Sube y sube
El refresco instantáneo, el de paquetico, el que te resuelve los desayunos y la merienda de la escuela para el niño, subió diez pesos en el kiosko de la esquina, un cambio que luego vería replicado en cada una de las pequeñas tiendas particulares de la zona.
El aguacate de estación, el que te completa el almuerzo, comenzó su habitual subida de precios de finales de octubre y a la mano de plátano burro, los carretilleros de la zona, comenzaron a ponerle una multa de cincuenta pesos, sin demasiadas explicaciones.
El puntico de cerveza Parranda más cercano, subió el vaso de ciento sesenta pesos a ciento ochenta y a la jarra de trescientos le sumaron treinta. Ante la molestia de los clientes, el vendedor se justificó con el alza del precio del dólar en el mercado informal: “¡Yo pongo el dinero en la yuma para que ustedes puedan tomar cerveza aquí, así que no se quejen tanto!”.
En esa misma dinámica, está el pomo de aceite que se pegó a los mil pesos y el paquete de croquetas salvavidas que de doscientos, pasó a doscientos cincuenta y más tarde llegaría a trescientos pesos.
Esto no es nada nuevo, viene sucediendo de manera sistemática desde 2021, y, como viene siendo habitual, nos ha tocado apretarnos el cinturón y pagar de nuestros bolsillos cada peso extra que la inflación nos reclama.
Se vuelve imposible mantener una programación de gastos, un ahorro fijo, un orden en nuestras economías familiares. Como dijera un amigo: “El dinero que logres ahorrar este mes, te hará falta para comer al mes siguientes”, y así vamos malviviendo.
En este sentido, quedan mejor parados los trabajadores del sector privado, porque este, por sus propias características, es capaz de moverse entre la marea inflacionaria y adaptar oferta, ingresos y salarios, para poder sostener la fuerza de trabajo y que la maquinaria siga funcionando.
En el caso de quienes trabajamos para el estado, la pintura es diferente. Es cierto que existen buenos ejemplos de cuantiosas utilidades y novedosos sistemas de estimulación y pagos por resultados, pero la generalidad se ve obligada a pluriemplearse: con dos, tres y hasta cuatro empleos, lo que el cuerpo aguante y el bolsillo pida.
Quiénes no logren adaptarse a la nueva realidad, quedan a merced de la precarización, una palabra que ha llegado para quedarse. De esta manera, la única vía posible para sobrevivir, es reducir gastos en servicios y productos esenciales; volvemos, malvivir.
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Cero gustos, no son tiempos de andar derrochando el dinero en vicios y placeres, además, fumar y beber está bien caro y es malo para la salud. Por otro lado, elimina de las compras todo lo que no te puedas permitir, vuélvete uno con la compleja situación económica que atraviesa el país, e intenta no morir en el proceso.
Parece chiste, pero no lo es. Cada día son más los familiares y amigos que me comentan que se sienten vulnerables, que temen llegar a un punto en el que necesiten ayuda, que se sienten incapaces de costearse un medicamento, e incluso, hay quienes han llegado a plantearse lo almorzar en el comedor del Sistema de Atención a la Familia más cercano, lo cual no deja de ser digno, pero debería ser una excepción, no la norma.
Los precios deben estar en un foco constante de atención, tanto por los autoridades como por la propia población, en un sistema en el que cada uno de nosotros sirva como un mecanismo regulador activo. El principal problema es la economía, pero no siempre las multas a lo que consumimos están totalmente justificadas.
Desde que los tabacos, los buenos, subieron a seiscientos y ochoscientos pesos, solo he vuelto a fumarlos en raras ocasiones, cuando uno de esos amigo, en mejores condiciones económicas que yo, me regala uno. Es cierto que sin ellos puedo seguir viviendo sin problemas, pero, definitivamente, mi vida es peor que cuando podía permitírmelos, al menos una vez a la semana.
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