Sanar más allá de las fronteras

Sanar más allá de las fronteras

Reynol Juara Espinosa es un médico matancero, especializado en Medicina General Integral y Anestesia, que ha dedicado gran parte de su vida profesional a las misiones internacionalistas. Prestó sus servicios en Venezuela, donde estuvo más de siete años; y en Argelia, con una estancia de poco más de tres.

En ambos países su trabajo fue vital para mejorar la calidad de vida de muchas personas; esfuerzo que refleja el profundo compromiso del médico cubano con la solidaridad internacional.

Reynol reside en Playa Girón, Ciénaga de Zapata, de donde es oriundo. Allí continúa ejerciendo su profesión, con el mismo compromiso que lo caracterizó durante sus años en el exterior. Su experiencia en el ámbito internacional le ha permitido consolidar sus conocimientos médicos y, de paso, adquirir una perspectiva más amplia de las realidades sociales y culturales de los lugares donde trabajó, lo que enriquece su labor cotidiana en Cuba.

—¿Qué lo motivó a convertirse en anestesiólogo?

—Me especialicé como médico general integral, luego como anestesiólogo e hice un diplomado en emergencias médicas.

En realidad, al principio no estaba motivado, porque cuando regresé de Venezuela no quería ser anestesiólogo; tenía preferencia por otras ramas, pero cuando quise ingresar en ellas estaban ocupadas. Entonces, me puse a buscar, entre las que quedaban, cuáles eran las que menos me gustaban y, al descartar, quedaron Terapia Intensiva y Anestesia, pero como había pasado un curso de emergencia médica me di cuenta de que mi perfil encajaba con la segunda de estas especialidades.

Sanar más allá de las fronteras

—¿Qué diferencias encuentra entre la formación médica de Cuba y la de otros países donde ha trabajado?

—Mi proceso de formación como médico y anestesiólogo fue muy difícil porque la Ciénaga de Zapata no tiene hospital, y tuve que pasar mis años de especialidad viajando a Matanzas y Colón. Además, es una especialidad con mucha exigencia.

«La formación médica en Venezuela es muy buena. Poseen un servicio público y otro privado, ambos muy buenos. En África pensé que los argelinos no iban a estar a la altura de nosotros, que somos contratados por la experiencia que tenemos sobre todo en el Programa Materno Infantil, pero como profesionales ellos son casi tan buenos e incluso mejores, porque algunos se preparan en universidades francesas, con un nivel profesional altísimo”.

—¿Cómo surgen sus misiones en Venezuela y Argelia? Háblenos sobre su adaptación a esas culturas distintas.

—La oportunidad de participar en estas misiones surge por propuesta del país. La primera vez me lo propusieron después de la tragedia de Vargas, en 1999; a raíz de eso se crea la misión Barrio Adentro. Luego, me pidieron que fuera a Argelia. Yo quería conocer África, aunque nunca me detuve a pensar en el desierto… Y justamente fui a parar al Sahara.

“De Venezuela tengo muy lindos recuerdos, porque al principio de la misión el recibimiento era muy efusivo, y los venezolanos se parecen mucho a los cubanos en el carácter; no así en África, porque llegué a un país musulmán cuya cultura no tiene nada que ver con la nuestra y, aunque la experiencia es bonita, el contexto no es agradable.

“La adaptación en Venezuela fue fácil; en África no lo logré nunca. Allá todo es del trabajo a la casa; no hay fiestas populares, no se reúnen; y cuando sales es solo a compartir con hombres, porque su religión aísla a las mujeres”.

—¿Cómo se comparan las prácticas anestésicas que se realizan en Cuba respecto a esos países?

—Fui médico general en Venezuela; lo que hacía era dar consultas, muchas. A Argelia ya fui como especialista en Anestesia. Allá estuve en un hospital donde los cubanos solo atienden la maternidad, y lo que hacía era aplicar anestesia a mujeres a las que se les practicaba cesárea.

“Las condiciones son muy diferentes a las cubanas. Por ejemplo, en Cuba hay muchos protocolos para entrar al salón de operaciones; en Argelia puedes operar con la ropa con que vienes de la calle. El cirujano sí se tiene que cambiar, pero el anestesiólogo no.

“En Venezuela hay cosas que aquí no se ven, como un paciente con heridas múltiples de bala. En Argelia, por otro lado, hay patologías que en Cuba no llegan al salón, porque las atienden otros especialistas. Allá los anestesiólogos tenemos que ser también reanimadores, clínicos e intensivistas”.

—¿Qué dificultades enfrentó al trabajar en esos países?

