Dialogar entre presiones, ¿qué esperar?
El pasado viernes, en comparecencia ante la prensa nacional, el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, anunciaba que el Gobierno cubano había sostenido conversaciones con funcionarios norteamericanos. Al momento del anuncio, de acuerdo a lo declarado por el mandatario, se construían las agendas de intercambio mutuo y se trabajaba en la determinación de problemas bilaterales y posibles vías de solución.
La noticia, entre un pueblo desgastado por el peso de una de las más implacables crisis de su historia, representa un hálito de esperanza, no cabe duda. No son pocos los que recuerdan los años del «deshielo» de Obama, los cruceros, el boom del turismo estadounidense, el concierto de los Rolling Stones y sueñan hoy con las inversiones estadounidenses que pongan fin a los apagones, con capitales norteños que reactiven el turismo, con mercancías invadiendo cada barrio o con anaqueles desbordados de productos. Pero, no habría que ser experto en ciencias políticas para advertir las contadas posibilidades que pudieran ofrecer las conversaciones actuales.
Cuando en 2014 el entonces presidente de los consejos de Estado y de Ministros, Raúl Castro Ruz, informaba a la población del inicio de un proceso de normalización de relaciones con Washington, las condiciones nacionales, regionales y globales eran otras.
Desde su primer mandato (2009-2013), Obama había levantado las restricciones de viajes y envíos de remesa a la isla que George W. Bush impuso como parte de su Comisión para asistir a una Cuba libre. El demócrata, desde el comienzo de su administración, se había desentendido de la línea más dura que había asumido su predecesor republicano, retomando las conversaciones diplomáticas en campos de interés mutuo y llegando a declarar ante distintos jefes de estado del hemisferio que quería un nuevo comienzo en las relaciones con Cuba. Con ese discurso, Obama ganó un altísimo porciento del voto cubanoamericano en Florida, muestra del peso que entre esta comunidad comenzaba a tener la población cubana emigrada a partir de los 80, más preocupada por las condiciones de vida de la isla y de sus familias que por cuestiones de índole política.
Pero, el cambio histórico que supuso la apertura desarrollada durante su segundo período presidencial (2013-2017), no solo fue posible por el desplazamiento de los sectores más radicales dentro de la emigración cubana en Estados Unidos, sino también por el panorama regional imperante. La buena voluntad de Obama hacia Cuba, con el restablecimiento de relaciones, la apertura de embajadas, la flexibilización de sanciones o la invitación extendida a Raúl Castro para asistir a la VII Cumbre de las Américas no fue casual. En una América Latina dominada por la izquierda, las proyecciones antimperialistas y bolivarianas; el acercamiento a Cuba fue entendido como un paso necesario para la recomposición de unas desgastadas relaciones con el hemisferio. Cuba y la apertura formaban parte del New Deal que perseguía Obama en su política hemisférica. Hoy, lastimosamente, el panorama es otro.
Es válido recordar que fue Trump, agradeciendo el apoyo —poco determinante, por cierto— de los representantes más reaccionarios de la comunidad cubana en la victoria de 2016 frente a Hillary Clinton, fue quien deshizo cada uno de los avances de la era Obama. El ex empresario asumió desde 2017, año inicial de su primera etapa (2017-2021) al frente del Despacho Oval, una posición extremadamente hostil hacia nuestro país: limitó los viajes a Cuba, prohibió las transacciones con un amplísimo conjunto de empresas cubanas, redujo el personal consular de la embajada estadounidense y suspendió tanto el Programa de Reunificación Familiar como el Programa de Admisión de Refugiados.
En 2019, por su parte, la administración Trump lanzó una cruzada de máxima presión en pos de cortar las principales fuentes de divisas de Cuba, disuadir a inversionistas extranjeros y obstaculizar el abastecimiento energético de la isla.
