«El error de Washington y Miami»
Desde el jueves pasado, en que el presidente norteamericano Donald Trump, firmase la orden ejecutiva que declara a Cuba como una «amenaza inusual y extraordinaria» para la seguridad de Estados Unidos y dispone un sistema arancelario contra todo país que suministre petróleo a la isla, nuestra oposición de derechas —esa cuya capital anida en Miami sobre la base de un exilio formado, originalmente, por criminales de una dictadura en fuga— no ha tardado —junto a los mismos senadores y congresistas de siempre— en salir a celebrar la inminente caída del Gobierno cubano.
Trump, ese tirano al que nuestra derecha ha encumbrado como mesías de la libertad, tiene junto a su gobierno la posibilidad de asfixiar aún más a nuestro pueblo. No ya como otros han hecho antes, con sanciones que dejan espacio suficiente para cuestionar su existencia, sino con un bloqueo total sobre un producto clave para el desarrollo y la supervivencia económica de un país cuyo suelo carezca de él.
A la Casa Blanca, como a nuestra derecha opositora, poco le importan la vida de los millones de seres humanos que, en esta isla, pagaremos las consecuencias de su enfermiza porfía. Washington persigue derrocar al proceso político que arrebató en 1959 su posesión más preciada en América. La derecha, retornar al pasado utópico y romantizado que solo en su imaginario puede existir, y al poder que la Revolución les terminó quitando. Para ello, el sacrificio de millones no pasa de un daño colateral, de un efecto necesario e inevitable.

Pero, antes de celebrar y elucubrar sueños de erigir casinos y McDonald’s en La Habana, debería entender que, por más altisonante que pueda ser su discurso a oídos de un pueblo desgastado por las carencias materiales, por más atrayentes que puedan resultar sus promesas de futuro entre las múltiples víctimas que se ha cobrado la desesperanza, algo cala más que sus consignas huecas.
Lo que nunca han entendido ni en Miami ni en Washington, es que la Revolución cubana nunca fue un proceso originado por una suerte de iniciativa individual o grupal, sino la consecuencia de una realidad histórica y el resultado de múltiples sueños abortados. Ni la soberanía ni el socialismo, ni el nacionalismo o el antimperialismo, nacieron en el 59. El peso de estas ideas en el imaginario nacional y la cultura política de este pueblo no es fruto, como osan creer, de una histórica política de adoctrinamiento. El sustrato de su hegemonía reside en nuestra Historia, en nuestras luchas. En la sangre derramada en el 68, el 95, el 30, los 50 o los 60. No han comprendido que su hostilidad, su aversión al derecho de existencia de esta nación, ha servido de maná a estas.
La crisis económica, los cortes eléctricos, la escasez de bienes de consumo y el deterioro de los servicios públicos nos pueden lanzar mañana a protestar contra el gobierno, a desentendernos de su retórica, o a exigir, incluso, su renuncia. Sin embargo, ello nunca entrañará que, frente a las nuevas amenazas que se ciernen desde el norte, frente a la reactivación del desprecio más explícito contra el derecho a ser de esta nación, el grueso del pueblo desconozca el camino de la resistencia que ha abrazado a lo largo de su centenaria historia.

Si comprendieran esto, no estarían intentando explicarse aún el porqué de la supervivencia de un proyecto frente a más de un centenar de ataques terroristas, agresiones económicas y aislamientos de todo tipo, como tampoco aludieran a un daño antropológico el hecho de que, aun entre el dantesco panorama, la gente se movilice bajo la lluvia y el frío, para despedir a treinta y dos compatriotas asesinados por las tropas estadounidenses en Venezuela. Si entendieran qué ha movido, ante todo y pese a todo, a este pueblo, no cometerían este nuevo error de cálculo.
