Corría el 24 de septiembre de 1960. El Comandante en Jefe Fidel Castro, recién llegado a Nueva York para la XV Asamblea General de la ONU, no encontraba hotel donde dormir. El gobierno de Estados Unidos había presionado a todos los establecimientos de Manhattan para que le negaran alojamiento a la delegación cubana.
Fue entonces cuando Malcolm X, el líder de la Nación del Islam, lo invitó a Harlem, al Hotel Theresa, propiedad de afroamericanos, donde la comunidad negra lo recibió como a un héroe. «En Harlem no somos adictos a toda la propaganda que publica el gobierno de Estados Unidos», dijo Malcolm X. «Mientras el tío Sam esté en tu contra, sabes que eres un buen hombre y que vas por buen camino».


Miles de afroamericanos se congregaron frente al hotel, las veinticuatro horas del día, para apoyar a Fidel, y por tanto, al pueblo cubano.
Aquella escena, que hoy parece sacada de otra era, resume mejor que ningún tratado lo que debería ser la ONU: un espacio donde las naciones soberanas, sin importar su tamaño ni su poderío militar, puedan reunirse, dialogar y desafiar a los poderes totalitarios e imperialistas. Sesenta y seis años después, esa promesa yace hecha trizas en el mismo edificio donde Fidel sentó cátedra con sus discursos.
Este 81º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que aún se celebra en este septiembre de 2026, ha sido el escenario donde la hipocresía ha alcanzado niveles que ni los guionistas más cínicos habrían imaginado. Por la tribuna que un día ocupara Fidel para denunciar el bloqueo y exigir justicia para el Sur Global, desfilaron esta vez dos criminales de guerra que hicieron gala de su impunidad sin el menor rubor.
Benjamín Netanyahu, con las manos manchadas de la sangre de más de 70 000 palestinos asesinados en Gaza, se atrevió a declarar que «acusar a Israel de genocidio es la mayor mentira del siglo» y que «el ejército de Israel es el más moral del mundo».

No contento con semejante obscenidad, el primer ministro israelí insultó a los representantes de los países que, en un gesto de dignidad, abandonaron la sala antes de escuchar su discurso: «Si hay algún otro cobarde moral que no haya abandonado esta sala, por favor hágalo ahora». El desprecio por la comunidad internacional no podía ser más explícito. Y, sin embargo, ahí estaba la ONU, otorgándole la tribuna, permitiéndole reírse en la cara de las víctimas y de sus familias.
Días antes, Donald Trump, el mismo que ha ordenado el secuestro de un presidente soberano, el mismo que ha lanzado una guerra de agresión contra Irán, el mismo que ha convertido el hambre en un instrumento de chantaje contra Cuba, subió al podio para amenazar con «aniquilar rápidamente a Irán, hundirlo en el infierno sin posibilidad de supervivencia ni esperanza para generaciones venideras».

