Que el dolor no nos sea indiferente
¿Cómo se fotografía el dolor? ¿Cómo se sostiene la cámara ante ese grito que brota del alma y estalla en llanto, en miradas perdidas, en desesperación? No es un acto técnico ni frío. Como fotorreportera, es un acto de profundo respeto y testimonio: hacer visible lo invisible, convertir el sufrimiento más íntimo en un grito colectivo.
Orlando Osoria López es una de las víctimas cubanas de la operación impulsada y fríamente monitoreada por Donald Trump para capturar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro Moros. Detrás de las estrategias geopolíticas, quedó el vacío en su hogar. Un dolor que, a través de mi lente, vi multiplicarse en los rostros de sus familiares, y que se repite en los hogares de al menos otros 31 compatriotas fallecidos.

Estas imágenes no buscan ser solo un registro. Son un testimonio. Cada rostro enfocado, cada gesto de consuelo capturado, cada abrazo al osario me hacía cuestionar sobre el precio humano de las guerras, de las bombas que algunos desean. Mis ojos se pudieron humedecer, mis manos y mi cuerpo se mantuvieron en pie a pesar del dolor.
Este dolor, sin embargo, resuena con una pregunta más amplia que me persigue desde que apreté el obturador: ¿qué sucedería con el dolor de millones de familias cubanas, si la agresión directa tocara nuestro suelo? El dolor que vivimos hoy en el pueblo de Jagüey Grande, como en toda Cuba, se multiplicaría en cada esquina, en cada rostro conocido, haciendo del luto una experiencia nacional irremediable.

En medio de esta tormenta de sentimientos, mientras revisaba las fotos, los versos de una canción venían a mi mente como un mantra necesario, una plegaria para no acostumbrarme al horror:
“Solo le pido a Dios,que el dolor no me sea indiferente. Que la reseca muerte no me encuentrevacía y sola, sin haber hecho lo suficiente”.
Para mí, este trabajo es un intento de no ser indiferente. Es lo que puedo hacer: mostrar, nombrar, recordar. Orlando Osoria López era el abuelo, el padre, el hijo, el esposo, el hermano, el amigo que ya no está. Y el dolor de los suyos, que ahora comparto con ustedes, es mi manera de gritar que las guerras nunca deberían olvidar el rostro de sus consecuencias.

(Por Izet Morales Rodríguez)
