El petróleo como arma de guerra cognitiva contra Cuba

El petróleo como arma de guerra cognitiva contra Cuba

Ni Alfred Hitchcock tuvo tanto genio cinematográfico. Creo que sus películas de suspense han quedado como un entretenimiento para niños. ¿Por qué? Pues porque nada hay más cinematográfico —en el peor sentido de la palabra— que presenciar cómo decenas de «analistas» de sofá, con su café de la mañana en una mano y el celular en la otra, se dedican a seguir el «minuto a minuto» satelital de buques petroleros rumbo a Cuba.

Lo que pasa es que en ese ejercicio desgastante no hay guionistas de Hollywood pagando regalías, sino intereses geopolíticos muy bien financiados que han convertido la angustia de un pueblo en contenido viral.

Lo curioso del caso —y aquí entra esa dosis de ironía que no podemos evitar en nuestra sección— es que este fenómeno ha cobrado una relevancia inusitada en las últimas semanas, precisamente cuando la administración de Trump decretó lo que algunos medios internacionales han calificado como «el primer bloqueo efectivo de Estados Unidos contra Cuba desde la Crisis de los Misiles».

Según reportó The New York Times el pasado 20 de febrero, el gobierno estadounidense está consiguiendo aislar a nuestro país en uno de sus momentos más vulnerables, con un análisis de datos de transporte marítimo e imágenes satelitales que muestran cómo los buques petroleros apenas abandonan las costas cubanas y los aliados ricos en petróleo han interrumpido los envíos o se han negado a acudir al rescate.

Pero, como ya es usual en nuestra sección, pretendemos ir por partes, porque el asunto merece ser diseccionado bajo el análisis político y no con el morbo insustancial del chisme digital.

En primer lugar, lo que estamos presenciando no es, ni remotamente, un ejercicio inocente de “ciudadanía informada” o “derecho a la información”. Cuando el viceministro de Relaciones Exteriores Carlos Fernández de Cossío escribió en X que «posiblemente nunca había generado tanta noticia la llegada de un buque petrolero a un país como el ruso a Cuba», estaba diagnosticando algo mucho más profundo que un simple hecho noticioso.

El arribo del Anatoli Kolodkin —cargado con 730 000 barriles de petróleo ruso de los Urales al puerto de Matanzas el pasado 31 de marzo— se convirtió en un evento mediático global no porque Cuba no haya recibido barcos antes, sino porque alguien tiene interés en que lo veamos como un episodio de una telenovela apocalíptica donde el protagonista —en este caso, el pueblo cubano— lucha por sobrevivir mientras el villano —ya ustedes saben— le corta el oxígeno.

Convertir la llegada del combustible —algo vital para cualquier país, pero especialmente para uno que produce apenas el 40% que consume— en un contenido de entretenimiento digital es una forma sofisticada de influencia y, simultáneamente, de control emocional de toda una sociedad. Como acertadamente señalaba Rafael Hidalgo en un reciente diálogo con el periodista Daniel Guerra, esto genera una sensación de «hipervigilancia» colectiva, pero también induce a sectores de la población a vivir pendiente de un tema que les condiciona la vida diaria: ¿Llegará el barco? ¿Dejarán pasarlo los gringos? ¿Tendrán los rusos decisión suficiente? ¿Qué pasará si lo detienen? ¿Vienen soldados encubiertos como parte de la tripulación?

Y así, miles de preguntas fluyen, y cada una de ellas lleva sembrada la semilla de la ansiedad.

No hace falta ser un experto para darse cuenta de que detrás de ciertas cuentas que publican mapas con trayectorias de naves, coordenadas GPS actualizadas cada hora y análisis técnicos sobre velocidades de crucero y puntos de destino, existe una metodología que va más allá del simple «interés ciudadano».

En grupos de Facebook como «Friends of Cuba», por ejemplo, los posts sobre el petrolero ruso acumulan cientos de reacciones y decenas de comentarios que oscilan entre la esperanza y el odio más visceral contra el proceso revolucionario cubano.

Este fenómeno tiene nombre propio y está bien conceptualizado en los manuales de guerra. Se llama guerra cognitiva, y consiste en el uso coordinado de herramientas comunicacionales para influir en la percepción, comprensión y toma de decisiones de poblaciones objetivo. La OTAN define este concepto desde hace años, y diversos estudios académicos —como los de la Universidad de Princeton sobre manipulación emocional en redes sociales— han documentado cómo los algoritmos de plataformas como Facebook, X (antes Twitter) o TikTok amplifican contenidos que generan respuestas emocionales intensas, creando cámaras de eco donde la ansiedad se retroalimenta a sí misma.

