¿Por qué Washington necesita la guerra para justificar su existencia?

¿Por qué Washington necesita la guerra para justificar su existencia?

“Estamos lanzando ataques de autodefensa”. La frase, como un mantra vacío repetido los últimos días por los portavoces de la Casa Blanca, desde Washington, tiene mucho de cómica, pero también de trágica, por los cadáveres que deja a su paso.

Como ejemplo, esta semana, el Mando Central de Estados Unidos (Centcom) anunció nuevos bombardeos en Irán. La excusa, nada nuevo, la “autodefensa”. En medio de estos sucesos, surge una pregunta bastante sencilla que inevitablemente mueve este análisis, y que mágicamente ningún periodista estadounidense se atreve a hacer en rueda de prensa: ¿Cómo se defiende uno de un país que está al otro lado del planeta, que no ha atacado su territorio continental y que, en el caso de Irán, ha sido víctima de una guerra de agresión iniciada por el propio Washington?

La respuesta, en realidad, es más simple de lo que parece: Estados Unidos no está defendiendo su territorio. Estados Unidos está defendiendo su imperio. Y para que ese imperio tenga sentido necesita una estructura militar sin parangón en la historia de la humanidad.

En 2025, el presidente Donald Trump firmó una orden ejecutiva que renombró al Pentágono como “Departamento de Guerra”. Eso no es un capricho semántico, es simplemente una declaración de intenciones. El departamento que se hacía llamar “de Defensa” desde 1947 volvía a su nombre original, reconociendo abiertamente lo que el mundo sabe desde hace rato, y es que el Ejército de Estados Unidos no está diseñado para defender, sino para atacar.

El Pentágono está dividido en 11 comandos combatientes unificados, de los cuales seis son geográficos y cubren la totalidad del planeta. Centcom, para Oriente Medio y Asia Central; Africom para África; Indopacom para el Indo-Pacífico y la Antártida; Eucom para Europa; Southcom para América Latina y el Caribe; y Northcom para América del Norte. No existe otro país en la Tierra que haya dividido el globo en parcelas militares para ejercer control sobre cada rincón del planeta. Y eso no es casualidad, es diseño.

Como señala la periodista australiana Caitlin Johnstone, las fuerzas militares normales se emplean para defender el país real al que pertenecen, mientras que el ejército estadounidense se utiliza para dominar todo el planeta. Y añade que  “esto no es normal. Es una aberración singular sin precedentes históricos. El mundo no conocerá la paz hasta que el imperio estadounidense sea desmantelado”.

La propuesta del secretario de Guerra Pete Hegseth de fusionar estos comandos en una superestructura llamada “Comando Americano” e “Internacional” no cambia esta realidad. Solo demuestra que el imperio se reconfigura, pero no se disuelve.

La Carta de las Naciones Unidas es clara en su artículo 2(4) al expresar que queda prohibido el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado. Las únicas excepciones son la autodefensa, bajo el artículo 51, que requiere un ataque armado inminente, y la autorización expresa del Consejo de Seguridad. Ninguna de las dos se aplica a las guerras de Estados Unidos.

Cuando el secretario de Estado Marco Rubio justifica un bombardeo en Teherán, alegando que Irán “amenaza la seguridad nacional de Estados Unidos”, debería recordarse que Teherán está a más de once mil kilómetros de Washington. Cuando el Mando Central lanza misiles contra Yemen o Siria hablando de “autodefensa”, conviene preguntarse qué relación guarda esa “defensa” con el territorio continental estadounidense.

La respuesta, como apunta un análisis consultado de la Universidad de Míchigan, es que “el derecho internacional no permite que los Estados ejerzan sus poderes soberanos en el territorio de otro Estado sin su consentimiento. Esta regla clave es fundamental para el sistema internacional, para que cada Estado tenga el monopolio de la aplicación de la ley dentro de sus propias fronteras”. Washington, sin embargo, ha hecho de la violación sistemática de esa regla su principal seña de identidad.

Como denuncia un informe del TRT World Research Centre, Estados Unidos “se ha opuesto de manera flagrante a los principios fundamentales del derecho internacional consuetudinario, recurriendo a la fuerza sin ninguna pretensión creíble de legítima defensa”. Y desde nuestra opinión reforzamos que no es que lo haga de forma excepcional. Es su modus operandi.

El discurso oficial estadounidense siempre ha vestido la dominación con el ropaje de los valores universales. Se interviene “para defender la democracia”, “para proteger los derechos humanos”, “para acabar con los tiranos”. Pero basta un sencillo repaso a la historia de América Latina para entender que se trata de una farsa.

