¿Cómo la guerra cognitiva busca rendir a Cuba?

¿Cómo la guerra cognitiva busca rendir a Cuba?

La orden ejecutiva del presidente Donald Trump, firmada el 29 de enero de 2026, —y ya lo hemos tratado en esta sección— no es otro torniquete económico. Es una nueva ofensiva —quizás mucho más peligrosa que las anteriores en el afán de destruir a la Revolución— con el objetivo de ganar la guerra por la percepción de la realidad del pueblo cubano.

Mientras el texto oficial estadounidense declara, con una falsa solemnidad que raya en lo grotesco, que Cuba constituye una «amenaza inusual y extraordinaria» para la seguridad nacional de la superpotencia, se activa una maquinaria paralela diseñada para un fin complementario. Su objetivo es saturar el espacio informativo, confundir, agotar las mentes, sofocar, plantar la duda, y, finalmente, quebrar la voluntad de resistencia.

No es suficiente con asfixiar materialmente a nuestro país con sanciones que buscan impedir hasta el último barril de petróleo; ahora se busca envenenar el pozo de donde beben las convicciones.

Y por ahí vemos los escándalos mediáticos, como los archivos de Epstein, que funcionan como un «Circo Romano» moderno. Su propósito es hipnotizar a las audiencias globales y locales, desviando la atención de lo esencial. En el caso de Cuba, la estrategia es doble.

Por un lado, se genera un aluvión de noticias frívolas, rumores y contenidos generados por inteligencia artificial que saturan las redes sociales y hasta algunos espacios mediáticos. Por el otro, se empaqueta la agresión económica más cruda —como la amenaza de imponer aranceles a cualquier país que osé vender petróleo a Cuba— en un discurso grandilocuente sobre «seguridad nacional» y «defensa de la democracia».

El resultado buscado es el «secuestro de la agenda». Se fuerza al público a debatir en el terreno de la farsa, a perseguir fantasmas informativos, mientras en la realidad tangible, la administración Trump ejecuta lo que Progressive International ha calificado sin ambages como un «acto criminal de guerra económica», diseñado para estrangular la vida misma, cortando el combustible para hospitales, escuelas y el transporte.

¿Cómo puede una isla del Caribe, que produce apenas el 40% del crudo que necesita y cuya economía ha perdido un 15% de su PIB en seis años, ser una amenaza existencial para Estados Unidos?

La contradicción es tan obvia que solo puede explicarse como un ejercicio de manipulación cognitiva: repetir una mentira lo suficientemente grande hasta que agote la capacidad crítica de quien la escucha.

No obstante, en esta guerra, los soldados de infantería no visten uniforme. Son una legión de voceros pagados, «influencers» oportunistas y medios de comunicación que han convertido la animadversión hacia la Revolución Cubana en un negocio rentable. Convierten cada dificultad económica —agravada exponencialmente por el bloqueo— en una «prueba del fracaso del sistema». Transforman la resiliencia y la capacidad de sacrificio de un pueblo en «resistencia pasiva de una población oprimida». Descontextualizan cualquier problema social, borrando de la ecuación seis décadas de asedio económico, financiero y comercial.

Plataformas como Facebook se convierten en el campo de batalla ideal. Sus algoritmos, que «no distinguen entre noticias comprobadas y falsedades echadas al vuelo», premian el engagement, no la veracidad. Así, un rumor sobre desabastecimiento se viraliza más rápido que un informe detallado sobre el impacto multimillonario de las sanciones, que según cifras oficiales superaron los 7 500 millones de dólares en pérdidas en un solo año.

La táctica es el agotamiento emocional, y alternar entre contenidos que generan euforia —como promesas de «cambio inminente»— y otros que provocan desesperanza —»Cuba no podrá sobrevivir», como vaticina Trump—, hasta que el cubano, cansado, pierda la capacidad de discernir y piense que «da lo mismo 8 que 88», como bien refiere el profesor Ernesto Estévez Rams en uno de sus posts.

Por eso, la defensa de Cuba pasa necesariamente por aferrarse a la realidad concreta. Y la realidad es que esta nueva escalada —la amenaza de estrangular todo suministro de combustible— es un acto de coerción internacional sin precedentes, un chantaje que busca forzar a terceros países como México a elegir entre su soberanía comercial y la sumisión a Washington. La presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, lo ha reconocido al afirmar que su gobierno busca una solución diplomática para evitar una «crisis humanitaria», aun cuando los envíos representan menos del 1% de la producción petrolera de México.

La realidad es que, como señala un análisis de Progreso Semanal, la fortaleza de Cuba reside en un activo que las sanciones no pueden expropiar: nuestro capital humano. Décadas de inversión en educación, salud y ciencia han creado una sociedad con una resiliencia psicológica profundamente arraigada.

Como destacó el líder antiapartheid Steve Biko, «el arma más potente en manos del opresor es la mente del oprimido». La batalla cognitiva busca precisamente conquistar nuestra mente, hacer que los cubanos interioricemos la narrativa de nuestra inevitable derrota.

Sin embargo, la respuesta en las calles cubanas y en la diplomacia oficial apunta en otra dirección. Desde las protestas populares frente al encargado de negocios de EE.UU., Mike Hammer, a quien ciudadanos en Camagüey gritaron «¡Abajo el bloqueo!» y «¡Terrorista!», hasta la firme declaración del gobierno que califica la orden de Trump de «violación flagrante del Derecho Internacional», se reafirma un principio. El principio, en palabras del presidente Miguel Díaz-Canel, de que «Cuba es una nación libre, independiente y soberana. Nadie nos dicta qué hacer».

Al final, el antídoto más poderoso contra la guerra cognitiva es el pensamiento crítico y la ecuanimidad. Implica desconfiar del titular sensacionalista, cuestionar la fuente que solo ofrece anécdota, y buscar siempre el contexto. Implica recordar “que estamos en medio de una guerra por la percepción, donde cada clic y cada compartida es un acto político”.

La orden ejecutiva de Trump y la campaña de intoxicación mediática que la acompaña son dos caras de la misma moneda, y reflejan la incapacidad de Washington de doblegar a nuestro país por medios convencionales después de 67 años. Al no poder lograr la rendición en el campo de la política soberana, intentan conseguirla en el territorio de la psiquis colectiva.

Pero se topan con un pueblo que, frente a la disyuntiva de morir de hambre o claudicar, como reflejan algunos testimonios, aún elige la dignidad de resistir. La consigna, entonces, va más allá de la mera sobrevivencia material. Es, como ha sido históricamente, «Patria o Muerte» no como un grito ciego, sino como una elección consciente y soberana, tomada con la mente clara, a pesar de todos los intentos por nublarla. Venceremos no solo al bloqueo económico, sino también al cerco de la mentira.

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Sobre el autor: Gabriel Torres Rodríguez

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