—Hubo dificultades de dos tipos: materiales y espirituales. Durante el tiempo que estuve en Venezuela había mucho material médico; en Argelia, en cambio, estuve en la época de la covid, donde todo escaseaba y la situación era muy tensa. Uno se imagina que en un país rico y petrolero hay mucho más, pero faltaban medicamentos que en Cuba sobran. Si haces una comparación, allá había muchas más condiciones, pero no era lo que yo esperaba.

“Desde el punto de vista espiritual, imagínate trabajar con muchas enfermeras y que ninguna te mire a los ojos al hablarte. Les prohíben mirarte a la cara. Lo otro es que en Venezuela se habla español y en Argelia árabe, un idioma muy difícil. Tuve que aprender árabe y cuando no pude con el árabe aprendí francés, daba las consultas en árabe y francés, y cuando no podía con esos idiomas entonces hablaba inglés. “No te puedo decir que todo en África fue malo, porque hay costumbres árabes muy buenas. Son muy respetuosos, muy honestos. Por ejemplo, en Argelia todo lo que se pierde es devuelto, y no alzan la voz. Es llamativo en ese sentido. Aprendí muchísimo en ambos lugares. Disfruté el intercambio cultural”.

—En esos países con contextos políticos y sociales tan diferentes, ¿cómo percibió la reacción de la población local hacia la solidaridad de Cuba?

—La efervescencia política de Venezuela era muy diferente a la de Argelia. Fuimos a apoyar el proceso revolucionario chavista y esa parte política estaba muy presente en todo, además de que fuimos a defender la integridad latinoamericana, el apoyo al pueblo venezolano y la no injerencia del imperialismo; o sea, un contexto muy diferente al de Argelia, donde la política es algo secundario.

“En Venezuela me sentí como en Cuba, porque había mucho cariño y respeto hacia los profesionales cubanos. En Argelia también. Mira qué cosa tan curiosa: la primera misión internacionalista que realizó Cuba fue en Argelia, en 1963. Los argelinos saben mucho de la misión médica cubana y sucede que existe un paralelismo entre los procesos revolucionarios cubano y argelino, en la forma y el tiempo en que ocurrieron”.

—Tras sus vivencias en misiones internacionalistas, ¿cómo piensa que influyen en la medicina cubana y en las relaciones internacionales del país?

—Cuba ha jugado un papel aleccionador ante el mundo. Nosotros vamos a entregar nuestros conocimientos. Recuerdo haber ido a una población indígena extremadamente pobre. Tuvimos que viajar 20 minutos en avión, 40 en helicóptero y caminar una hora para llegar hasta allí. Encontramos pacientes operados en un lugar donde nunca había entrado un médico. Era una comunidad muy pobre pero muy limpia, y todo lo repartían a partes iguales. Aunque parezca increíble, tenemos mucho que aprender, por ejemplo, de los indígenas venezolanos, en cuanto a organización, disciplina e higiene.

“Cuando sales de misión y contactas con otras realidades, definitivamente regresas siendo mejor médico y mejor ser humano, porque creas mucha empatía con las necesidades ajenas y diferentes a las que conoces. He visto a personas accidentarse y no recibir atención médica porque no tenían dinero. Esas cosas en Cuba no ocurren. Te topas con enfermedades que aquí ya fueron erradicadas. En ese sentido, regresas con más experiencia y esos sucesos van cambiando tu pensamiento”.

—¿Qué lecciones valiosas de estas experiencias vividas quisiera transmitir a los jóvenes médicos cubanos que se están formando?

—El valor de la vida. ¡Cuánto vale la dignidad del ser humano! Aunque nos parezca algo normal tener acceso gratuito a la Salud, eso vale mucho. Si algo aportan los médicos cubanos en las misiones es una salud gratuita de altísima calidad, no solo científica, sino también humana, independientemente de los problemas que tenemos aquí. Y es que, donde quiera que haya un médico cubano, nadie se muere por falta de atención. Lamentablemente, en los países en los que estuve de misión sí habrían muerto muchos de no haber estado allí los médicos cubanos.

“Mi consejo para los jóvenes es que no le tengan miedo a la aventura, porque una misión tiene tanto de ciencia como de aventura. Que sepan que a cualquier lugar que lleguen lo primero que tienen que hacer es respetar la cultura. Que nunca crean que se las saben todas, porque incluso del lugar o la persona menos pensada se aprende algo. Y no es una opinión romántica; simplemente, todo el mundo tiene algo que enseñar, sea científico o no. En mis misiones aprendí mucho más que lo que aporté”. (Por: Albert Anthoni Romero García, estudiante de Periodismo)

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