Trump y el arte de negociar con fantasmas en Irán

La guerra como negocio

El tipo está enfermo. Esa es la única solución lógica ante tanta desmesura en sus declaraciones. Y es que la distancia entre la realidad y el discurso oficial de Donald Trump se vuelve tan abismal que solo cabe reír para no llorar.

Estamos viviendo un momento histórico de la historia humana. Mientras el presidente Donald Trump declara desde Washington que Irán «ha sido derrotado», que «quieren hacer un acuerdo desesperadamente» y que su administración ha «extirpado el cáncer» nuclear persa, Teherán lanza misiles sobre bases norteamericanas e Israel, cierra el estrecho de Ormuz y presenta condiciones de alto el fuego que más parecen una proposición de rendición invertida.

La pregunta que nadie en la Casa Blanca parece querer responder es sencilla: si la guerra va tan bien, ¿por qué hay que negociar?

El miércoles 25 de marzo, durante la cena anual del Comité Nacional Republicano del Congreso, Trump ofreció una muestra antológica de su particular relación con la verdad. «El cáncer era Irán con un arma nuclear, y lo hemos extirpado«, declaró ante los aplausos de los fieles. «Los estamos diezmando. Ya no tienen Armada, ya no tienen nada», añadió, mientras sus asesores militares, que conocen perfectamente la capacidad de los misiles hipersónicos iraníes, debían estar mordiéndose la lengua.

El problema es que los hechos se empeñan en desmentir al presidente. Apenas horas antes de su discurso, Irán lanzó un ataque con misiles que alcanzó un tanque de combustible en el Aeropuerto Internacional de Kuwait, desatando un incendio de grandes proporciones. La Quinta Flota estadounidense en Baréin sigue bajo bombardeo diario. El estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial, permanece cerrado para los buques de EE.UU. e Israel. Y los ataques se han extendido al mar Rojo y al golfo de Adén, donde Irán —junto a los yemeníes— amenaza con abrir un nuevo frente contra el tráfico marítimo.

Trump, sin embargo, insiste en que Irán está «negociando» y que «quiere hacer un acuerdo desesperadamente, pero tiene miedo de decirlo porque cree que su propio pueblo lo matará». También afirmó que los iraníes «temen que nosotros los matemos». Es una construcción retórica perfecta para una administración que necesita desesperadamente presentar la guerra como un éxito inminente. Si Irán no acepta el trato, es porque está aterrorizado; si acepta, será porque la presión funcionó. En cualquier caso, Trump gana.

La verdadera dimensión del desastre se mide en las condiciones que Teherán ha puesto sobre la mesa para un alto el fuego. Según fuentes citadas por Associated Press y The Wall Street Journal, la contrapropuesta iraní incluye cinco puntos que cualquier analista reconocería como inasumibles para Washington. Veamos: cese de las hostilidades con garantías firmes de no agresión futura; fin de los asesinatos de altos cargos iraníes; reparaciones económicas por los daños causados en la guerra; reconocimiento del «ejercicio de soberanía» de Irán sobre el estrecho de Ormuz; y levantamiento de todas las sanciones.

En otras palabras, Irán exige que Estados Unidos le pague reparaciones, le entregue el control de la principal arteria energética del planeta y retire todas sus bases del golfo Pérsico. Como señalan analistas consultados, «parece más una condición de rendición incondicional».

Y es que, efectivamente, la balanza de poder en la región ha cambiado de forma que los estrategas del Pentágono no habían anticipado.

La situación es tan delicada que el propio Trump, según reveló The Wall Street Journal el 24 de marzo, ha pospuesto los ataques contra las centrales eléctricas y la infraestructura energética iraní por cinco días para dar margen a las negociaciones. La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, también dijo sutilmente que Trump prefiere la paz, pero está dispuesto a «desatar el infierno» si Teherán no acepta la realidad. Es el lenguaje del ultimátum, pero pronunciado desde una posición de debilidad que los iraníes han sabido explotar con maestría.

