En estos días de locura informativa, cuando las redes van de un lado a otro con especulaciones, suposiciones, propuestas y debates bienintencionados o no, y la derecha miamense en el imperio se frota las manos creyendo que «el régimen» finalmente se sienta a negociar su capitulación, conviene hacer lo que siempre hemos hecho en esta sección: analizar los resortes que mueven las decisiones y analizar la historia de frente y con ojo crítico.
Por eso, es mejor comenzar desde el principio. Si algo ha caracterizado a la política exterior de la Revolución Cubana desde el 1ro de enero de 1959 no es la intransigencia estéril, sino la disposición permanente al diálogo… con una condición irrenunciable: que se hable de igual a igual, sin tutelajes ni imposiciones.
El historiador Ernesto Limia lo ha documentado por estos días en su perfil de Facebook: «Nunca la Revolución se negó a conversar con Estados Unidos, un vecino que pese a la grandeza de Abraham Lincoln —paradigma de Martí y Fidel— es el principal adversario de la nación cubana desde hace más de doscientos años».
Esa disposición al diálogo, que algunos confunden con debilidad, tiene nombres y fechas específicas.
El propio Comandante en Jefe Fidel Castro, a apenas tres meses del triunfo revolucionario, se reunió el 19 de abril de 1959 con el vicepresidente Richard Nixon. Él sabía quién era Nixon —el promotor del golpe contra Árbenz en Guatemala, el garante de las dictaduras latinoamericanas—, pero fue a explicarle la necesidad de la reforma agraria y otras medidas de justicia popular. No logró evitar la confrontación, y vino Girón. Pero fue a dialogar.
En noviembre de 1963, cuando la CIA preparaba en París a Rolando Cubela para asesinarlo, Fidel recibió al periodista francés Jean Daniel, enviado por Kennedy para explorar posibilidades de diálogo. Conversaba mientras tramaban su muerte. Ese es el talante de un líder que nunca le ha hecho ascos al intercambio, por adverso que sea el interlocutor.
Limia continúa explicando que en 1976 hubo intercambios con la administración Ford. En 1977, con Carter, se abrieron secciones de intereses. En 1981, cuando Reagan llegó al poder cogido de la mano con la mafia batistiana, Carlos Rafael Rodríguez se reunió en secreto en México con el general Haig. La exigencia de Haig era la rendición: retirada de los maestros cubanos en Nicaragua, ruptura con la URSS, fin de la solidaridad internacional.
La respuesta de Carlos Rafael fue una lección de diplomacia revolucionaria. «Nosotros también estamos listos para una confrontación. Sabemos que una confrontación sería traumática para nuestro pueblo. No tenemos dudas al respecto. Pero nosotros tampoco tememos a una confrontación», remarcó.
En los 90, con Clinton, se alcanzó un acuerdo migratorio. Con Obama, se negoció en absoluto secreto hasta el anuncio del 17 de diciembre de 2014, que permitió el regreso de los Cinco Héroes y abrió un camino hacia la normalización.
Sesenta y siete años de conversaciones. Sesenta y siete años sin ceder un ápice en los principios.
Y llegamos a 2026. En medio de un escenario complejo y desafiante, en este mismo mes de marzo, nuestro presidente Miguel Díaz-Canel ha confirmado que existen contactos con la administración Trump.
Frente a los colosales desafíos que plantea el cerco energético, #Cuba trabaja duro para avanzar.
— Miguel Díaz-Canel Bermúdez (@DiazCanelB) March 13, 2026
De ese y otros temas importantes para la nación, incluyendo las recientes conversaciones que funcionarios cubanos han sostenido con representantes del gobierno de los Estados…
Muchos medios han reportado que estas conversaciones «han estado orientadas a buscar soluciones, por la vía del diálogo, a las diferencias bilaterales».
El propio Díaz-Canel ha sido claro. El propósito principal es identificar problemas bilaterales que necesitan solución, y determinar si existe voluntad política para tomar acciones concretas en beneficio de ambos pueblos. Nótese bien. No se habla de «negociaciones» en el sentido de concesiones unilaterales, sino de «conversaciones exploratorias». La diferencia no es semántica, es política.
Como bien apunta un análisis consultado en Mundo Obrero, «las reglas de la negociación toman de base principios esenciales, como hablar en pie de igualdad, respeto mutuo a la soberanía e independencia de cada negociador, transparencia y honestidad». Si una de las partes pretende negociar desde posiciones de fuerza, la negociación se frustra o deja de serlo para convertirse en una exigencia.
Y aquí está el nudo del asunto. La retórica de Trump es la de la imposición, no la del diálogo. Dice que nuestro país «está a punto de caer», que «el régimen está en quiebra», que ya no tiene a Venezuela para apoyarnos. Habla como si conversara con un interlocutor derrotado, no con un gobierno que ha resistido sesenta y siete años de hostilidad.
