
Una rumba, un jazz y un son para José y Onelia
El día de sus bodas de plata, a la hora de la siesta, José Iturrioz y Onelia Méndez tuvieron el mismo sueño extraño: un parque lleno de luces y trasnochadores a altas horas de la madrugada, buscando espantar con bailes y estribillos todas las penas de un país. Supieron entonces que el destino ya estaba escrito, incluso desde mucho antes; solo quedaba ponerse manos a la obra.
Hoy, el fantasma de José recorre las anchas calles del parque que él mismo ayudó a diseñar y construir, y se asombra de la multitud de seres danzantes, a pesar de la hora, los mosquitos y el calor de agosto; todos unidos en una coreografía cadencial, cuasi profética, en la que sudores y desvelos compartidos convierten a la muchedumbre en un enorme latido que pulsa al ritmo de la clave y el bongó.


No muy lejos de él avanza Onelia, con levitar pausado y los ojos bien abiertos, escrutando el paisaje nocturno. Maternal como solo ella sabía serlo, se fijó en los niños: docenas, cientos de ellos; los menos de rostro aburrido; el resto imitando los movimientos de mamá y papá. Onelia sonríe, y ve también al adolescente, la estudiante universitaria, los licenciados, el temba alardoso, la abuela que aprendió a bailar desde bien pequeña con la Aragón y ahora entiende que los tiempos son otros pero el baile es el mismo en su más profunda esencia, y se suma como puede al pasillo que echan sus nietos.
“Yo no soy de aquí / y ya no soy de allá, / yo aprendo a vivir / y el país viene y va”, canta un rubio de pelo rizado y sombrero vaquero mientras José detalla la procedencia de cada uno de los presentes. Hay gente de todas partes; cada uno con sus contextos, tradiciones, formas de buscarse la vida e ideologías diferentes. La doctora baila una buena rumba, el abakuá salta con el deejay de turno y el viejito de la Asociación de Combatientes reconoce que la juventud, después de todo, no está tan perdida.


Onelia no puede evitar preocuparse. ¿A dónde irán a parar tantas latas vacías? ¿Y los restos de comida? ¿La montaña de cigarros? Siente que el vergel al que tanto amor y cuidado le puso desde el instante mismo en que soñó con él peligra, pero se le pasa al ver cómo los responsables de tanta algarabía se encargan de recuperar el parque con el mismo amor y cuidado de su fundadora.
José, por su parte, como buen hombre de negocios que fue en vida, se fija en la variedad de ofertas gastronómicas y cómo las más caras lucen mostradores llenos y mesas vacías, mientras las más baratas no dan abasto con la afluencia de clientes, sin importar el hecho de ser privadas o estatales. “La clave está a la vista, solo hay que saber mirar”, piensa, y se compra mentalmente unas rocitas de maíz para pasar el rato en lo que llega la próxima orquesta.


La madrugada avanza y el público es cada vez mayor; sobre todo los más jóvenes. Onelia se cuestiona la razón detrás de tan extraño comportamiento, pero al escuchar cómo los presentadores anuncian a “Fulanito, uno de los más exitosos exponentes del género urbano en Cuba” o “Esperancejo, el alma del reparto”, queda libre de dudas. Sin embargo, cuál sería su sorpresa cuando el chama que fue solo a ver a Fulanito o Esperancejo sale del parque y lo primero que hace es gastarse los pocos megas que le quedan descargando el rico son montuno con el que no pudo evitar mover los pies en lo que esperaba por su repartero favorito.


Ya casi amanece. Las últimas almas abandonan el parque en una conga improvisada, y José y Onelia se suman a la algarabía. Los bailadores regresan a una realidad demandante, angustiosa, de la que escaparon durante algunas horas en aquel parque de ensueño. De nuevo el bombillo apagado, la llave de paso abierta en espera de un hilito de agua. Mas, la lucha es ahora un poco menos ardua: se tiene el recuerdo, la foto del ratico de desconexión, en la cual si aguzas bien la mirada y no reniegas de esa veta de superstición que nos viene en la sangre, verás un par de fantasmas merodeando con expresión de asombro.


José y Onelia presencian ahora un nuevo espectáculo. El sol asciende desde un calmo Mar del Sur y la península se ilumina de a poco con sus tonos dorados. La noche llegó a su fin, pero este festival/sueño no termina y los protagonistas de la próxima velada preparan con fruición la rumba, el jazz, los sones que pondrán a bailar a un mar de gente que necesita muchas cosas, pero, sobre todo, un poco de esperanza.
