¿Qué está pasando en Minneapolis?

Minneapolis hierve. No es el calor, ni los efectos del cambio climático. Allá muy al norte, el frío glacial de la represión calculada es lo anda quemando las calles de esa ciudad del Medio Oeste estadounidense.

Minneapolis hierve. No es el calor, ni los efectos del cambio climático. Allá muy al norte, el frío glacial de la represión calculada es lo anda quemando las calles de esa ciudad del Medio Oeste estadounidense.

Bajo la apariencia de una urbe próspera —con una tasa de desempleo del 4%, por debajo de la media nacional, y un sistema de salud calificado como el mejor del país— late la herida abierta de un conflicto que desnuda las entrañas podridas del imperio. Los asesinatos a sangre fría de la ciudadana Renee Nicole Good y del enfermero Alex Pretti, perpetrados por agentes federales en apenas días, no son incidentes casuales ni aislados. Son la punta de lanza de una estrategia sin sentido, al menos aparente.

Es el reflejo de la aplicación de una díscola política hacia el frente interno, que el régimen trumpista, acorralado por sus fracasos económicos y sociales, trata de sofocar, sin resultados en su caos interno. Es la declaración de guerra a su propio pueblo para salvarse en las urnas.

A primera vista, Minnesota es la envidia de la Unión. Los datos económicos pintan un cuadro de vigor: una fuerza laboral de 3.17 millones, crecimiento en sectores como la construcción y los servicios de salud, y un PIB per cápita que se codea con los 15 estados más ricos. El gobernador demócrata Tim Walz podría enmarcar estas cifras como un triunfo. Pero los papeles, como se sabe, lo aguantan todo.

La realidad que respiran sus habitantes, especialmente los negros, los indígenas y ahora los migrantes, es la de un estado laboratorio del abuso policial.

En 2023, el Departamento de Justicia federal —el mismo que hoy observa pasivamente la carnicería— concluyó que la Policía de Minneapolis (MPD) incurría en un patrón sistemático de conducta inconstitucional. Usaba fuerza excesiva, discriminaba por raza y violaba los derechos de las personas con problemas de salud mental.

Este hallazgo, resultado de la investigación tras el asesinato de George Floyd en 2020, no fue una cura, sino un diagnóstico ignorado. El sistema inmunológico del estado profundo racista rechazó la medicina. Y en lugar de sanar la herida, la administración Trump decidió echarle sal y mercenarios.

¿Por qué Minneapolis? La elección no es casual. Responde a un manual de distracción geopolítica que los cubanos conocemos bien: cuando los problemas internos asfixian, se inventa un enemigo externo —o interno— para unir a la población detrás del «líder».

Donald Trump llega a este momento con la popularidad por los suelos. Solo el 32% de los estadounidenses cree que su vida ha mejorado bajo su mandato. La deuda nacional se dispara, la inflación corroe los salarios, el acceso a la vivienda y la salud es un lujo, y la amenaza de una derrota demoledora en las próximas elecciones de medio término se cierne sobre el Partido Republicano.

Entonces, ¿cuál es la solución? Para un personaje cuyo único principio es su ego, la respuesta es crear caos para luego presentarse como el único capaz de poner orden. Minneapolis, con su gran comunidad somalí —a la que Trump ha difamado públicamente— y su historial reciente de protestas por justicia racial, era el blanco perfecto.

Así, en diciembre de 2025, llegó el asedio. Más de 2 800 agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y la Patrulla Fronteriza —superando en número a toda la policía local— invadieron las Ciudades Gemelas. Su misión, en teoría: deportar migrantes. Su práctica real: una ocupación militarizada que convirtió barrios en zonas de cacería.

La operación de terror siguió su curso, amparada en una impunidad casi absoluta, hasta que la barbarie traspasó un límite que ni la sociedad estadounidense, adormecida por décadas de violencia normalizada, pudo tolerar.

El 7 de enero, Renee Nicole Good, madre de tres hijos, fue ejecutada. Los videos son incontrovertibles. Manejaba su auto, intentando salir de una calle bloqueada por un operativo del ICE. Hablaba con los agentes, con la ventana abierta. No hubo amenaza, ni intento de atropello. Solo el insulto de un agente y tres disparos a la cabeza a quemarropa.

La versión oficial de la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem —una halcona trumpista— fue que resultó «terrorismo doméstico». El mensaje era claro: cualquier ciudadano que se interponga en la «misión» es un terrorista legítimo a eliminar.

Días después, Alex Pretti, un enfermero de 37 años, caía asesinado. Presenció cómo agentes derribaban a una mujer durante una redada. Pretti, un profesional de la salud que dedicó su vida a salvar a otros, fue masacrado por quienes juraron «proteger y servir». Sus padres tuvieron que salir a desmentir las «repugnantes mentiras» de la administración, un dolor que ningún familiar debería padecer.

Estos asesinatos no son «daños colaterales». Son el objetivo. Buscan aterrorizar, disuadir la solidaridad y forzar una sumisión total. Demuestran que, para el trumpismo, la ley es lo que ellos dicen que es, en el momento que lo dicen.

La renuncia de Tracee Mergen, supervisora del FBI que investigaba el caso Good, presionada por Washington para cerrarla, lo confirma: la justicia es otra rama del poder ejecutivo.

Pero aquí está la ironía sublime, el giro que el guionista de la Casa Blanca no previo: Minneapolis no se doblegó. Se transformó en el epicentro de una resistencia masiva y multifacética que está escribiendo un nuevo capítulo en la historia de la lucha social en Estados Unidos.

Lejos de acobardarse, la ciudad despertó. Grupos de vecinos se organizaron con silbatos para alertar de la presencia del ICE. Ciudadanos armados solo con sus celulares formaron brigadas para filmar todas las acciones de los agentes, creando un archivo invaluable de evidencia. Abogados ofrecen servicios pro bono, se crearon bancos de alimentos comunitarios y redes de transporte seguro para personas migrantes. El viernes 16 de enero, una huelga general paralizó la ciudad.

Miles de personas, desafiando un frío glacial, salieron a las calles no solo para protestar, sino para proteger a los más vulnerables. El sueño trumpista de una cacería humana eficiente se estrelló contra el muro de la solidaridad concreta.

Esta resistencia está logrando grietas incluso en el campo político del Partido Republicano. Chris Madel, abogado y candidato republicano a la gobernación, dio un paso inédito: abandonó su campaña y renunció a su partido.

«No puedo mirar a mis hijas a los ojos y decirles que me postulo como republicano, cuando ellos están deteniendo a hispanos y asiáticos por el color de su piel», declaró.

Su denuncia de allanamientos ilegales y detenciones raciales demuestra que la brutalidad es tan obscena que traspasa las líneas partidistas.

Minneapolis es, hoy, un espejo diminuto pero nítido de Estados Unidos. Refleja la profunda contradicción entre una economía que genera números sanos en una hoja de Excel y una sociedad enferma de racismo, desigualdad y violencia estatal. Demuestra cómo un régimen en decadencia moral y política recurre al fascismo doméstico —la movilización de fuerzas paramilitares contra civiles— para perpetuarse en el poder.

Desde Cuba, observamos este drama con la amarga lucidez de quienes hemos vivido las amenazas de invasión por parte del mismo imperio que hoy se devora a sí mismo. Vemos en los valientes de Minneapolis —en las madres, los enfermeros, los trabajadores que salen a la calle— el mismo espíritu de dignidad que ha sostenido a nuestro pueblo.

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Sobre el autor: Gabriel Torres Rodríguez

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