Nació en Matanzas el primero de octubre de 1966 y, desde entonces, la ciudad quedó adherida a su biografía como una segunda piel. “Soy de Matanzas, de la ciudad, y eso me marca en todo lo que hago”, suele repetir cuando le preguntan de dónde viene. En la calle Daoiz transcurrieron su niñez, su adolescencia y buena parte de su primera adultez, entre el ruido de una urbe que aún conservaba sus cines y la cercanía de un teatro de títeres que, con los años, todos aprenderían a llamar Papalote. Las bibliotecas escolares, los libros prestados y esos primeros contactos con la historia y la literatura fueron, sin que él lo supiera todavía, la semilla de una vocación que tardaría en asumir su nombre.
Luis Orlando Milián Zambrana no se describe como un estudiante ejemplar. Dice, más bien, que asumió el estudio como una obligación, un acto de disciplina impuesto por unos padres que se tomaban muy en serio la responsabilidad de educar a sus hijos. “No fui un estudiante modelo; estudiaba porque era mi deber y porque mis padres no me dejaban tomar el estudio a la ligera”, confiesa sin rodeos. Sin embargo, incluso en medio de esa rebeldía silenciosa, hubo materias que le abrieron una rendija de curiosidad, como las letras, la historia, la filosofía y el español: “Me atrapaban porque hablaban de la gente, de la vida, de las ideas”.
El Derecho se convirtió en la carrera soñada, en la promesa de una vida donde la palabra y el argumento fueran instrumentos de justicia. La entrevista de ingreso fue de las mejores de la provincia, el promedio acompañaba, pero el escalafón, los mecanismos de selección y una orientación vocacional insuficiente terminaron por cerrarle la puerta. “Siempre quise ser abogado; cuando me dijeron que no tenía la carrera, sentí que se me venía abajo el plan de vida”. Ante la negativa, eligió una ingeniería que lo lanzaba de lleno a un territorio ajeno: la Geofísica, con su andamiaje de matemáticas, física y química que nunca le habían apasionado. Llegó hasta tercer año, a fuerza de voluntad más que de deseo, hasta que el desencuentro entre lo que estudiaba y lo que quería ser se hizo insostenible.
El alejamiento de la universidad, los años de trabajo como obrero y el intento fallido de retomar Derecho por la vía de los cursos por encuentro dibujaron un período de búsqueda y frustración. Fue entonces cuando escuchó, en una conversación casual, el nombre de algo que cambiaría por completo su horizonte: la Orden 18. Aquella disposición de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) abría una ventana a quienes, tras cumplir con el Servicio Militar de forma destacada, aspiraban a regresar a las aulas universitarias. En esa grieta administrativa, él vio una salvación. “Dije: esta es la última oportunidad que tengo para enderezar mi camino y volver a estudiar en serio”, rememora.

Se presentó de manera voluntaria al comité de reclutamiento y terminó en una unidad de paracaidismo en Limonar, Matanzas, donde el rigor físico convivía con las conversaciones nocturnas entre soldados. Allí, un amigo de la vieja época deportiva le habló de las escuelas de cadetes, esos centros donde se forman los oficiales de las FAR. En un primer momento, Luis Orlando rechazó la idea: en su familia no había militares, su proyecto seguía girando alrededor de la toga y el estrado. Pero la visita de un grupo de oficiales docentes a la unidad, las charlas sobre estudios, oportunidades y carreras, empezaron a sembrar dudas y posibilidades. “Ese día fui solo a acompañar a un amigo a la entrevista, y terminé entrevistado también; por la noche no podía dejar de pensar en lo que me habían dicho”, cuenta.
La decisión no llegó de golpe. Se fue madurando en noches de guardia y en cartas compartidas con los padres, en la certeza de que ya no tenía 18 años y no podía seguir improvisando con su vida. Cuando por fin anunció que optaría por una escuela de cadetes, lo hizo después de conversar con su familia y con la mujer con la que pensaba formar un hogar. “No tomo decisiones importantes sin conversar con mi familia; les expliqué que no era solo irme de soldado, era apostar por una profesión”. El 28 de agosto de 1989 ingresó en la Escuela Interarmas Antonio Maceo, una institución que, más allá de los uniformes, lo enfrentaría a una nueva idea de educación.
Durante aquellos cuatro años de formación como instructor político, descubrió que la disciplina militar podía convivir con la sensibilidad artística. En las aulas y pasillos de la escuela, la táctica y la topografía compartían espacio con la apreciación del arte cubano, las visitas guiadas a museos, las funciones del Ballet Nacional, los recorridos por iglesias y monumentos habaneros. Participó en el movimiento de artistas aficionados, sobre todo en literatura, y se sumó a la sociedad científica de su facultad, que más tarde terminaría dirigiendo. “Fue en la escuela de cadetes donde por primera vez me vi a mí mismo como posible profesor; ahí me di cuenta de que disfrutaba explicar, investigar, compartir lo que aprendía”, afirma. Allí, rodeado de profesores que exigían y acompañaban, comenzó a imaginarse no solo como alumno, sino también como alguien capaz de pararse frente a un grupo y enseñar.
Graduado en 1993, desembarcó en su primera unidad como jefe de pelotón, sin más brújula que lo aprendido y la convicción de que debía estar a la altura. No tuvo tutores que le marcaran el camino: aprendió sobre la marcha, combinando el día de recorridos, inspecciones y conversaciones con soldados, con noches prolongadas de estudio, lecturas y preparación de clases. Entendió, entonces, que en una unidad militar hay tres figuras que no pueden permitirse la mediocridad: el jefe, el político y el oficial de contrainteligencia. De ellos depende, en buena medida, la seguridad, la cohesión y la ética del colectivo que conducen. “Un político mal preparado puede hacer mucho daño; uno bien preparado puede cambiar la historia de una unidad”, suele decirle a sus estudiantes.
