Nuevas alianzas y enemigos entre las monarquías del Golfo

Nuevas alianzas y nuevos enemigos entre las monarquías del Golfo

El panorama geopolítico del inicio de 2026 ha dejado al descubierto lo que muchos analistas intentaron maquillar tras la firma de los Acuerdos de Abraham en 2020. En el tablero de ajedrez del Medio Oriente la lealtad religiosa y la hermandad árabe son monedas de cambio que se devalúan frente a la ambición de poder y el control de las rutas comerciales.

El 10 de diciembre de 2025 marcó un punto de inflexión que la historia oficial de las monarquías del Golfo intentará minimizar, pero que para el observador riguroso representa el entierro definitivo del panarabismo en favor de un pragmatismo descarnado.

Este giro ha terminado por aislar a Abu Dabi de su entorno natural, empujándolo a una dependencia tecnológica y militar con Tel Aviv que redefine las fronteras de lo posible y lo aceptable en la región, una transformación que se manifiesta con crudeza en los frentes de batalla donde la influencia emiratí comienza a desmoronarse.

La historia de las naciones suele escribirse con la tinta de los tratados públicos, pero se decide en la sangre de los conflictos periféricos, y es precisamente en esa periferia donde la desconexión entre los Emiratos Árabes Unidos (EAU) y sus vecinos se ha vuelto insalvable.

Lo ocurrido en el puerto de Mukalla, en Yemen, a finales de diciembre de 2025, no fue un error operativo. Más bien fue el testimonio de esta nueva era de hostilidad fratricida. El bombardeo saudí sobre activos emiratíes destinados al Consejo de Transición del Sur (CTS) representó el mensaje definitivo de Riad sobre el quebrantamiento de la coalición que alguna vez pretendió estabilizar el país.

Los emiratíes, lejos de buscar una solución negociada bajo el paraguas árabe, desenterraron durante años una estrategia de fragmentación territorial. Lo que no se dice en los comunicados oficiales es que este plan implicaba el uso de empresas de seguridad privada y contratistas extranjeros para entrenar milicias que, aunque yemeníes en nombre, respondían a una cadena de mando directa desde Abu Dabi.

Esta ambición de control territorial en Yemen nunca fue un fin en sí mismo, sino el componente geográfico de una visión más amplia que Abu Dabi comparte con su nuevo y más polémico socio: Israel.

Para los Emiratos, la soberanía yemení siempre fue un obstáculo para su objetivo real: la creación de un protectorado marítimo que asegurara su hegemonía desde el Golfo de Adén hasta el Cuerno de África. Esta meta requería el control de los «puntos de estrangulamiento» del comercio global, como el estrecho de Bab el-Mandeb, y es aquí donde la alianza con Tel Aviv adquiere su dimensión más oscura.

La reciente decisión de ambos países de reconocer la independencia de Somalilandia es una jugada que desafía el consenso internacional y pone en jaque a potencias tradicionales como Egipto y Arabia Saudí, estableciendo un precedente donde la división de los Estados es el precio a pagar por la seguridad de unos pocos.

Detrás de este reconocimiento diplomático se esconde una infraestructura de vigilancia que une los intereses de supervivencia de la monarquía emiratí con la capacidad de penetración de la inteligencia israelí.

Al otorgar legitimidad a un Estado no reconocido en el Cuerno de África, Abu Dabi y Tel Aviv han facilitado la instalación de estaciones de escucha y bases de drones conjuntas que permiten vigilar no solo a los proxys de otras potencias locales como el caso de Irán con los hutíes de Yemen, sino también las comunicaciones de sus antiguos aliados árabes.

Para el resto del mundo islámico, este movimiento ha sido la confirmación de una sospecha: los Emiratos han dejado de ser un «hermano» para convertirse en un puesto de avanzada de intereses ajenos, proporcionando a Israel una «puerta trasera» estratégica hacia el Océano Índico.

Esta «israelización» de la política exterior emiratí ha generado un desbalance que ha dejado a Abu Dabi en una posición difícil desde la que prefieren defender los intereses de Occidente antes que salvaguardar la seguridad de la región.

La respuesta saudí a esta traición ha sido la consolidación de un eje alternativo que combina la profundidad estratégica de la península con la capacidad industrial militar de Turquía. Mientras los EAU apuestan por el software de espionaje, y la defensa aérea israelí, Riad ha operado un giro diplomático hacia Ankara para reafirmar su liderazgo en el mundo suní.

El repliegue de la isla de Socotra es, quizás, el símbolo más potente del naufragio de la doctrina de expansión emiratí. Lo que durante años fue operado de facto como una provincia de ultramar, llegando al extremo de emitir documentos de identidad locales y controlar el acceso de forma arbitraria, tuvo que ser abandonado ante la realidad física de que no se puede sostener un imperio marítimo cuando se ha perdido el favor de la potencia terrestre vecina. Ver a los activos militares abandonar el archipiélago fue la humillación final para una potencia que se creía capaz de comprar geografía con petrodólares.

Este fracaso en el mar se refleja simultáneamente en tierra firme, específicamente en Sudán, donde el apoyo ciego de los Emiratos a las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) de «Hemedti» se ha convertido en un lastre geopolítico insostenible.

Las atrocidades cometidas por las RSF, financiadas directamente a través de redes de comercio de oro controladas por Abu Dabi, han forzado un repliegue diplomático ante el avance del ejército regular sudanés, ahora respaldado por un bloque árabe tradicional que ya no tolera las interferencias emiratíes.

Esta estrategia de controlar mediante el caos se ha vuelto en contra de sus arquitectos, demostrando que los algoritmos de inteligencia artificial y los mercenarios no pueden sustituir la legitimidad política y el respaldo de una coalición regional sólida.

La disolución del Consejo de Transición del Sur en Yemen el pasado 9 de enero es la pieza final de este dominó: sin la protección política de la gran coalición árabe, los proxies emiratíes se marchitan, dejando a Abu Dabi con una red de aliados en ruinas y una dependencia cada vez más peligrosa de la seguridad israelí.

La pregunta que se están realizando los expertos en geopolítica para el resto de la década es si Abu Dabi podrá sobrevivir a su propia ambición o si el eje EAU-Israel terminará por ser el catalizador de una nueva arquitectura regional donde los Emiratos sean el actor principal ante la aparición de un nuevo bloque árabe. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)


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