Desde el golpe de la CIA contra Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954 —por atreverse a reformar la tierra—, hasta la invasión de República Dominicana en 1965 para impedir el regreso del presidente constitucional Juan Bosch, pasando por el apoyo al golpe de Pinochet contra Salvador Allende en 1973 y la invasión de Panamá en 1989 para capturar a Manuel Noriega, el historial es el de un imperio que aplasta cualquier intento de emancipación en su supuesto patio trasero.

En el caso de nuestro país, la intervención es aún más flagrante. La base naval de Guantánamo, ocupada ilegalmente desde 1903, es un portaviones terrestre permanente en el corazón del Caribe. 

La Doctrina Monroe, aquella que defiende “América para los americanos”, no es una defensa de la soberanía continental, es la proclamación del derecho de Washington a intervenir en cualquier país del hemisferio occidental cuando sus intereses estén en juego. Hoy, es una realidad que esta doctrina se ha globalizado. Ya no es solo América, también África, Asia, Europa, Oceanía. El mundo entero es su zona de influencia.

En este contexto de dominación global, las órdenes ejecutivas contra Cuba no son una excepción. Son la regla. El 29 de enero de 2026, Trump firmó la Orden Ejecutiva 14380, “Abordando las amenazas a Estados Unidos por parte del gobierno de Cuba”, que declaraba una emergencia nacional y establecía aranceles a cualquier país que vendiera petróleo a nuestro país. Después, el 1 de mayo de 2026, una nueva orden expandió y endureció las sanciones. El objetivo, como reconoció el propio Trump en un discurso en Florida, es “tomar el control de Cuba casi inmediatamente”.

El Gobierno cubano ha denunciado en múltiples ocasiones que Washington construye “día tras día, sin excusa legítima alguna, un expediente fraudulento” para justificar la guerra económica y preparar el terreno para una intervención militar. No es teoría conspirativa, es la misma lógica aplicada en Venezuela, donde la administración Trump justificó la invasión alegando “autodefensa” contra un Gobierno que acusaba de narcoterrorismo, sin presentar pruebas. Es el mismo patrón de Irak en 2003, con las armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. 

La diferencia es que Cuba está a noventa millas de Florida, no a once mil kilómetros. La excusa de la “seguridad nacional” para asfixiar a nuestro país es aún más ridícula, ya que ninguna base militar cubana amenaza Estados Unidos, ningún misil cubano apunta a Miami, ningún avión cubano viola el espacio aéreo estadounidense. Sin embargo, el bloqueo más largo de la historia sigue vigente, renovado orden ejecutiva tras orden ejecutiva, como parte de una guerra que el mundo condena año tras año en la Asamblea General de la ONU.

Lo paradójico es que esta estructura militar se ha vuelto insostenible para ellos. “La hegemonía militar y económica estadounidense es prohibitivamente cara, porque Washington persiste en confundir la intervención extranjera con la defensa nacional”, señala un análisis de Responsible Statecraft. No obstante, mientras Estados Unidos se hunde en una deuda de más de 38 billones de dólares y la inflación erosiona el poder adquisitivo de los ciudadanos, el Pentágono recibe presupuestos récord. Las guerras se financian recortando vivienda, salud y educación.

Por otro lado, ni siquiera dentro de Estados Unidos el discurso hegemónico se sostiene. Una encuesta de CGTN reveló que el 93 % de los encuestados a nivel mundial condena la “hegemonía de estilo estadounidense” como una violación flagrante de la soberanía nacional, y el 91,7 % expresa una profunda preocupación por el resurgimiento del “terrorismo de Estado”. El mundo ha dejado de creer en las justificaciones morales del imperio.

Estados Unidos no tiene ningún derecho a ejercer de policía mundial. La Carta de la ONU no se lo otorga. El derecho internacional no se lo reconoce. La historia de sus intervenciones —plagada de golpes de Estado, invasiones, bombardeos y dictaduras apoyadas— demuestra que no es la democracia lo que defiende, sino sus intereses económicos y geopolíticos.

Las órdenes ejecutivas contra Cuba, la guerra de agresión contra Irán, la invasión de Venezuela, las bases militares en decenas de países: todo ello forma parte de una misma lógica de dominación que no conoce fronteras. El imperio necesita la guerra para justificar su existencia. Necesita el “enemigo externo” para cohesionar a una sociedad cada vez más fracturada. Necesita el gasto militar para alimentar al complejo industrial que lo sostiene.

Como sentencia Caitlin Johnstone: “Estas aberraciones no son normales. Son una anomalía sin precedentes históricos”. El mundo no conocerá la paz hasta que el imperio estadounidense sea desmantelado. No porque Estados Unidos sea malo por naturaleza, sino porque ha construido un sistema que confunde su seguridad con el control del planeta y que no sabe existir sin fabricar enemigos a los que bombardear en nombre de una “autodefensa” que nadie, fuera de sus fronteras, se cree ya.

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Sobre el autor: Gabriel Torres Rodríguez

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