¿Qué podemos diagnosticar cuando EE.UU., la mayor potencia militar de la historia, exhibe síntomas como taquicardia severa, temblores y crisis de pánico en su cuerpo político? La respuesta puede resultar aterradora. Resulta en un imperio en crisis nerviosa, y su desregulación colectiva es el fenómeno geopolítico más peligroso de nuestra era.
Hace algunas jornadas pude leer un extenso artículo que reflejaba una lúcida descripción de la disfunción política estadounidense, y sobre el tema creo que hay que resaltar algunos puntos clave.
Creo preciso comentar que en Estados Unidos no solo podemos hablar de “división” o “tribalismo”. Es algo más profundo, biológico incluso. Es “una nación atascada en modo de supervivencia”, como refiere el artículo. Su sistema nervioso político colectivo está tan sobrecargado que ha secuestrado su capacidad de actuar como una potencia racional en un mundo que ya no le obedece.
Y aquí radica el núcleo del problema: Estados Unidos no entiende —porque su “sistema nervioso” disfuncional no se lo permite— los resortes y la naturaleza del cambio multipolar que vive el mundo. Actúa como un animal herido, y un animal herido es impredecible y violento.
En medio de esas carencias, los síntomas descritos es preciso analizarlos con la lupa geopolítica, y nada mejor que comenzar con la manifiesta obsesión con tweets, declaraciones o escándalos en el ámbito político, mientras se ignoran las realidades sociales y geoeconómicas hacia lo interno de su país.
Mientras China firma acuerdos de la Franja y la Ruta en tres continentes y los BRICS amplían su influencia, el debate en Washington gira en torno a la última publicación de Trump en TruthSocial. Es la incapacidad de ver el tablero global porque están hipnotizados por sus propias fantasías y pesadillas internas.
Por otro lado, el ciudadano estadounidense promedio no analiza: delega. Delega en influencers de YouTube, en algoritmos de redes sociales, en think tanks financiados por la industria armamentística, el lobby israelí —que bien merece un artículo completo— o en conglomerados mediáticos que responden a seis corporaciones.
El resultado es una visión del mundo empaquetada, maniquea y diseñada para generar clics, no comprensión. ¿Cómo puede un pueblo así entender la resistencia cubana, la complejidad de la diplomacia hindú, la estrategia rusa o el ascenso pacífico de una potencia como China? No puede. Solo ve “buenos” y “malos”, réplicas de su propia guerra cultural interna proyectada al exterior.
Esto es un síntoma general, que trasciende a los demócratas y republicanos y se traduce en la visión de una política exterior ambigua. Para el sistema nervioso político disfuncional de EE.UU., un país es “aliado” —entiéndase sumiso— o “enemigo” —rebelde—. Los matices —la sutil pero poderosa realidad de que Brasil, India o Sudáfrica tienen sus propios intereses nacionales y no se alinearán automáticamente— son intolerables.
La idea de un mundo multipolar, donde el poder se diluye y las decisiones se toman en foros donde Washington no tiene veto, se procesa hacia lo interno como una amenaza existencial. No resulta para ellos una oportunidad para la cooperación; es un ataque a su identidad de “nación indispensable”.
A las claras, lo que sucede es la impotencia del animal herido. Un titular del Washington Post sobre una base naval china en algún lugar del mundo, un discurso de Putin, una declaración de Maduro, Alí Jamenei o Díaz-Canel, provocan una descarga de adrenalina colectiva. Se activa el pánico, la rabia, la necesidad de “mostrar firmeza”.
La política exterior deja de ser una herramienta de estrategia a largo plazo para convertirse en un mecanismo de regulación emocional a corto plazo: “Hay que bombardear algo, sancionar a alguien, hacer un ‘show de fuerza’ para que nuestro sistema nervioso colectivo se calme”. Es la diplomacia del shock, no de la razón.
