El Cinematógrafo: Yo también la vi brillar
I Saw the TV Glow es apasionante desde su título –traducido al español como El brillo de la televisión o Vi el brillo del televisor, si bien prefiero el más literal y evocador Yo vi la tele brillar–. Suena a fantasía posmoderna, casi sentimos chisporrotear los electrones entre el “I”y el “Glow”, pero no va de sueños eléctricos ni de inteligencias artificiales. Ni siquiera es tan ochentera como pudieran sugerir su póster o su premisa, y mucho menos proviene –como caí en el error de sospechar– de algunos terrores de aquella década relacionados con la condición del televidente, dígase Halloween III: El día de la bruja o Videodrome.
Es, entre todos sus misterios, una de las grandes películas sobre la nostalgia y sobre el peligro de la nostalgia. No solo está para emocionar al espectador por el recuerdo o el cuestionamiento de lo que fue o no pudo ser, sino que ilustra el grave riesgo que corremos si nos quedamos atrapados en una etapa de nuestra existencia por negarnos a rebasarla, encogidos en posición fetal ante el mundo venidero, acobardados de ser quienes somos.
Como la imagen más difundida de este producto es aquella que nos muestra al aparato del título refulgiendo en la oscuridad con una persona delante –intuimos que un adolescente afroamericano por su peinado, recortado contra la luz–, en un diseño visual muy reminiscente de las pesadillas suburbanas de Joe Dante o del mundo de Poltergeist, los aún profanos en la experiencia presupondrán, tal fue mi caso, que pese a tanta aclamación y prestigio podría no haber mucho para saciar las expectativas, o que el contenido sería fácil de asimilar en una sola tarde.
Error de percepción grave: que nos vendan como cebo la premisa de un muchachito a punto de ser absorbido por un televisor no significa que no podamos estar ante una de las películas del siglo.
Aquí la caja tonta no es tanto un emisor del mal como un refugio de este. Divertimento que salva. Una pecera de homúnculos que van de un lado para otro, show tras show, y abstraen de su realidad a quien se sienta a mirarlos. Y es tan poderosa, tan hipnótica y reconfortante, que uno se llega a inquietar viendo a los personajes tan concentrados en ella.
¿No nos enseñó Hitchcock que mientras más cerrado el encuadre es mayor el miedo a lo que queda fuera y no se ve? ¿No perturba más el mito de la caverna de Platón que todo Saw junto? Hacia el final de Lo que el Cielo nos da, melodrama de Sirk, los hijos de Jane Wyman le regalaban a su madre un televisor antes de seguir cada uno por su lado: ya no estaría sola en teoría, pero en toda la película nunca se siente más sola que en ese momento.
A espaldas o alrededor del que mira fijo una pantalla, o lo que sea, siempre podría estar pasando algo. Tan terrible como un monstruo o, peor, la propia vida. Esto último debió sentirlo tanto en su pasado Jane Schoenbrun que, recompuesta de sí misma en la madurez, abrazada a su identidad sin esconder nada de nadie, nos ha regalado a cambio de tanta asfixia e incertidumbre la primera gran obra maestra sobre la disforia de género.

La vi brillar de noche, acostado, sin sueño, en la pantalla de una laptop apoyada sobre mis muslos. En la más absoluta oscuridad de una Cuba y de un hogar apagados eléctricamente, realmente vi brillar esta película sobre el brillo de la pantalla y otros temas. Porque fulgura con fuerza, como una lámpara psicodélica a la hora del sexo, o como una lluvia púrpura en la que nos bañamos al son de los guitarrazos de Prince. Iluminada así, una película se acaba convirtiendo en el espejo a través del cual, como la Alicia de Lewis Carroll, algo encontraremos. Quizás a nosotros mismos.
También yo fui hechizado, como los personajes, por el resplandor de sus colores, obra de un director de foto llamado Eric K. Yue a quien no conozco pero siempre quedaré eternamente agradecido en nombre de mis pupilas. También yo fui engullido por una trama de ficción donde me encontré, a los pocos pasos, en busca de las verdades más puras, y temí con todas mis fuerzas el triunfo del Sr. Melancolía, emisario terrible de lo que pudo ser y podría no ser jamás.
I Saw the TV Glow, como la también terrorífica “secuencia Pottersville” en ¡Qué bello es vivir! de Frank Capra, como El amor en los tiempos del cólera de García Márquez, es una obra maestra del “qué habría pasado”, el sagrado what if…? de la fantasía.
El efecto de determinadas obras se va percibiendo más a los pocos años que en su salida inmediata. De ahí que en 2026 el interés por el segundo largometraje de Schoenbrun sea mayor, como de culto ya, de lo que pudo parecerlo en 2024. Mucha gente por el camino se ha encontrado en ella; mucha menos de la que se seguirá encontrando mientras “el mundo gire”, como cantaba Julee Cruise en el episodio de Twin Peaks donde el agente Cooper descubría quién mató a Laura Palmer.
Y caigo en Twin Peaks porque es más fuerte que yo la tentación de celebrar por escrito lo que llevo celebrando en mi corazón desde que vi este film: su cercanía al universo visual, sonoro y narrativo de David Lynch, así como la inteligente manera en que le es cercano.
Algunos homenajes entienden tan bien lo que homenajean que no se privan de tener vida propia, de ser interesantes por sí mismos, de aportar cosas nuevas a un mundo ya creado que se mantiene inagotable –véase la secuencia en ese “lugar a las afueras de la ciudad”, el lugar en sí y cómo la música se adueña de él, tan decisiva y aplastante como el diálogo–.

