El abrazo eterno entre el Titán y el Guerrillero Heroico

El abrazo eterno entre el Titán y el Guerrillero Heroico
El abrazo eterno entre el Titán y el Guerrillero Heroico

Hay coincidencias que no son simples caprichos del calendario; sobre todo si enlazan a hombres de tanta estirpe, de tanta entrega, de un amor desmedido hacia este pedazo de Isla que sentimos y llamamos Patria.

Al mayor general Antonio Maceo y Grajales y al Guerrillero Heroico, Ernesto Guevara de la Serna, los distanció un siglo, pero la historia los fundió en una misma vara de medir el valor, la independencia y la rebeldía.

Oriundo de Santiago de Cuba, el Titán de Bronce construyó su leyenda en el fragor de las guerras independentistas, ganándose, machete en mano, el respeto de sus tropas y quizás hasta la admiración del enemigo. Fue el estratega de la Invasión a Occidente, una de las campañas militares más osadas.

Pero Maceo fue también un político de aguda visión continental. Cuando las influencias del Destino Manifiesto se evidenciaron en aquella reunión social con un joven estadounidense, que le sugirió la anexión del país a los Estados Unidos como solución a los males, la respuesta del Titán fue cortante y monumental: “Creo, joven, aunque me parece imposible, que este sería el único caso en el que tal vez estaría yo al lado de los españoles”. En ese acto de dignidad, Maceo ya esbozaba el peligro que representaba la pujante nación del Norte para la libertad de Cuba.

“Tampoco espero nada de los americanos; todo debemos fiarlo a nuestros esfuerzos; mejor subir o caer sin ayuda que contraer deudas de gratitud con un vecino tan poderoso”, presagió.

Lo hizo el mismo hombre que se negó a aceptar una paz sin independencia en Los Mangos de Baraguá, que rechazó zanjones y siguió peleando por su Patria libre, incapaz de traicionar a los suyos y negociar los sueños libertarios.

Mas si de grandeza se trata, otra huella indeleble dejó Ernesto Guevara, el argentino que se hizo cubano a fuerza de barro y plomo en la Sierra Maestra. El médico que dejó a un lado su profesión por la guerrilla, el Comandante que entendió que la independencia de la Mayor de las Antillas era indivisible de la lucha por la emancipación de toda América Latina.

Si Maceo veía la amenaza en el horizonte imperialista del siglo XIX, el Che la vivió en carne propia. Fue testigo del golpe de la CIA en Guatemala en 1954 y escribió con crudeza sobre el sometimiento de los pueblos. Su internacionalismo lo llevó a aquellas tierras del mundo que reclamaban el concurso de sus modestos esfuerzos, como citara en la carta que le dejase al líder histórico de la Revolución cubana, antes de partir a Bolivia.

Maceo representa la rebeldía del machete y la dignidad del siglo XIX y el Che su eco en el siglo XX, quien murió por una Patria Grande, sin fronteras, convencido de que la Revolución era un deber de todos: “Al imperialismo, ni un tantito así”.

En los tiempos complejos en que vive Cuba, asediada por el bloqueo económico y una guerra comunicacional sin cuartel, el legado del Titán de Bronce y del Guerrillero Heroico se erigen como un faro de intransigencia. Para los niños que recién recibieron su pañoleta roja, para los trabajadores de la termoeléctrica que no se detienen pese a limitaciones, para los que defienden desde cada trinchera, el 14 de junio no es solo una fecha de repaso histórico, es la certeza de que el camino de la dignidad, ese que dibujaron estos dos grandes hombres, sigue siendo el único camino transitable.

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