La guerra como negocio
El petróleo sube y baja de precio, el mercado se desploma, y algunos, en la élite de Wall Street, se forran en dólares.
Ese el paisaje cotidiano de Washington en abril de 2026, donde la política exterior se ha convertido en un campo de cultivo millonario para los amigos y familiares del presidente. En esta administración, la geopolítica es un camuflaje para la rapiña económica y la deuda nacional es un número en la pantalla que solo preocupa a los contribuyentes.
Un día, las alarmas bursátiles se dispararon. Un operador anónimo había apostado una cantidad récord de 760 millones de dólares a que el precio del petróleo se desplomaba. No había noticias en los medios ni filtraciones a la prensa y, no obstante, el operador parecía tener una bola de cristal. Veinte minutos después, el ministro de Asuntos Exteriores de Irán anunciaba la reapertura del estrecho de Ormuz. En un abrir y cerrar de ojos, la apuesta se convirtió en millones de dólares de beneficio.
Este no es un caso aislado. La BBC y otros medios han documentado un patrón consistente de apuestas masivas y perfectamente sincronizadas minutos antes de los anuncios clave de Trump.
En marzo de 2026, exactamente 15 minutos antes de que Trump publicara en Truth Social que había conversaciones «muy productivas» con Irán, se registró una ola de ventas de futuros de petróleo por valor de 500 millones de dólares. El mercado cayó un 14 % en minutos, y quienes apostaron en corto se embolsaron ganancias astronómicas.
El patrón se repite una y otra vez. Antes de la «pausa arancelaria» de abril de 2025, antes del secuestro del presidente Maduro en enero de 2026, antes del ataque a Irán el 28 de febrero de 2026. Diez operaciones, diez aciertos. Un 100 % de éxito.
En un mundo de inversiones, eso no es suerte, es información privilegiada. Y cuando esa información supuestamente proviene de la sala de situación de la Casa Blanca, la línea entre el capitalismo y la cleptocracia se difumina. Si las operaciones en los mercados de futuros son la cara visible del negocio, los contratos multimillonarios con empresas vinculadas a los amigos del presidente son la columna vertebral de un monstruo que socava la credibilidad ya dañada de esta administración.
En marzo de 2026, el Pentágono concedió un contrato de hasta 20 mil millones de dólares a Anduril Industries, una empresa de defensa tecnológica. El fundador de Anduril, Palmer Luckey, ha sido abrazado por la administración Trump. Pero el vínculo más jugoso es el de Joshua Kushner, hermano del yerno y exasesor presidencial Jared Kushner.
Joshua Kushner es inversor en Anduril a través de su firma Thrive Capital. El contrato, además, fue adjudicado bajo un marco de fuente única, evitando los procedimientos estándares de competencia abierta. En otras palabras, un multimillonario contrato militar para un amigo de la familia, sin apenas competencia.
Mientras tanto, el ciudadano norteamericano promedio ve cómo su poder adquisitivo se evapora. La deuda nacional supera los 38 billones de dólares y el 77 % de los estadounidenses afirma que su preocupación por la deuda ha aumentado. La inflación se come los salarios y la gasolina alcanza precios récord. La economía, según los datos, es un desastre para la mayoría. Pero para la élite conectada con la Casa Blanca es una fiesta.
El economista y premio Nobel Paul Krugman ha utilizado una palabra que preocupa: traición; mientras argumenta que, si un espía filtrara información de seguridad nacional a una potencia extranjera, sería considerado un traidor. ¿Por qué, entonces, no se aplica el mismo estándar a quienes utilizan esa información para enriquecerse en los mercados? La respuesta, en la lógica trumpista, es que la ley es para los demás.
El enfoque en la guerra de Irán es especialmente revelador. Trump amenazó con «borrar del mapa» las plantas eléctricas iraníes y dio un ultimátum de 48 horas para que abrieran el estrecho de Ormuz. El mercado del petróleo se disparó por las tensiones. Justo antes de que expirara el plazo, Trump anunció un cambio de rumbo y unas supuestas conversaciones «productivas». Los precios del crudo se desplomaron, y quienes habían apostado en corto —esos mismos operadores anónimos— se hicieron de oro. ¿Coincidencia o manipulación?
No lo sé, pero lo que sí es cierto es que la administración Trump ha tenido que enviar un memorándum interno advirtiendo a su personal que no use información privilegiada para apostar en los mercados. ¿Por qué sería necesario un memo así si no hubiera un problema real?
En medio de este escándalo, las cifras de aprobación de Trump se desploman hasta el 36 %, su nivel más bajo en este mandato. El 68 % de los estadounidenses desaprueba su gestión de la inflación y el costo de la vida.
La guerra de Irán es un lastre impopular, y la economía es un dolor de cabeza para las clases medias. El apoyo dentro del propio partido republicano se está resquebrajando, especialmente entre los votantes jóvenes.
Pero Trump no parece preocupado. Su equipo de comunicación está demasiado ocupado controlando los daños mediáticos, mientras la élite de su entorno sigue amasando fortunas con cada tuiteo bélico y cada giro geopolítico.
La población estadounidense, atrapada entre la inflación y los altos precios de los combustibles, observa cómo los «amigos del presidente» se llenan los bolsillos con sus impuestos y con las crisis internacionales.
Pese a lo sorprendente e irracional que pueda parecer esto, lo que estamos presenciando en Estados Unidos no es una anomalía. Es la esencia misma del capitalismo de Estado en su fase más depredadora, donde las fronteras entre la política y el lucro personal se han disuelto.
La guerra, las sanciones y las tensiones geopolíticas se han convertido en herramientas de especulación financiera. La economía real, la de los trabajadores y las familias, se sacrifica en aras del enriquecimiento de unos pocos conectados al poder.
El «éxito» de la administración Trump en los mercados es inversamente proporcional a su fracaso en la gestión del país. Al final, lo que se esconde tras el discurso de la «grandeza de América» es una cloaca de corrupción y privilegios. Y lo peor de todo es que están convencidos de que tienen derecho a ello.