Si la situación militar en Medio Oriente ya es delicada, el componente nuclear añade un nivel de riesgo que debería mantener despiertos por las noches a todos los líderes mundiales. La central nuclear de Bushehr, la única de Irán y la primera construida en todo Oriente Medio, se ha convertido en el epicentro de una crisis con potencial catastrófico.

El 17 de marzo, un proyectil alcanzó uno de los edificios técnicos del complejo de Bushehr, según confirmó Rosatom, la corporación nuclear rusa que opera la instalación. Alexéi Lijachiov, director general de Rosatom, advirtió que la planta contiene 72 toneladas de combustible nuclear en operación y otras 210 toneladas de combustible gastado. «En caso de un ataque, ciertamente sería un desastre de escala regional», declaró Lijachiov, y subrayó que «esto es algo que todas las partes en conflicto deben entender, independientemente de su afiliación política».

La situación se ha deteriorado hasta tal punto que Rosatom ha perdido contacto con el liderazgo de la industria nuclear iraní. «Lamentablemente, hemos perdido contacto con la dirección de toda la industria nuclear de Irán: no contestan sus teléfonos ni responden los correos electrónicos», reveló Lijachiov a principios de marzo. Desde entonces, la corporación rusa ha reducido su personal en Bushehr al mínimo, evacuando a cientos de especialistas a través de Armenia.

El peligro no es solo hipotético. El martes 24 de marzo, otro ataque ocurrió cerca de la unidad de potencia No. 1 de la planta, que se encuentra en operación. Según Rosatom, el tercer grupo de evacuación comenzó a salir ese mismo día hacia la frontera con Armenia. El director del centro AtomInfo-Center, Alexander Uvarov, advirtió que «el error más peligroso es pensar que la amenaza solo existe en caso de impacto directo contra la unidad de potencia». Si se desactivan los sistemas de refrigeración, las comunicaciones o la infraestructura contra incendios, la operación segura de la planta podría verse comprometida.

Cuando los rusos, que no son precisamente amigos de Occidente, empiezan a evacuar personal de sus instalaciones nucleares, es porque el peligro es real y está a la vuelta de la esquina.

Pero detrás de todo este entramado militar y nuclear hay un factor económico que Trump subestimó y que ahora amenaza con convertir su guerra en un desastre político doméstico. El precio del petróleo Brent ha superado los 100 dólares por barril y en algunos momentos ha rozado los 120. El cierre de facto del estrecho de Ormuz ha disparado los costos del transporte marítimo y las primas de los seguros, con efectos inmediatos en la inflación y las expectativas de los mercados.

La contradicción salta a la vista, y lo peor de todo es que su solución no aparece por ningún lado del conflicto. Trump, que llegó a la Casa Blanca prometiendo bajar los precios de la gasolina, se enfrenta ahora a un escenario donde el encarecimiento del crudo puede trasladar el conflicto al bolsillo del votante. Y cuando una guerra exterior empieza a notarse entre quienes deben llenar el tanque, deja de ser un asunto geopolítico lejano para convertirse en un problema electoral de primera magnitud.

Según un sondeo de Reuters/Ipsos citado por ABC News, el 61% de los estadounidenses desaprueba los ataques de EE.UU. contra Irán, frente a apenas un 35% que los respalda. En ese contexto, la obsesión de Trump por presentar a Irán como «negociando desesperadamente» adquiere una lógica electoral, pues si hay negociaciones, puede haber un final rápido; si hay un final rápido, los precios pueden bajar; si los precios bajan, los republicanos pueden salvar los muebles en las elecciones de medio término.

