Aniversario 65 del Ministerio del Interior: Un hombre del silencio y sus andares junto a Fidel

Aniversario 65 del Ministerio del Interior: Un hombre del silencio y sus andares junto a Fidel

Hay hombres que son leyenda viva. Personas comunes que han ayudado a construir la historia de un país; que han estado en el momento y lugar indicado y han asumido su compromiso con la defensa de la soberanía nacional, con el mismo amor, espíritu y desvelo con que se cuida a una madre o el sueño de un hijo.

El teniente coronel del Ministerio del Interior Rodolfo Ortega Villalonga es uno de ellos. Ni siquiera su figura alta, su andar ágil aun a sus 85 años y la nobleza en su mirada son capaces de describir cuánto hizo por preservar la seguridad de la nación, el orden interior y la tranquilidad ciudadana.

De verbo fácil y una memoria prodigiosa, puede recordar con precisión cada fecha, cada detalle de una vida marcada por el apego a la justicia. No en balde fue uno de los asesores de los guionistas de la serie LCB: La otra guerra, en su segunda temporada.

Él es capaz de hablar, casi sin respirar, de sus experiencias como segundo jefe de un batallón en la lucha contra bandidos en el Escambray, ocasión en la que el comandante Juan Almeida Bosque le regaló una boina verde olivo; de su presencia en la guerra de Angola, donde fueron a combatir el apartheid; de sus estudios en Alemania y Moscú; de sus peripecias como escolta; y hasta de sus vivencias como presidente del Tribunal Popular Provincial de Matanzas.

Con Fidel en la embajada de la extinta RDA, donde estudió por el Minint 2 años, entre 1972 y 1973.

Cualquiera de sus anécdotas sería digna de incluir en los libros de Historia. No hay más que escucharlas para saber que nos encontramos frente a un hombre excepcional. Desde que entró al Ejército, en 1959, por una proposición de Sergio del Valle, cuando estudiaba en la Escuela de Comercio, supo que había encontrado su vocación. De allí salió vestido de verde olivo, con un revólver 45 y, desde entonces, atesora una larga lista de servicio a la Patria.

El muchacho de familia humilde, a la que apenas le alcanzaba para comer, quien fuera trabajador civil del Balneario de Oficiales del Ejército de Batista por la Zona Industrial, donde sería mozo de limpieza, cantinero, cobrador de reserva y administrador, había encontrado su camino.

Precisamente el 6 de junio de 1961 ingresó en el Departamento de Seguridad del Estado del Ministerio del Interior (Minint), donde se desempeñó como investigador, interrogador, jefe de investigadores y de interrogadores, jefe jurídico y jefe de operaciones.

Su andar por el Ministerio incluyó también su nombramiento como jefe de la Sección Política del Minint, segundo jefe del Departamento Técnico de Investigación Provincial, jefe de Procesamiento Penal provincial, segundo jefe de la Policía y jefe de la Policía provincial, entre otros cargos que le permitieron conocer en profundidad el trabajo de este órgano.

Sin embargo, si algo atesora Rodolfo Ortega Villalonga, además de su modestia y sencillez, es el haber disfrutado en casi una veintena de ocasiones de estar cerca del Comandante en Jefe Fidel Castro, ya sea cumpliendo con su deber como escolta o por azares del destino.

Aunque han pasado 67 años ya, todavía recuerda con pesar cómo, aquel 7 de enero de 1959, cuando la Caravana de la Libertad llegó a Matanzas y Fidel se dirigió al pueblo desde el céntrico Parque de la Libertad, se le escapó la posibilidad de ver por primera vez al líder del que tanto se hablaba por aquellos días. “Mis padres me dieron permiso para bajar al acto y, minutos antes, se formó un tiroteo en la calle Jovellanos, entre Medio y Río, entre los esbirros escondidos allí y el Ejército. Mi madre no quiso que me expusiera de esa manera y no pude llegar hasta ellos”.

El tan anhelado encuentro ocurrió el 26 de marzo de 1960. Sin embargo, no resultó como esperaba. “Las fuerzas tácticas del Ejército presentes en el Faro de Maya derribaron una avioneta que venía a recoger personas y, en la maniobra, hirieron al piloto, al cual trasladaron hacia el Hospital Militar. Yo estaba en mi oficina y llegaron José Luis y Castillo, dos compañeros que trabajaban en la jefatura del Regimiento, y me pidieron prestada una grabadora Tesla para entrevistar al piloto. Cuando salimos, en el vehículo venía Fidel. Ahí mismo se formó el corre corre, sacamos la grabadora y yo me puse al lado del Comandante; era la primera vez que lo veía de cerca.

“Le comentamos la posibilidad de hacerle una entrevista para Radio Matanzas. Él aceptó. Comencé a operar la grabadora y los otros compañeros a preguntarle. Y la tiramos en la emisora. Esa noche, mientras dormía en mi oficina, entró un oficial de guardia y me pidió que lo acompañara. Me metieron en un calabozo junto a los otros dos compañeros. Allí estuvimos tres días; pues había llegado una orden del jefe del Estado Mayor General de que nos metieran presos, porque publicamos sin permiso una entrevista de Fidel donde se dijeron cosas que no se podían”.