Lo ha confirmado, además, la autora en declaraciones varias y lo he sentido yo antes de leerlo en fuentes oficiales, porque, en efecto, quienes somos sensibles a expresiones como terciopelo azul, Mulholland Drive o “fuego camina conmigo” estamos de enhorabuena cuando vemos esta I Saw the TV Glow con que Schoenbrun ha hecho el mayor tributo posible a un maestro desde Brian de Palma a Alfred Hitchcock. No quisiera cometer, por tanto, el grave error de compararla continuamente con el legado que la influye; lejos de favorecerla, parecería que sin Lynch en la cabeza no soy capaz de reconocerle su mérito propio e incluso amarla.
Pero al mismo tiempo sería injusto si callara que desde Twin Peaks: El retorno nada me había vuelto a interpelar tanto a tan altas horas de la noche/madrugada. Ni a mí ni a la espectadora acostada a mi lado, portadora a intervalos de la laptop en sus muslos, viajera de su propia travesía por entre los fotogramas como cada cual ha de transitar la suya, por apretados que estemos en una misma sala de cine y por fijos que estemos en un mismo lugar.
Pues la oscuridad no es la única realidad que esta película es capaz de revertir: también las vidas, individuales e indivisibles, de quienes la ven, como si de un casete personalizado con propiedades mágicas se tratase.
Owen, el protagonista que encarna Justice Smith, nunca olvidaría la primera vez que vio El Rosa Opaco, programa ficticio de televisión que propicia el juego intertextual del relato. Yo tampoco podría olvidar la primera vez que lo vi hacerlo, porque I Saw the TV Glow no solo se pega al recuerdo reciente, sino que desde el futuro parece decirnos a cada uno “Te acordarás de mí”. Como susurró en su día al oído del crítico, qué se yo, el 2001 de Kubrick, por poner un ejemplo nada original.
Es casi intimidante, como el escalofrío en la nuca que dejan los espectros, saberte sobrepasado temporal e intelectualmente por una obra que, a diferencia de ti, no tendrá nunca fecha de muerte.
Si ese susurro subjetivo que nos deja se analiza con una base real, tiene mucho de razonable: a juzgar por los criterios y reevaluaciones de 2024 hacia hoy, en efecto nos acordaremos de ella… si es que algún día la olvidamos; no ha hecho otra cosa que crecer y asegurarse su culto, curiosamente muy en paralelo con la tremenda reevaluación de la carrera de Lynch tras su muerte en enero del 25 –hasta el maestro ha conspirado en su ausencia– y, en especial, de Twin Peaks: Fire Walk With Me, no por casualidad la cinta favorita de la directora que nos ocupa y otro testimonio fascinante de la desesperación que sufren los jóvenes bajo presiones más visibilizadas hoy que en los 90.
Muy agradable es saberse tras la pista de un nuevo clásico, pero eso no lo es todo. Cuando siento que una película me habla desde el futuro, no me da por pensar a cuántos les habrá cambiado la vida o convertido en cineastas, como a Schoenbrun le ocurrió con el diario secreto de Laura Palmer, o para cuántos ensayos, libros y documentales dará: lo que pienso es que dentro de muchos años me seguirá desafiando y conmoviendo tanto o más que al principio y, en este caso, como pocas de su era.
Qué frustrante se me hace terminar el texto, sabiendo que dentro de una mínima revisión de la película, o dentro de unos pocos minutos, tendré mucho más por decir de ella que lo hasta aquí escrito. El brillo no se apaga.

FICHA TÉCNICA
Título original:I Saw the TV Glow; Año: 2024; País: Estados Unidos; Dirección y guion: Jane Schoenbrun; Fotografía: Eric K. Yue; Banda sonora: Alex G y otros; Montaje: Sofi Marshall; Reparto: Justice Smith, Brigette Lundy-Paine, Emma Portner, Helena Howard, Lindsey Jordan, Conner O’Malley, Ian Foreman, Fred Durst, Danielle Deadwyler; Duración: Una hora y 40 minutos.