Limia apunta una tesis que conviene no perder de vista. «Trump está lanzando una cortina de humo para eludir la presión del caso Epstein y los resultados calamitosos de su invasión a Irán, que amenazan con el ascenso a cifras récords del precio del petróleo y una recesión económica mundial».
No es descabellado. Mientras los titulares hablan de «negociaciones con Cuba», la guerra en Irán se complica, los aliados de la OTAN no se involucran, y el fantasma de Epstein sigue planeando sobre la élite republicana. En ese contexto, aparecer como el estadista que «negocia» con el histórico enemigo comunista puede ser un activo electoral de cara a las elecciones de medio término de noviembre. Pero una cosa es con guitarra y otra con violín, o lo que viene siendo lo mismo, una cosa es la propaganda y otra muy distinta la política real.
#EEUU amenaza públicamente a #Cuba, casi a diario, con derrocar por la fuerza el orden constitucional. Y usa un indignante pretexto: las duras limitaciones de la debilitada economía que ellos han agredido y pretendido aislar hace más de seis décadas.
— Miguel Díaz-Canel Bermúdez (@DiazCanelB) March 18, 2026
Pretenden y anuncian planes…
El intelectual Josué Veloz, en un artículo publicado recientemente en CTXT, plantea una reflexión necesaria. «Cuba no solo enfrenta la hostilidad del imperio, sino el abandono silencioso de aquellos que, en teoría, debieran disputar el orden unipolar».
Rusia y China, atrapadas en sus propios conflictos de desgaste, y América Latina, con honrosas excepciones, practica una «diplomacia de los abrazos vacíos». Venezuela, tras la captura de Maduro, apenas puede ayudarse a sí misma.
En ese escenario de absoluta solvencia geopolítica, podemos concluir que «sólo se puede confiar en las propias fuerzas internas, cualquier apoyo es ganancia: ganar tiempo para reforzar trincheras y prepararse mejor también ayuda».
Como bien señala un comentario que circula junto al texto de Veloz: «El desenlace del futuro de la revolución sólo se resolverá en los términos a los que obliga la guerra del imperio, para que no se olvide: patria o muerte, soberanía o subordinación, capitalismo o socialismo. No son términos nuevos, las condiciones cambian, así como las estrategias de lucha, pero en última instancia el núcleo es ese».
En su artículo, Ernesto Limia recuerda un episodio fundacional. Los constituyentes que en 1901 aprobaron la Enmienda Platt pudieron hacerlo porque cerraron las puertas del Teatro Martí al pueblo que hasta entonces había participado en las sesiones. «Ello les permitió ceder. No tengo duda de que les hubiera resultado imposible hacerlo en vida de Martí y Maceo; pero ante la ausencia de ambos líderes antimperialistas, la presión popular se tornaba un escollo difícil».
Cuando el pueblo está atento, cuando la conciencia popular se moviliza, las concesiones inaceptables se vuelven políticamente imposibles. Por eso hoy, más que nunca, es necesario explicar, orientar, sumar. La generación que vivió las conversaciones secretas de los años 80 y 90 está en la cuarta edad. A las nuevas generaciones hay que contarles la historia, enamorarlas de la causa, persuadirlas de que la dignidad no se negocia.
Sostuve fraternal encuentro con la delegación de la Asamblea Internacional de los Pueblos que realiza una visita a nuestro país, para reafirmar su permanente apoyo y solidaridad con la Revolución, en este momento en el que se intensifican las amenazas del imperialismo yanqui.… pic.twitter.com/dMgp2dSaDd
— Miguel Díaz-Canel Bermúdez (@DiazCanelB) March 10, 2026
El gobierno cubano ha conversado con todas las administraciones estadounidenses desde Eisenhower hasta Trump. Lo ha hecho en secreto y en público, en momentos de máxima tensión y en etapas de deshielo. Pero nunca, ni en los peores momentos del Período Especial, cuando la supervivencia misma de la Revolución pendía de un hilo, se ha sentado a negociar su propia liquidación.
Las conversaciones actuales se inscriben en esa tradición. Se conversa para identificar problemas bilaterales, para buscar soluciones a la crisis energética, para explorar si existe voluntad política de avanzar hacia una relación respetuosa. No se conversa para entregar la soberanía, ni para cambiar el sistema político, ni para aceptar tutelajes.
Como advierte Limia, «si el desenlace en Medio Oriente favorece a Estados Unidos tendremos que luchar». Pero mientras tanto, se conversa. Porque hasta en la guerra los adversarios intercambian en busca de puntos mínimos de acuerdo. Y porque, como nos enseñó Fidel, no hay que temerle al diálogo, siempre que se mantengan firmes los principios. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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