja como el mismo imperialismo. Pero bajo el hielo que se derrite —otro problema que Trump niega y que bien merece otro análisis A Contragolpe— yace el verdadero botín. Las mayores reservas conocidas de tierras raras del mundo, además de uranio, petróleo, gas, níquel y cobre. Son los minerales críticos para la industria del siglo XXI, desde los teléfonos móviles hasta los misiles.
Mientras, el gobierno autónomo groenlandés, por razones ecológicas, ha frenado esa explotación. La ironía es feroz. Washington, que tanto pregona la «libertad» y la «autodeterminación», amenaza con comprar —o tomar— un territorio para anular precisamente la voluntad soberana de su pueblo de proteger su medio ambiente.

Por otro lado, el mecanismo de coerción elegido por Trump muestra la verdadera naturaleza de la alianza atlántica. Impone un arancel del 10% a ocho naciones europeas —Dinamarca, Noruega, Suecia, Francia, Alemania, Reino Unido, Países Bajos y Finlandia—, con la amenaza de elevarlo al 25% en junio si no «negocian» la venta. La reacción europea ha sido un manual de realpolitik pusilánime. Hay declaraciones de «inaceptable» por parte del presidente francés Macron, y de que «socava las relaciones», según la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen. No obstante, hay cero acciones concretas que pongan en riesgo lo esencial: la protección militar estadounidense.
Dinamarca, el miembro de la OTAN directamente agredido y una de las naciones más pro-yanquis de la Unión Europea anda sorprendida y anonadada ante la amenaza del supuesto aliado. Sus dirigentes acaban de anunciar que no asistirán al Foro de Davos, un gesto de protesta casi simbólico.

La OTAN, ese pacto de «defensa colectiva» cuyo artículo 5 es sagrado, se revela aquí en su esencia como un instrumento de subordinación. ¿Se imagina alguien que la Alianza activara el artículo 5 porque Estados Unidos agrede económicamente a Dinamarca para arrebatarle parte de su reino? La idea es tan absurda que revela el guion de un mal filme de ficción. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, lo ha dicho con resignación: «Lamentablemente, temo que haya que tomarse en serio al presidente». Es la declaración de un vasallo, no de un aliado.
Mientras Trump fuerza esta crisis absurda con sus socios más cercanos, en Moscú y Pekín no pueden creer su suerte. La principal diplomática de la Unión Europea, Kaja Kallas, lo admitió con crudeza: «China y Rusia deben estar de fiesta». Y con razón. El mandatario norteamericano está logrando lo que años de diplomacia rusa o china no consiguieron: fracturar profundamente la cohesión occidental.
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Cada amenaza en Truth Social es un regalo para la narrativa de Beijing y Moscú, que durante años han argumentado que Estados Unidos es un socio impredecible y abusivo. Mientras, Canadá, el vecino del norte, ya está virando pragmáticamente hacia China, buscando diversificar su comercio ante la hostilidad de Washington. Es un movimiento pequeño, pero sintomático. El mundo busca alternativas al capricho unipolar.
Para entender esta pantomima groenlandesa, además, hay que mirar dentro de Estados Unidos. Trump llega a este segundo mandato con una popularidad por debajo del 30%, un Congreso que puede perder en las próximas midterm y una Corte Suprema que podría anular su herramienta clave de los aranceles de emergencia.

La sociedad norteamericana es un polvorín de tensiones raciales, económicas y culturales. La fórmula histórica del imperialismo para unir a una población dividida es sencilla: fabricar un enemigo externo. Si no hay un enemigo creíble, se inventa una crisis. Venezuela, Irán, los cárteles de la droga mexicanos o Groenlandia son el «enemigo externo» perfecto para la administración norteamericana. En este sentido, la isla más grande del mundo es un territorio lejano, rico, y que se puede pintar como «vulnerable» a Rusia o China.
La operación es de manual: crear una amenaza —la isla en las manos «débiles» de Dinamarca—, ofrecer una solución salvadora —el control estadounidense— y presentarse como el garante de la «paz mundial», como literalmente ha escrito Trump. Es pura distracción. Mientras los medios debaten sobre aranceles y mapas coloreados con la bandera de EE.UU., se desvían las miradas de las redadas y asesinatos del ICE, de la inflación, de la crisis social, de la pérdida de hegemonía monetaria.
Por otro lado, en medio de este ajedrez de grandes potencias hay un actor con voz propia y del que poco se habla: el pueblo groenlandés. Sus manifestaciones han sido elocuentes. En la ciudad de Nuuk, capital de una isla de 56 000 habitantes, se reunieron unas 5 000 personas con carteles que decían «Yankee, vete a casa» y «Groenlandia ya es grande». Una manifestante lo resumió: «No estamos en venta».
Políticamente, Groenlandia es una nación constituyente autónoma del Reino de Dinamarca. Su estatus de autogobierno, ampliado en 2009, le da control sobre sus vastos recursos minerales. Su soberanía bajo Dinamarca está reconocida internacionalmente, incluso por un fallo de la Corte Permanente de Justicia Internacional en 1933.
Trump y sus asesores, como Stephen Miller, preguntan con desprecio: ¿En virtud de qué derecho Dinamarca controla Groenlandia? La respuesta es el Derecho Internacional, algo que esta administración ha tratado como un estorbo y no solo en este caso. Los groenlandeses —mayoritariamente del pueblo inuit kalaallit— tienen claro que no cambiarán un estatus de autonomía bajo Dinamarca para ser un territorio colonial de Washington.
El show de Groenlandia es mucho más que la ocurrencia de un magnate volátil. Es la expresión de un imperio que, en su ocaso, recurre a los instintos más primitivos: la rapiña territorial y la coerción. Esto es el colonialismo del siglo XXI, disfrazado con tuits y aranceles, pero con la misma esencia de siempre.
Europa, dependiente y pusilánime, protesta débilmente porque su «seguridad» sigue atada al poder que ahora la chantajea. Rusia y China observan, beneficiándose de la autodestrucción de la credibilidad occidental. Y mientras, en la fría y vasta Groenlandia, un pequeño pueblo se planta y dice «no».
Desde Cuba, una población que conoce bien el peso del imperialismo y el valor de la resistencia, esta escena tiene un amargo sabor a historia repetida. La diferencia es que hoy el imperio está más dividido, más deslegitimado y, en su furia por demostrar fuerza, revela cada día más su profunda debilidad.
El hielo de Groenlandia podría terminar derritiéndose no solo por el cambio climático, sino por el calor de las ambiciones de un imperio que se apaga. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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