Siempre me ha fascinado el ballet. Lo más próximo a ese arte lo aprendí en la educación física de la universidad, con la gimnasia rítmica, y quien la ha entrenado en un tabloncillo, en una barra, sabe que el cuerpo aprende un idioma parecido: el control corporal, la musicalidad, coordinación, flexibilidad y la expresión artística.
Todo eso se gana con empeño, dedicación y esmerados profesores. Por eso, cuando llegué al Teatro Sauto y vi a estos estudiantes de ballet calentando, sentí que algo en mí reconocía cada movimiento.



Ellos no estaban en sus escuelas de arte. Como parte de las medidas adoptadas por la contingencia energética, el majestuoso Teatro Sauto de la Ciudad de Matanzas, que está cumpliendo 163 años, los acoge. Este coloso les abre sus puertas para no detener las clases.
Las barras de madera fueron sustituidas por la baranda que protege las sogas y contrapesos de la tramoya. El escenario de los grandes eventos se convierte en un salón de clases. Con la misma disciplina de un ensayo, los cuerpos se estiraban, se equilibraban, se preparaban.



Mientras hacía las fotos, no podía dejar de disfrutar cada acorde que salía del piano o de la bocina portátil, cada movimiento que cortaba el aire con esa mezcla de fuerza y delicadeza. Buscaba el momento ideal para apretar el obturador tratando de mantener limpios los movimientos. Disfrutaba de los grand jeté, fouetté, arabesque, attitude.





Hoy aprenden y practican tras bambalinas y en un escenario sin espectadores. El mismo que los acoge en la adversidad será, en un futuro no muy lejano, el lugar donde luzcan por primera vez lo que ahora construyen día a día.
Y cuando llegue el momento de la gran presentación, esas barandas y tramoyas que hoy sirven de apoyo serán solo el recuerdo de cuando no pausaron su aprendizaje ante la limitante energética.