Pero hay un problema, y ellos lo saben cómo lo sabemos nosotros. Irán no está negociando desesperadamente. El canciller Abás Araqchi lo dijo con todas las letras en una entrevista con la televisión estatal. El gobierno iraní no ha entablado conversaciones para poner fin a la guerra, «y no planeamos ninguna negociación». Es la tercera vez en un mes que Teherán desmiente públicamente a Trump, y la Casa Blanca sigue actuando como si esas declaraciones no existieran.

Lo que tenemos ante nosotros es una crisis que ha superado con creces la capacidad de gestión de una administración que apostó por la fuerza bruta sin calcular las consecuencias. Trump se enfrenta ahora a una disyuntiva que no tiene salida fácil.

Por un lado, puede escalar. Enviar los miles de soldados de la 82 División Aerotransportada que ya están siendo desplegados en la región. Lanzar los ataques contra la infraestructura energética que ha pospuesto. Intentar una invasión terrestre limitada para tomar la isla de Kharg y abrir el estrecho por la fuerza. Pero esa opción conlleva riesgos catastróficos, y que al electorado no le gusta ver. Bajas estadounidenses que la opinión pública no toleraría, una guerra de desgaste en territorio montañoso que repetiría el esquema de Afganistán, y la posibilidad cierta de que Irán responda atacando las instalaciones eléctricas, plantas de desalinización o centros de datos, con las consecuencias que eso tendría para toda la región.

Por otro lado, puede retroceder. Aceptar las negociaciones indirectas mediadas por Pakistán. Plegarse a algunas de las condiciones iraníes para abrir el estrecho y bajar los precios del petróleo. Declarar la victoria y retirarse. Pero esa opción significa admitir que la guerra se le escapó de las manos, que los cálculos iniciales eran erróneos, que el «cáncer» no se extirpó tan fácilmente. Y para un político que ha construido su carrera sobre la base de la imagen de hombre fuerte que nunca se equivoca, esa es la peor de las derrotas.

Desde esta sección hemos observado y analizado el desarrollo del conflicto desde el inicio. Hoy, miramos este espectáculo con la perspectiva que ofrece la historia y el desarrollo de todos los elementos e implicaciones. Podemos asegurar que lo que estamos viendo no es una guerra más en Oriente Medio. Es la demostración de que cuando una potencia imperial subestima la capacidad de resistencia de un pueblo, cuando confunde sus bravuconadas con poder real, cuando apuesta por la fuerza bruta sin entender la historia ni la geografía, el desenlace puede ser tan humillante como impredecible.

Trump quiso una guerra rápida que le diera un triunfo electoral y consolidara su legado. Se encontró con un país de 2 500 años de historia que ha hecho de la resistencia una forma de vida. Quiso cerrar el estrecho de Ormuz con bombardeos. Descubrió que cerrarlo era más fácil que abrirlo. Quiso negociar desde la posición de fuerza. Terminó negociando desde la posición de quien necesita desesperadamente que los precios del petróleo bajen antes de las elecciones.

Como escribió el analista ruso Murad Sadygzade, atacar la infraestructura nuclear iraní sería «un asesinato en masa y un genocidio». Pero también sería el final político de una administración que ya ha mostrado todas sus costuras. Por eso Trump habla de negociaciones que no existen, de acuerdos que no se han firmado, de victorias que no se han consumado. Porque en el fondo sabe que la guerra se le escapó de las manos, y que cualquier movimiento en falso puede convertir su «legado» en el epitafio de su carrera.

Mientras tanto, los misiles siguen cayendo, los precios siguen subiendo, y los estrategas del Pentágono buscan desesperadamente una salida que no implique admitir la derrota. Es la gran ironía de este siglo y un cambio de época, y lo estamos viendo en vivo y en directo.

El imperio más poderoso de la Tierra, el mismo que ha intervenido en decenas de países, el que bombardeó Irak y Afganistán, el que impuso sanciones a medio mundo, se encuentra ahora atrapado en una guerra que no puede ganar y no sabe cómo terminar.

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Sobre el autor: Gabriel Torres Rodríguez

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