Para estos años, como bien ilustra el politólogo estadounidense William LeoGrande en un trabajo publicado por la revista Temas en 2024, un alto porcentaje de la emigración cubana había abandonado su apoyo al mejoramiento de relaciones y al diálogo con La Habana. Si bajo Obama los ciudadanos cubanos que habían llegado con las oleadas migratorias de 1980 y 1994 habían sido votantes demócratas, con posturas habitualmente moderadas en relación a Cuba, con Trump, fruto de su discurso macartista, las posiciones de estos grupos pasaron a reorientarse hacia el bando republicano y líneas más reaccionarias.
Si en 2018 una encuesta revelaba un estrecho margen de apoyo al bloqueo entre la comunidad cubana (51%), para 2020 un sondeo desarrollado por la misma institución exponía un notable incremento del respaldo a la política de asfixia (60%). Para 2022, por su parte, el apoyo repuntaba hasta en un 63%, al tiempo que datos recopilados entre los cubanos recién llegados al país por aquellos años apuntaban a un abrumador rechazo a la política de Biden hacia Cuba, aun cuando la proyección de este varió muy poco de la de su predecesor.
En este contexto, al mismo tiempo, comienza a cambiar la recomposición política del hemisferio: el principal socio de Cuba en el área, Venezuela, en medio de la sucesión de poderes tras el deceso de Chávez, enfrentaba la arremetida de una oposición cada vez más pujante y el impacto de la intensificación de las sanciones internacionales; en naciones del Cono Sur como Argentina, Brasil, Bolivia, Uruguay y Ecuador, la derecha cercana a Estados Unidos marginaba del poder a la izquierda que había impulsado desde principios del siglo disímiles proyectos de integración que habían pretendido socavar la hegemonía imperial sobre la región. Entre estos, la política de Trump hacia la isla encontró importantes aliados.
Solo en los últimos años la izquierda logró recuperar un escaso lugar en el mapa político latinoamericano. Esto, sin embargo, no devino en reposicionamientos en defensa de la soberanía cubana. Por el contrario, esta nueva izquierda —mucho más conservadora— adoptó una línea de condena al gobierno de la isla, convertido junto a Venezuela en una especie de sambenito en una América cada vez más antiprogresista.
Cuando el 20 de enero de 2025 Donald Trump juramentaba para otros cuatro años al frente de la Casa Blanca, hallaba un escenario más que favorable para la continuidad de su política hostil hacia Cuba. Aun sin constituir una gran prioridad dentro de su agenda exterior, su administración no tardó en actuar contra la nación caribeña. En el propio mes de enero revocaba la decisión de Joe Biden de sacar a la isla de la lista de estados patrocinadores del terrorismo, en junio del 2025 firmaba un memorándum que revertía muchas de las escasas medidas de alivio que el demócrata había suscrito, al tiempo que en septiembre ordenaba identificar formas de imponer restricciones más estrictas a los viajes y las transacciones financieras.
Desde enero del presente año, por su parte, Cuba pasó a ser un tema recurrente dentro de las declaraciones del propio presidente y de figuras pertenecientes a su entorno. Tras la incursión militar en Venezuela, por ejemplo, llamaba en tono amenazante al Gobierno cubano a llegar a un acuerdo inminente y, veintitrés días después del secuestro de Nicolás Maduro, firmaba una orden ejecutiva que calificaba a Cuba como una amenaza inusual y extraordinaria, imponiendo un bloqueo energético sobre el país.
En medio de la paralización de numerosas actividades y la agudización de la crisis económica al calor del recrudecimiento del bloqueo, el inquilino de la Casa Blanca pareció dejar abierta la puerta a un diálogo. Medios como Politico, Axios o USA Today, a partir de informaciones —deliberada e intencionalmente expuestas por Washington, en mi opinión— obtenidas de funcionarios consultados, circularon notas sobre conversaciones y posibles acuerdos.