La historia de Estados Unidos nos enseña que sus períodos de mayor agresividad imperial a menudo coinciden con crisis internas profundas. La Guerra Fría y la “caza de brujas” del macartismo nacieron del pánico a la pérdida de la hegemonía absoluta después de la Segunda Guerra Mundial. La “Guerra contra el Terror” y el Patriot Act fueron la respuesta traumática —y lucrativa— a los ataques del 11 de Septiembre.
Hoy, la situación es más compleja y el diagnóstico más grave. La división dentro de los Estados Unidos no es solo política; es racial, económica, cultural. La violencia armada es endémica. La deuda es estratosférica. La infraestructura se cae a pedazos. La productividad industrial es incomparable a periodos anteriores. Los indicadores de salud, pobreza y educación son preocupantes. La credibilidad de sus instituciones es históricamente baja. El sistema nervioso del imperio está en shutdown y overdrive al mismo tiempo.
Desde el punto de vista de la psicología, ¿qué hace un paciente así? Proyecta. Externaliza el conflicto. Necesita un enemigo unificador, una válvula de escape para la presión interna. Y he ahí el gran peligro. En el siglo XX, ese enemigo —la URSS— era claramente identificable y se regía por reglas de disuasión nuclear. Ahora, en el mundo multipolar que nace en este siglo XXI, el “enemigo” es difuso: es una alianza de Estados —BRICS+, Organización de Cooperación de Shanghái—, es un modelo económico diferente —el socialismo con características chinas—, es la simple insumisión de países que se niegan a alinearse —Venezuela, Cuba, Nicaragua, Irán—.
Al no poder procesar esta complejidad, la respuesta del sistema nervioso político disfuncional de Washington es reducirlo a una caricatura: es el “eje del mal”, el “autoritarismo”, los “Estados canallas”. Y luego actúa con la irracionalidad de quien actúa por pánico: invade, bloquea, sabotea, secuestra presidentes, asesina científicos, desata guerras comerciales y hunde economías. La operación para capturar al presidente Maduro, de la que escribimos también en esta sección, es el ejemplo de manual: un acto de violencia espectacular para alimentar en su gente la ilusión de control y potencia, mientras la casa se quema por dentro.
El camino de salida que sugería el texto leído —autorregulación, respirar, verificar hechos— considero que es una terapia imposible de aplicar a una superpotencia. No hay un diván lo suficientemente grande, ni un pueblo políticamente preparado para dejar de asumir que forman el corpus de un gran país.
El mundo, por su parte, no puede permitirse esperar a que Estados Unidos se autorregule. El orden multipolar no es una opción ideológica; es una realidad geopolítica y económica irreversible. Las naciones del Sur Global, cansadas de ser el patio trasero donde el imperio proyecta sus neurosis, están construyendo sus propias arquitecturas de seguridad, comercio y finanzas.
El peligro radica en la fase de transición. Un imperio en crisis nerviosa, con su inmenso arsenal militar y su moneda aún dominante, es la entidad más impredecible y, por tanto, más riesgosa del planeta. Su élite puede verse tentada a provocar un conflicto mayor —en el Mar de China Meridional, en Taiwán, en Europa del Este, en nuestra América— para intentar resetear el sistema a su favor, forzando al mundo de vuelta a la bipolaridad o a su unipolaridad perdida.
Nuestra tarea, como cubanos y como parte de ese mundo multipolar en construcción, es doble: entender la patología del imperio para anticipar sus arranques de ira, y fortalecer con inteligencia y firmeza los mecanismos de soberanía, integración y defensa de la paz.
No se negocia con un paciente en plena crisis de pánico dándole más armas. Se le contiene, se le aísla hasta que la crisis pase, y se sigue construyendo, ladrillo a ladrillo, el mundo policéntrico y justo que ellos, desde su disfunción, son incapaces de imaginar. La cordura, al parecer, tendrá que venir del resto del planeta. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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