Plegaria a los algoritmos por un casi desconocido
Murió una amiga poeta en La Habana. La ciudad no se enteró. Siguió su lento paso decadente. No fue una partida mediática. En algunos lugares pusieron parte de su biografía y bibliografía. Por lo menos tuvieron la gentileza de no usar eufemismos. No se hizo referencia a una «penosa enfermedad», como si fuera una errata en el plan de Dios. La gente prefirió hablar de luz y no de células que se multiplican sin parar.
La he llamado amiga, pero realmente no creo que tenga la potestad de nombrarla así. Ella me comentó par de crónicas. Aún en Messenger están unas palabras suyas sobre un texto que escribí acerca del día de los estudiantes. Ella poeta y maestra no me habló de sí misma, de los desafíos que trae consigo dar clases en una Isla verde pizarra y, con suerte, blanca tiza, sino de sus alumnos, de situaciones que la repletaban de impotencia: del dinero que debían gastar en transporte, de la merienda canija, de la sangría de las familias.
Yo sabía que estaba enferma. Seguí los relatos que posteaba, el diario de una doliente en el fin del mundo. Sin embargo, no encontré rabia en ellos, ni resignación ni odio. Envidié su entereza. Convirtió el dolor en orquídeas y en Storni. No hubo súplica, hubo metáfora. No hubo rezo, hubo verso. No hubo desgarro, hubo uñas que se clavan en la piel para no soltar el amor.
Luego, en una crónica de domingo, como esta, sobre las diferentes formas en que las personas vivían los cumpleaños, me comentó que ella no solía celebrar el suyo; pero este sí, porque sería el primero de su sobrevida. Meses después, me entero de que esa música de cangrejos, ese repiqueteo en el interior, nunca cesó del todo. Se marchó a principios de este 2026.
El feed de Facebook se me convirtió en una antología poética. Decenas de amigos compartieron poemas para ella. Neruda y los crisantemos. Logró lo que quería: transformar el vacío en belleza y en discurso.
Nunca la conocí en persona. No tropezamos en una esquina. No alzó su mano para saludarme cuando entré en un café donde ella compartía con amistades. Nunca coincidimos en una parada y nos quejamos del calor, los ómnibus y los nubarrones en el horizonte. Todo lo que sé de ella viene de las redes, de interactuar con sus publicaciones, de ella interactuar con las mías; pero igual su partida dolió, aquí en el jardín, en el pecho, en el traspatio.
Ahora el algoritmo no deja de sacarme post suyos. Cuando escroleo y me encuentro alguno de ellos, recuerdo la poca levedad de la muerte. Quiero creer que en esta historia aún falta el climax. Y este llegará con la hermosa resurrección de un lirio. Después me doy cuenta de que me miento, y me vuelvo a colocar al principio del duelo.
Hace poco ocurrió otra vez. Ese señor que me comentó par de reportajes murió en un accidente. Fue imprevisto. Aquí no hubo diarios. Esto no fue cangrejo, sino golondrina. Me recordó, como dice mi madre, que aquí estamos prestados. Regresó al sitio a donde todo regresamos: un bolsillo, un lobby, un prado. También en mis chats guardo una conversación mínima con él, tan pequeña que se puede decir que nunca existió.
En más de una ocasión me aparecieron videos suyos corriendo mientras grababa una directa. Hablaba de todo un poco: política, no dejarse caer por la vejez, la familia, el país. Parecía vital. Quería mantenerse vital. Lo admiraba por eso. Los girasoles y Hemingway. No pienso que a dicha edad yo tenga esa vitalidad.
Normalmente, cuando alguien parte -al habitar un país con demasiadas costas, creo que nosotros no morimos, partimos, como un barco que deshace amarras-, si es muy cercano a nosotros nos fracturamos, como si la realidad reventara una silla contra un espejo. Quedan solo fragmentos de uno mismo. Somos nosotros, pero dispersos. Nos arrebatan la coherencia. Martí y la mariposa.
No obstante, cuando es alguien lejano, nos conmovemos, porque la máxima empatía se alcanza cuando comprendemos que todos vamos hacia el mismo lugar. Bajamos la cabeza ante las campanadas de John Donne, ese que escribió que ninguna muerte es siempre un poco nuestra, nunca ajena del todo; pero seguimos con nuestra rutina, con nuestra vida. No queda otro remedio.
Sin embargo, qué sucede cuando esta ocurre en un punto medio entre el olvidado y el amante, entre el John Doe y el amigo, entre el hermano y el hermano de alguien que no es nuestro hermano.