Ni Hitler se atrevió a tanto. Y para que no quedaran dudas de sus intenciones, el magnate se jactó de que «con Venezuela, tenemos más del 60% del petróleo del mundo», añadiendo que «al vencedor de la guerra le pertenecen las riquezas del país perdedor». En otras palabras: declaró la Doctrina Monroe delante de todo el planeta, sin anestesia y sin vergüenza.
¿Cómo reaccionó la Asamblea? Con la mitad de los delegados abandonando la sala durante el discurso de Netanyahu. Fue un gesto simbólico, sin duda, pero insuficiente. Porque lo verdaderamente revelador no fue la estampida de quienes se fueron, sino la pasividad de quienes se quedaron.
Los mismos países que año tras año votan en la Asamblea General para exigir el fin del bloqueo contra Cuba —187 votos a favor, apenas dos en contra— fueron incapaces de levantarse y decirle a Netanyahu en su cara: «Usted es un genocida». Se fueron, sí, pero no lo confrontaron. Dejaron el escenario libre para que el criminal continuara su monólogo.
Y en cuanto a Trump, no hubo estampida. No hubo protesta. Hubo, en el mejor de los casos, un murmullo incómodo, alguna declaración posterior de «preocupación», algún comunicado de condena que se perdió en el mar de la burocracia diplomática. Porque nadie se atreve a desafiar al imperio cuando tiene la sartén por el mango. Y esa es, precisamente, la tragedia de la ONU, ya que no es un espacio de iguales, sino un espejo del mundo tal como es, con sus jerarquías, sus miedos y sus complicidades.
La Organización de las Naciones Unidas nació en 1945 con la promesa de «preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra». Pero esa promesa ha sido violada sistemáticamente por las mismas potencias que la redactaron. El Consejo de Seguridad, con sus cinco miembros permanentes y su derecho de veto, es el ejemplo más claro de cómo el orden internacional de posguerra sigue siendo un club de vencedores.
Estados Unidos ha vetado más de 80 resoluciones que condenaban a Israel. Rusia y China han vetado las que condenaban a sus aliados. Y el Sur Global —África, América Latina, Asia— sigue esperando que alguna de esas resoluciones se cumpla.
La ONU, tal como está diseñada, no puede responder a los intereses de los pueblos del Sur porque no fue creada para eso. Fue creada para gestionar el orden que las potencias occidentales impusieron tras la Segunda Guerra Mundial. Y en ese orden, los países del Sur son proveedores de materias primas, mercados cautivos y, cuando se rebelan, objetivos de intervención.
La propia Carta de las Naciones Unidas consagra la soberanía de los Estados, pero la práctica ha demostrado que esa soberanía es un privilegio de los poderosos. Cuba ha sido bloqueada durante 67 años. Venezuela ha sido invadida. Irak fue destruido con mentiras. Libia fue desmembrada. Y la ONU, la gran guardiana de la paz, ha sido incapaz de impedirlo.
Lo que queda es un espacio para el postureo moral y los discursos vacíos. Los mismos líderes que ordenan bombardeos se dan cita anual en Nueva York para pronunciar discursos sobre los derechos humanos, la democracia y la paz.
Netanyahu llama «cobardes morales» a quienes abandonan la sala mientras sus soldados secuestran a más de mil niños palestinos cada año en Cisjordania. Trump amenaza con «aniquilar» a un país mientras su gobierno bloquea el 65% de la ayuda humanitaria que entra a Gaza. Es un teatro absurdo donde los actores principales son los verdugos, y el público, las víctimas, no tiene derecho a réplica.
El contraste entre lo dicho y lo hecho es tan grotesco que roza lo surrealista. Mientras Netanyahu proclamaba que Israel es «el ejército más moral del mundo», sus fuerzas destruían más del 90% de los pozos y plantas desalinizadoras de Gaza, dejando a dos millones de personas sin acceso a agua potable.
Mientras Trump prometía «paz y prosperidad» para el hemisferio occidental, sus agentes secuestraban al presidente de Venezuela y asfixian hasta lo imposible el desarrollo del pueblo cubano. Mientras ambos hablaban de «seguridad» y «libertad», sus ejércitos mataban niños en Gaza y en el Sahel, entrenaban terroristas en Ucrania y financiaban golpes de Estado en África.
Y en medio de todo esto, la ONU, la misma ONU que en 1960 fue incapaz de conseguirle un hotel al Comandante en Jefe Fidel Castro, sigue funcionando como una máquina de producir resoluciones que nadie cumple. La Asamblea General vota una y otra vez contra el bloqueo a Cuba, y el bloqueo continúa. La Asamblea General condena la ocupación de Palestina, y la ocupación se expande. La Asamblea General exige el cese de las hostilidades, y las hostilidades se multiplican.
Es un ciclo de buenas intenciones sin consecuencias, un mecanismo diseñado para dar la ilusión de que el mundo se gobierna a sí mismo, cuando en realidad lo gobiernan las potencias que controlan el petróleo, las finanzas y las armas.
No se trata de demonizar la idea de una instancia supranacional. La humanidad necesita desesperadamente un espacio donde las diferencias se ventilen sin recurrir a la guerra, donde los pueblos puedan trazar estrategias comunes para superar siglos de subdesarrollo y dependencia, donde el multilateralismo sea una realidad y no una fachada. El problema no es la ONU como concepto, sino la ONU como estructura concreta, capturada por las mismas potencias que la crearon para gestionar su hegemonía.
Una ONU que responda a los intereses del Sur Global debería tener un Consejo de Seguridad sin derecho de veto, una Asamblea General con poder vinculante, una Corte Penal Internacional que juzgue a todos por igual —a Netanyahu, a Trump, a Ben Gvir, a los responsables del bloqueo contra Cuba— y un mecanismo de financiación que no dependa de las contribuciones voluntarias de los países ricos. Pero nada de eso ocurrirá mientras el orden mundial siga siendo unipolar o, en el mejor de los casos, multipolar con jerarquías.
Sesenta y seis años después de que Fidel fuera recibido en Harlem como un héroe de la liberación, la lección sigue vigente. La solidaridad entre los pueblos oprimidos es más fuerte que la propaganda del imperio. La ONU puede ser un espacio hostil, pero también puede ser un escenario para denunciar la injusticia, para visibilizar las luchas, para construir alianzas. Fidel lo hizo en 1960, y volvió a hacerlo cada vez que subió a esa tribuna.
Hoy, cuando los criminales de guerra ocupan el podio y los representantes del Sur Global abandonan la sala en silencio, la pregunta no es si la ONU sirve o no sirve. La pregunta es ¿qué hacemos nosotros, los pueblos, con ese espacio?
Porque mientras el imperio siga dictando las reglas, la ONU seguirá siendo un club de ricos donde los pobres tienen derecho a hablar, pero no a ser escuchados. Y mientras eso ocurra, la paz, la justicia y la dignidad seguirán siendo palabras vacías en el vocabulario de los poderosos.
