Amaya y Osmany y una aventura a prueba de kilómetros

Amaya y Osmany y una aventura a prueba de kilómetros
Amaya y Osmany

La mística de la Ciénaga de Zapata se pega al cuerpo como un recuerdo indeleble a mitad de abril. La caravana de bicicletas, como columna multicolor de aluminio, luces y acero, atraviesa el pantano bajo el recuerdo de la metralla, la muerte y el heroísmo que aún retumba por estos sitios.

Entre los pedalistas destaca una silueta mínima, un alma intranquila e infantil en un mar de banderas, uniformes deportivos y rostros curtidos por el sol del sur de Matanzas.

Se trata de Amaya González Palmero, quien acompaña a su papá Osmany González Porto. Él, con la mirada serena, habituado a estos menesteres del sol y el pedal, parece inmune también a los berrinches infantiles. Ella, con apenas siete años recién estrenados —y una enorme capacidad de asombro— no se deja amilanar por la dureza de los kilómetros de asfalto recorridos.

Al abordarlos, el cuadro de la bicicleta de Osmany es sinónimo de una gran batalla: un rayo menos en la llanta delantera. «Tremenda candela», me suelta a modo de saludo, mientras Amaya juega a balancearse en la parrilla trasera que, según confesaría su papá después, estrenó en esta travesía.

—¿Salieron ayer mismo desde La Habana? —pregunto, intentando que la niña no se distraiga con el bullicio de la tropa que llega.

Osmany seca el sudor de su frente y responde, con la seguridad de un experto navegante de carreteras: «Salimos el viernes sobre las siete de la mañana. Hicimos recorrido directo de varios kilómetros, aunque esperamos a que llegaran los más retrasados. Aquí tenemos una vanguardia y una retaguardia. Hacemos merienda en el camino y nos quedamos en un campamento. Ya el sábado por la mañana, a las 6:00 a.m., arrancamos para acá».

La respuesta es de un ciclista veterano, que acumuló su experiencia en múltiples recorridos como miembro del Movimiento Cubano de Excursionismo. Pero la verdadera rareza es la presencia diminuta de Amaya. No es común ver a una niña que apenas levanta poco más de un metro del suelo compartiendo el rigor de una marcha histórica hacia Girón.

—¿Por qué decidiste traer a la niña, Osmany?

El padre mira a la pequeña con una mezcla de complicidad y resignación divertida que solo entienden los padres solteros. «La niña está conmigo solamente y me toca llevármela para todos lados», explica sin dramatismo. «Para ella es una experiencia bonita. Ella nunca había venido aquí a la Ciénaga de esta manera. Vino una vez, pero fue un recorrido más corto. Venir con ella dos o tres días para acá es una locura».

La palabra «locura» flota en el aire húmedo de la ciénaga, y él mismo la confirma con una sonrisa amplia: «Todo el mundo me dice que estoy loco, que si la niña no sé qué…».

Pero la pequeña Amaya, ajena a las etiquetas de cordura o demencia que los adultos le cuelgan a su padre, ha hecho de la bicicleta su pequeño universo rodante. Osmany, con un gesto casi coreográfico, señala las distintas partes del cuadro de su vieja chivichana: «Entonces ella va por una parte aquí atrás, y otra parte aquí adelante. Cuando se pone a conversar… y después, como tú la viste, brinca para atrás y así».

No todo fue pedalear mirando el horizonte, ya que el cansancio infantil hizo acto de presencia. «Estuvo un tramo también en el camión, porque hay que almorzar y otra ocasión pudo quedarse dormida», relata el padre, con mucha preocupación no exenta de orgullo. «Y entonces hoy, en el kilómetro 30, también la subimos para el camión. Después, cuando caminamos otro tramo, volvió a subirse ahí. Son rigores físicos que ella aún no resiste».

En esta historia hay también un detalle mecánico que le añade otras dosis de épica a esta hazaña familiar. Mientras Amaya dormía a tramos en el vehículo de apoyo o se agarraba al sillín improvisado, Osmany peleaba con una máquina renga. «A todas estas, tengo la llanta delantera dañada y me falta un rayo. Tremenda candela», repite, como si el percance mecánico fuera solo otro condimento a la experiencia.

Inevitablemente preguntamos si Amaya ha sido criada sobre dos ruedas y Osmany añade más peculiaridad al asunto: «No, ella nunca se había montado en la parrilla. Es la primera vez que ella se monta en una parrilla».

Osmany, cargando a Amaya en brazos, listo para la foto del grupo junto al monolito que recuerda a los caídos en Playa Girón, nos guiña el ojo y sonríe a nuestra cámara sin dejar de cuidar con la vista su coja bicicleta.

En esta bicicletada juvenil del 65 aniversario, donde se honra la memoria de los héroes y mártires que derrotaron al imperialismo en menos de 72 horas, la historia de Osmany y Amaya nos descubre una metáfora perfecta de nuestra resistencia.

Su aventura es una mezcla de locura sublime, relevo generacional y muestra de la capacidad infinita de los cubanos para llegar al destino pedaleando, aunque la llanta esté dañada y el sueño apriete en el kilómetro 65.

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Sobre el autor: Gabriel Torres Rodríguez

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