Este aparente giro de guion, sin embargo, fue momentáneo. Si bien el presidente norteamericano no ha rechazado en ningún momento —de forma explícita al menos— la posibilidad de entablar una negociación con La Habana, tampoco ha abandonado su retórica injerencista y hostil hacia el Gobierno cubano, como se ha expuesto antes. El lunes pasado, por ejemplo, Trump afirmaba a la prensa que sería un honor para él tomar Cuba. «Tomar Cuba, eso sería un gran honor. Tomar Cuba, tomar Cuba de alguna forma, sí. Ya sea liberarla o tomarla. Podría hacer lo que quisiera con ella».

Por las mismas jornadas, The New York Times reseñaba que Washington perseguía la destitución del presidente, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, como primer paso para impulsar una serie de cambios al modelo económico de la isla.
En relación con esta información, el viernes 13 de marzo, horas después de la confirmación de las conversaciones por la parte cubana, Bloomberg aseveraba que la administración Trump estaría considerando convertir a Cuba en un protectorado estadounidense mediante una asfixia continua que forzase al país a depender por completo de Estados Unidos en el futuro, a la vez que señalaban, igualmente, el interés de sustituir al jefe de estado cubano.
Este afán de transformar a Cuba en un estado satélite, en un gobierno tutelado al estilo venezolano, que la administración estadounidense está dando a entender, reduce a la mínima expresión cualquier probable saldo efectivo de las conversaciones.
A ello y a las desfavorables condiciones que se presentan entre una emigración cada vez más reaccionaria, se une la contradicción que suscitaría para el actual secretario de Estado un entendimiento o cualquier acuerdo que excluya una transición de poderes en la isla. Marco Rubio no solo ha sido un histórico defensor de la estrategia más violenta hacia nuestro país y, en consecuencia, un acérrimo enemigo del acercamiento, sino que ha deslizado, además, la posibilidad de lanzarse en 2028 a la carrera por la presidencia de la nación. Por tanto, a menos que en un futuro cercano el secretario de Estado se desmarque del gabinete, cualquier flexibilización de las presiones sería un signo de debilidad y un suicidio político frente a los lobbies reaccionarios que pudieran respaldar su candidatura, convirtiéndolo en un obstáculo casi insalvable para avanzar en cualquier diálogo.
Estados Unidos, en relación con Cuba, parece más interesado en lograr la consecución de sus intereses históricos con una estrategia parecida a la seguida en Venezuela. Con el cerco económico cada vez más ceñido, con su discurso injerencista y las amenazas diversas, Trump sigue su tradicional estrategia de laverage, que ha empleado con anterioridad con la propia República Bolivariana, con Irán y otros rivales geopolíticos. Pensar que un político como él, que no ha temido mostrar la cara más desagradable del imperialismo sin ningún pudor, esté dispuesto a un diálogo en condiciones de igualdad y apego al Derecho Internacional, sería pecar de ingenuos. Frente a Estados Unidos, en las presentes circunstancias, nuestro país se sienta en una mesa inclinada, con la soga al cuello y el revólver pegado a la sien. Poco o nada cabe esperar.

Me doctoré en Ciencias Políticas en 2021, aunque mi formación inicial fue en Derecho. La Ciencia Política de mi doctorado NO es la Occidental, sino la de enfoque SUR, el Sur de los que fuimos colonizados o neocolonizados: el SUR de los humildes. El SUR me obliga a pensar que la posible intervención norteamericana en Cuba jamás será para preservar la independencia nacional, sino para convertir al país en un PROTECTORADO, que no es más que una relación de dependencia, significa aceptar la soberanía nacional de manera compartida con EE.UU, por tanto una soberanía maniatada que apunta inexorablemente a la colonización de Cuba o a la neocolonización moderna, a contrapelo del ideario de soberanía plena preconizado por el Héroe Nacional José Martí. ¿ Es eso lo que quiere y merece el pueblo cubano? LO DUDO!!!!