Lo cínico del asunto es ver a la «jauría» de siempre —esa que opera principalmente desde Miami con financiamiento que nadie audita públicamente— echándole leña al fuego con una frialdad técnica total. Para ellos, esos barcos no transportan energía para hospitales que necesitan mantener los ventiladores encendidos, ni diésel para ambulancias que salvan vidas, ni combustible para los ómnibus que llevan trabajadores a sus centros laborales. No, señor. Para esa jauría, los buques son meros «personajes» en su guion de asfixia nacional, piezas de ajedrez en un tablero donde el objetivo declarado —aunque nunca confesado abiertamente— es desgastar la voluntad popular hasta que estalle el descontento.

Ahora bien, también toca analizar la eficacia real de esta estrategia. Porque si de algo carece la guerra cognitiva es de capacidad para cambiar realidades materiales objetivas. El bloqueo petrolero decretado por Trump puede haber logrado, durante tres meses, dificultar la llegada de combustible a Cuba, profundizando los prolongados apagones que ya sufríamos y agravando el desabastecimiento de alimentos y medicinas, como documentó The Associated Press desde Matanzas. Pero la realidad geopolítica es terca, y Rusia calificó la operación del Anatoly Kolodkin como «ayuda humanitaria», y el propio Trump, a bordo del Air Force One, terminó reconociendo que «no le molesta que alguien lleve un cargamento, porque lo necesitan, tienen que sobrevivir».

¿Dónde está la magia? ¿Cuál es el mejor palo para rascarse? Pues ya sabemos que incluso la superpotencia del Norte tiene límites cuando se trata de impedir que un país soberano busque aliados para satisfacer necesidades básicas de su población. Y que todo el teatro digital del rastreo satelital termina siendo, en el mejor de los casos, un ejercicio de estrés informativo colectivo; y en el peor, una demostración más de la naturaleza criminal de un bloqueo que, según las propias palabras del canciller Bruno Rodríguez, constituye una violación flagrante del derecho internacional y los derechos humanos del pueblo cubano.

No obstante, las consecuencias de esta dinámica son múltiples y preocupantes. En primer lugar, genera un ambiente de ansiedad permanente en la sociedad cubana, que se mueve entre la esperanza del «milagro» y la incertidumbre ante el sabotaje posible. En segundo lugar, fragmenta la psicología social, desviando la atención de la causa estructural del problema —el bloqueo genocida— hacia la adrenalina episódica de si el barco dobla o no por el faro tal. Y, en tercer lugar, normaliza la idea de que Cuba es un país «condenado» a depender de la benevolencia externa, cuando la historia demuestra exactamente lo contrario. Este pueblo ha sabido resistir y superar desafíos mucho mayores gracias a su creatividad, su unidad y su indestructible espíritu de soberanía.

Pero no todo está perdido, ni mucho menos. «La soberanía también se defiende en la pantalla del celular». Informarse con rigor es un derecho democrático que debemos ejercer, pero dejarse arrastrar por el morbo de quienes quieren condicionar nuestro modo de percibir la realidad es caer directamente en su trampa.

La resistencia real no está en un radar ni en una aplicación de rastreo de buques, sino en la dignidad con que enfrentemos cada batalla diaria. Esto pasa, fundamentalmente, por el ejercicio responsable de la crítica y la autocrítica —como nos enseñara Fidel— sin caer en dos extremos igualmente dañinos, esa apología ciega que niega los problemas, y el dañino hipercriticismo destructivo que solo ve sombras. Ambas, como acertadamente señala Hidalgo, «son formas gemelas de mentir».

Cuba tiene reservas culturales, éticas y políticas que, con buena conducción, podrían potenciarse a niveles muy superiores para enfrentar esta ofensiva anticubana de naturaleza múltiple. La sociedad cubana y su mayoría revolucionaria tienen mucho que aportar, y la historia nos enseña que cuando este pueblo se ha equivocado, «ha sido por la izquierda.

Mientras tanto, los buques seguirán llegando o no dependiendo de múltiples factores geopolíticos, y los «rastreadores» digitales seguirán publicando sus mapas y coordenadas como si fueran los descubridores de la pólvora. Pero nosotros, los cubanos, seguiremos construyendo país con la misma determinación de siempre, y sin tanto reality show foráneo, sin GPS, y con la certeza de que ningún bloqueo —por más «cognitivo» que pretenda ser— podrá doblegar la voluntad de un pueblo que aprendió hace más de seis décadas que la verdadera independencia se defiende con trabajo, unidad y verdad.

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Sobre el autor: Gabriel Torres Rodríguez

1 Comment

  1. Las noticias falsas aunque sean buenas, tienen el mismo efecto q las malas. Hay q aprender a buscar la información oficial para no vivir con tanta incertidumbre.

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