Después vendrían mejores recuerdos, como en aquella ocasión durante la segunda graduación de la Escuela de Responsables de Milicias en 1962, en la que sirvió de escolta. Entonces, Raúl Castro le había dado la orden de no dejar acercarse a Fidel a un exoficial separado del Ejército. “A los dos o tres minutos Fidel me llama, me pasa la mano por el hombro y me dice que le traiga al hombre de las patillas. Le dije que Raúl me había indicado no dejarlo acercarse y él me respondió: “Raúl te puede haber dicho lo que quiera, pero aquí el que manda no es Raúl, soy yo; ve y tráelo”. Lo traje, lo abrazó, le ofreció una cerveza y comenzaron a conversar.

De inmediato me dieron un manotazo por la espalda, era Raúl y me preguntó: “¿Qué ‘cojines’ fue lo que yo te dije a ti?’. Y yo, tieso, le respondí lo dicho por Fidel. Me puso nuevamente la mano en la espalda y me dijo: “Matancerito, te salvaste, porque en eso tiene razón”.

Otras oportunidades también tuvo de estar junto al líder: cuando le chocó la mano en el acto por la Operación Verdad, en La Habana; cuando asistió a la graduación de los técnicos azucareros de la Escuela Álvaro Reynoso y lo trasladó en su auto hasta Operaciones, en Versalles; o cuando, ante una rotura de uno de los autos en los que viajaba, le pidió apoyarlo en el traslado.

También recuerda aquella ocasión en la que sirvió de escolta en el Hotel Internacional, donde el Comandante en Jefe esperaría el 26 de Julio; la vez que le ordenó detener de manera discreta a un directivo de una importante empresa científica de la provincia; y cuando le pidió traerle los libros del científico francés Andrés Voisin, quien revolucionó la ganadería en Cuba y los que leyó con gran atención.

Escoltarlo en la Mansión Xanadú durante su encuentro con el ministro de Defensa de Argelia, Houari Boumédiène; participar junto a él en la presidencia durante un acto en el antiguo teatro Blanquita, hoy Karl Marx; o como delegado en el Primer Congreso del Partido, son vivencias que guarda con celo.

“Lo vi también en Alemania, mientras estudiaba allí. Fidel iba a visitar Berlín y nos llevaron hasta el aeropuerto. Me escurrí hasta el mismo borde de la valla y le grité: “Comandante en Jefe, aquí hay un cubano”. Él se acerca y me da la mano y junto a la mía cayeron 20 más que querían tocarlo. Durante ese viaje lo vimos otras veces: cuando visitó un combinado químico y le pidió a Celia Sánchez y al embajador John Park que nos invitara a la recepción en la embajada alemana y me presentó ante Celia como un viejo amigo suyo”.

“La última vez que vi a Fidel fuera de Cuba fue en Angola. Me nombran jefe asesor del Comando Provincial de la Policía de Luanda y segundo jefe del Grupo Asesor del Comando General de la Policía de Angola. En una visita suya, me asignan un tramo de autopista para custodiar. Yo guiaba la caravana. El primer día visitó el monumento a la batalla de Kifangondo, donde murieron cubanos. Allí me saluda y me reconoce, lo cual fue un orgullo para mí.

“Luego, durante un acto donde se dirige a las tropas, fue a verlo una sobrina suya, hija de una de sus hermanas, que estaba allí en Angola, en la guerra. Vino con su compañero. Ella empujó al escolta y Fidel la abrazó y la cargó. Le preguntó por el tiempo que llevaba allí. La muchacha le presentó a su novio y el Comandante, que era un bromista, le dijo que ese no era el mismo que le había enseñado en La Habana hacía seis meses, y ella le explicó que ya había dejado al otro.

“El día que se iba, al vernos, bajó de la escalerilla del avión a saludarnos, me abrazó y me dijo: ‘Tienes que alimentarte, que estás muy flaco’. Ese día no pude ni comer, todos querían que le contara qué me había dicho.

“Después, en Cuba, estuve cerca de él cuando inauguraron la Thaelman, cuando Salvador Allende visitó el país y pasó por la Calzada de Tirry. La última vez que me acerqué a él fue cuando visité su tumba en Santiago de Cuba, ya jubilado. Allí pasó algo inolvidable para mí. Una compañera me tomó una foto y, al girarme, estaba justo en el monolito una paloma. Allí mismo comencé a llorar, porque me acordé de su discurso en La Habana.

“Veo por la televisión las cápsulas sobre Fidel y me maravillo de la vigencia de su pensamiento. Él era un hombre de detalles, hacía las preguntas más inimaginables, una persona sencilla, que sabía escuchar. Lo considero el hombre más grande de la historia, porque muchos de los grandes héroes que lo antecedieron y tienen una gran obra murieron jóvenes y no pudieron disfrutarla, pero él vivió 90 años y con una clarividencia total.

“Gracias a él Cuba pudo desarrollar su potencial científico; Indio Hatuey es obra de Fidel. Es impresionante cómo dirigió desde La Habana la guerra en Angola y previó cosas que iban a pasar. Para mí fueron muy importantes cada uno de esos encuentros”.

Hay hombres que son leyenda. A los que su trabajo anónimo le roban el rostro y el nombre. El teniente coronel Rodolfo Ortega Villalonga, Premio Provincial por la Obra de la Vida de la Unión de Juristas de Cuba, es uno de ellos. A él hay que recurrir una y otra vez para beber de su savia.

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Sobre el autor: Jessica Acevedo Alfonso

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