Crónica de Domingo: Aquello que creíamos cuando niños

“Cuando niño siempre creí, a causa de las películas viejas, que en la antigüedad en realidad el mundo era en blanco y negro”, me escribe L.A.

Unos minutos antes, en un estado de WhatsApp había contado que yo, cuando pequeño, pensaba que la palabra aguacero estaba mal dicha, porque al final, si lo pensabas bien, significaba lo contrario: agua cero, cero agua, y al final un aguacero en sí lo que trae es eso, montones de agua, e incluso llegué a reflexionar que deberían cambiarla por aguamucha y entonces sí tendría sentido.   

Siempre me ha parecido curiosa la manera en que los infantes comprenden los engranajes que mueven las fábricas de la realidad, esas explicaciones o creencias que cuando adultos nos resultan simpáticas por ingenuas, pero que en ese momento nos parecían leyes del universo.  Por ello, decidí lanzar un reto en las redes sociales para preguntarles a los usuarios aquello que creían cuando niños y que al crecer se percataron que no era así. 

Varios compartieron sus historias conmigo. Les agradezco a quienes se atrevieron, porque siempre he pensado –no como los aguamuchas a los que debí renunciar cuando estudié gramática–  que, entre todo aquello que puede regalarte una persona, una historia es de lo más valioso. No tiene etiqueta de precio, no dice made in china, ni debes pagar al pasarla por las aduanas y te acompaña hasta que te lo permita la memoria. Esta la considero una crónica colectiva; yo solo coloqué las anécdotas en un solo sitio.

A veces los niños pecan por literal, como me sucedió a mí con los aguaceros, y se toman muy en serio la semántica de los vocablos e, incluso, si nadie se los advierte a tiempo, inventan historias fantásticas alrededor de las palabras. 

“Pensaba que el helado de mantecado se hacía de manteca”, me cuenta E.

“Solo al llegar al pre aprendí con una amiga que se decía miel de purgas y no mierda de pulgas como pensaba. Antes me preguntaba cómo lograban que las pulgas cagaran tanto como para llenar un tanque, realmente no parecía un negocio muy rentable”, narra T.

L me confiesa que siempre se preguntó cómo sería comerse un cold-dog en vez de un hot-dog.

Como mismo sucede con las palabras, puede ocurrir con las frases del habla popular. 

“Cuando escuché por primera vez que la comida estaba que revivía un muerto, creí que era verdad”, comparte L.

“Yo pensaba que cuando mi papá tenía una tiñosa, el pájaro se pasaba el día con él en la consulta y si estuvo la noche clavao en la guardia, pues era eso literalmente”, dice E.S. 

En otras ocasiones inventan explicaciones fantásticas  para taponear los huecos del razonamiento o para escapar de verdades tan fuertes que pueden desbalancear su hermosa percepción del mundo. 

“Yo no entendía que una persona pudiera crecer, porque entonces no sería la misma persona. Pensaba que yo con 15 años sería otra y me sustituirían en la casa y luego sucedería otra vez a los 20 y así toda la vida. Me sentía triste, porque algún día otras estarían con mis padres y yo no”, comenta M.

“Creía que las cucarachas eran inmortales, porque me habían dicho que si se extinguiera la vida en la tierra solo quedarían ellas”, confiesa E.

También hay mentiras blancas, piadosas o conductuales que nos cuentan los padres y que se pegan a la imaginación como una lapa. 

“Mi mamá me dijo de chiquito que comer mucha sal te convertía en agua la sangre y tardé más tiempo de lo que crees en descubrir que era mentira”, escribe B. 

Cuando nos hacemos mayor, tristemente, abandonamos los reinos de la imaginación y comprendemos que las comidas no reviven a los muertos y que, por desgracia, las “tiñosas” no son aves que se quedan quietecitas en un buró; pero nos quedan las historias, las reminiscencias de la magia, y ellas, como las cucarachas, son inmortales.   

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