Años después, ya como instructor político en un batallón de tanques en pleno Período Especial, esa convicción se traduciría en prácticas concretas. Aprendió a manejar presupuestos en medio de la escasez, a dirigir maniobras que lo acercaban al simulacro de la guerra, a conocer el interior de los tanques que conducían. No se conformó con hablar de sacrificio: se montó en las máquinas, soportó el calor del acero cerrado, compartió las mismas incomodidades que luego exigía afrontar a sus subordinados. Para él, el trabajo político no podía ser un discurso en abstracto; requería comprensión directa del esfuerzo que se pedía. “Si no sabes lo que se siente dentro de un tanque, no puedes pedirle a un soldado que dé el máximo allí dentro”, sentencia.
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En aquel batallón, compuesto por cientos de hombres y mujeres, se propuso aprender el nombre de cada uno. No por formalismo, sino porque estaba convencido de que no se dirige a números, sino a personas con historias, miedos, familias y expectativas diferentes. Visitó casas, conversó con padres, reconstruyó contextos que muchas veces explicaban conductas que en apariencia eran solo indisciplina. “Siempre digo que antes de sancionar hay que entender; detrás de un problema de conducta por lo general hay una historia”, comenta con la calma de quien ha escuchado muchas.
En esos años también descubrió el peso específico de las mujeres en la estructura militar. Compartió responsabilidades con jefas de pelotón, de compañía y de batería; además de dirigir hombres y medios complejos, regresaban a casas donde las esperaban hijos, tareas domésticas y otros deberes que la sociedad pocas veces reconoce en toda su dimensión. La meticulosidad con que preparaban cada actividad, la firmeza con que se imponían en entornos tradicionalmente masculinos, le confirmaron que la competencia profesional no entiende de género. “Trabajar con mujeres oficiales me enseñó que no hay tareas ‘de hombres’ o ‘de mujeres’, hay gente responsable y gente que no lo es”, resume.

Hubo momentos en que la vida lo puso frente a escenas que parecían sacadas de la carrera que nunca pudo estudiar. En un juicio público, el abogado defensor no se presentó y el proceso no admitía demoras. Le tocó asumir, de facto, la defensa de un soldado al que se le pedía un año de privación de libertad. No tenía toga ni título, pero sí experiencia suficiente para entender que, más allá del expediente, había responsabilidades compartidas, visitas familiares nunca hechas y problemas no atendidos a tiempo. La sanción se redujo, y con ella se afianzó su sensación de que la justicia exige mirar más hondo que el simple reglamento. “Ese día sentí que, de algún modo, estaba cumpliendo el sueño del joven que quiso estudiar Derecho”, admite.
Con el paso de los años, la ruta lo llevó fuera de los cuarteles y lo fue acercando a ese otro espacio donde también se libran batallas silenciosas: el aula. En 2014, cuando se incorporó a la Universidad de Matanzas, no llegó como un novato a la docencia, sino como alguien que llevaba años enseñando, solo que en contextos y con lenguajes distintos. Mantuvo la costumbre de estudiar de madrugada, de revisar contenidos, de llegar a clase con más preguntas que respuestas cerradas. Cambió el uniforme por la ropa civil, el pelotón por el grupo de estudiantes,; pero no renunció a la idea de que el ejemplo sigue siendo el argumento más sólido. “El estudiante, igual que el soldado, mira primero lo que haces y después lo que dices”, repite en cada curso.
Hoy, cuando habla de su trayectoria, Luis mira hacia atrás sin ocultar errores ni tropiezos. Reconoce la terquedad juvenil que lo llevó a cerrar puertas, la falta de orientación que lo empujó a carreras que no le correspondían, las noches de duda en la escuela de cadetes en las que pensó abandonar. Pero también reivindica el consejo de unos padres que le enseñaron que los compromisos se honran hasta el final, que la vida no admite ensayos interminables y que hay momentos en que es necesario elegir un camino y defenderlo con coherencia. “Si algo he aprendido —dice— es que uno no puede pasarse la vida probando sin decidir; en algún momento hay que asumir quién quieres ser”.
Entre el sueño frustrado de ser abogado y la consolidación de una vocación docente que tardó en reconocerse, su historia habla de segundas oportunidades y de la capacidad humana para reconstruirse. Tal vez por eso, cuando escucha a un joven debatirse entre carreras, insiste en que la vocación no siempre aparece clara a los 17 años, también se construye con experiencias, fracasos y encuentros decisivos. Él es, en buena medida, el resultado de esa construcción paciente, hecha de disciplina, que ahora guía a otros ejerciendo la docencia en un aula. “Si mis estudiantes logran evitar algunos de los tropiezos que yo tuve, entonces todo este camino habrá valido la pena”, así concluye. (Por Haila Carrazana Horruitiner, estudiante de Periodismo/Fotos: De la autora y cortesía del entrevistado/Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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Tengo la fortuna de tenerlo como tío y va más allá de lo que la palabra enmarca. Es un hombre virtuoso, un ser humano corazón noble que hace de cada pequeño detalle un regalo de vida a quien le busque. Dedicación y amor son más palabras que describen todo lo que hace. Gracias a él mi interés hacia la lectura siempre está en vilo y hablar cultura es un deleite. En fin como dije al principio una fortuna tenerlo en nuestras vidas. Gracias a Haila Carranza por concederle un espacio con esta entrevista.
Orly es ejemplo como profesor, como padre, hermano y un estoico hijo.
Tenerlo cerca es respirar seguridad, transparencia de carácter y escuchar una reflexión certera de temas actuales.