¿Qué puede resultar de un no entendimiento entre China y los Estados Unidos?

¿Qué puede resultar de un no entendimiento entre China y los Estados Unidos?

La reciente interacción entre Pekín y Washington, más allá de las anécdotas y los gestos de amistad que a veces disfrazan la fricción, nos obliga en A Contragolpe a analizar una trascendental inquietud: ¿qué pasa cuando dos potencias no consiguen construir un marco estable para convivir?

En esa compleja dialéctica, la visita más reciente del presidente chino a Estados Unidos —con su tambaleante combo de desfiles militares, promesas de cooperación y advertencias veladas— ofrece más que un espectáculo diplomático. Ello señala la tensión entre la necesidad de coordinación y la lógica de la competencia estratégica que define el siglo XXI.

En esa escena, los exabruptos de Trump o el fallido protocolo de una gala de Estado son solo la parte teatral de una confrontación que podría volverse estructural si no se gestiona con claridad. Y ahí, la clave no está en la retórica de las palabras de ocasión, sino en lo que esas palabras revelan —o no— sobre la estructura de poder y la economía política que las sostiene.

El propósito estratégico de Estados Unidos ha sido durante décadas mantener su hegemonía tecnológica, financiera y militar, mientras intenta contener la expansión geoeconómica de una China que, por su parte, ha construido un sistema de crecimiento que ha dependido, paradoxalmente, de la interdependencia con el consumo y la financiación occidental.

Creemos en A Contragolpe que existe una desventaja tremenda para Washington, ya que, si el encuentro se evalúa solo por el ruido de los gestos, se pierde de vista que la economía china ha configurado una red de incentivos que condiciona las decisiones de inversión, tecnología y comercio de Estados Unidos en niveles que ya no son negociables con simple voluntad política.

El déficit comercial, las cadenas de suministro, la inversión en infraestructura y el peso de un mercado que no se puede ignorar, han estructurado una relación en la que Estados Unidos no puede prescindir de China sin asumir costos enormes en empleo, precios y crecimiento. En la práctica, la “guerra fría” tecnológica, la presión sobre empresas y la necesidad de diversificar proveedores se vuelven inevitables si se quiere frenar la dependencia sin provocar un colapso de su economía doméstica.

En ese marco, cobra sentido analizar la tesis de que China es hoy imprescindible para la supervivencia económica de Estados Unidos. No se trata solamente de un hecho contable, sino de una lógica de flujo que incluye mercancías, capital, tecnología y consumo, la cual cruza los océanos con una densidad que convierte a China en un socio imprescindible para mantener empleo, precios y dinamismo en una economía que intenta competir sin perder la base manufacturera.

Por otra parte, la realidad financiera aporta otra capa. China ha invertido, históricamente, en la financiación de bonos del Tesoro de Estados Unidos, un canal que, para Beijing, ha sido un mecanismo de circulación de recursos y garantizado ingresos para su propio desarrollo. Aunque hoy la proporción exacta de tenencias puede variar, la lógica de esa relación es innegable, porque la compra de deuda estadounidense por parte de China crea un lazo de interdependencia que, a la vez, concede a Beijing herramientas de influencia y a Washington una necesidad de mantener acceso a financiamiento global.

¿Un negocio redondo? En términos prácticos y generales, creo que sí. A grandes rasgos y de manera simplificada, China paga a Estados Unidos para que Estados Unidos le compre deuda, y esa deuda, a su vez, financia importaciones que alimentan el crecimiento chino. Es un ciclo que demuestra la forma en que la economía global opera en un marco de intereses cruzados.

En ese sentido, la conversación oficial entre los dos países durante y después de la cumbre ha resaltado tres ideas chinas que, bien interpretadas, podrían allanar un camino: respeto, equidad y reciprocidad.

Según lo que comunicaron las agencias oficiales y el reconocido profesor chino Diao Daming, el objetivo es establecer un marco en el que los intereses fundamentales de cada nación sean considerados sin que ello excluya la cooperación en áreas de interés común, como el desarrollo tecnológico responsable, la seguridad y la gobernanza de problemas globales.

Vayamos, sin embargo, a un aspecto que suele quedar fuera de las cabeceras más rimbombantes, y es el papel de China en los procesos de descolonización global y su relación con mercados, inversiones en infraestructura y el apoyo político a países sancionados.

El análisis de la postura china ante la descolonización y las posturas hacia Cuba e Irán se enmarca en una visión de gobernanza internacional que insiste en la soberanía y la no injerencia, y que propone un nuevo tipo de relaciones internacionales igualitarias.

En el discurso del vicepresidente Han Zheng ante la ONU, China señaló que debe respetarse la soberanía y la seguridad de los países, y exhortó a poner fin a la presión que se ejerce sobre Cuba, a la vez que defendía la necesidad de evitar el bloqueo y las sanciones que complican el desarrollo de las naciones más vulnerables. En esa misma dirección, Pekín ha buscado construir una red de relaciones que favorezca la cooperación Sur-Sur, con inversiones en infraestructura, comercio y cooperación financiera que buscan reducir la dependencia de un orden global dominado por potencias centrales.

La lectura materialista de ese fenómeno sugiere que la estrategia china de ampliar puentes con Estados y regiones que han sido históricamente marginados persigue, entre otros objetivos, diseñar un contrapeso a la hegemonía de Estados Unidos. Dicho de otro modo, China no sólo observa la arena geopolítica; la reconfigura desde la base de sus intereses de desarrollo y seguridad, promoviendo alternancias que podrían contribuir a una mayor estabilidad global al distribuir el peso de la economía mundial entre más actores.

En ese marco, la relación de China con Cuba —durante años objeto de sanciones y de esfuerzos por cortar su acceso a recursos— aparece como un caso simbólico de esa estrategia, y luce no como una alianza basada en la imposición, sino una alianza que busca sostener corredores de suministro y cooperación tecnológica y social que permitan a Cuba mantener su propio rumbo pese a las adversidades impuestas desde otros polos.

Y en esa lógica, la geopolítica global se redefine desde el respeto a la soberanía y la promoción de un orden internacional que priorice la cooperación en lugar de la confrontación como único medio para resolver disputas.

Si no existe un entendimiento entre China y Estados Unidos, ¿qué escenarios podrían surgir? Desde la óptica del materialismo histórico aplicado a la geopolítica, la ruptura podría traducirse en un aumento de la rivalidad estratégica, con consecuencias reales para la economía mundial. Una posibilidad es la intensificación de la fragmentación de cadenas de suministro. En ese marco, cada lado podría buscar redirigir inversiones y capacidades de producción hacia aliados y socios de la región, lo que conllevaría una competencia más dura por mercados y recursos estratégicos. En un escenario más catastrófico, la vía militar luce como definitiva, y peligrosamente mortal.

En términos prácticos, si Beijing y Washington no logran acordar reglas de juego que garanticen un manejo razonable de la competición, es posible que, en principio, haya un aumento de la presión tarifaria, restricciones tecnológicas y una mayor vigilancia sobre flujos de capital y movimientos de inversión.

En ese horizonte, la cuestión no es si China vencerá a Estados Unidos, sino si ambos podrán coexistir en una forma de equilibrio que no despoje a nadie de su derecho a desarrollarse.  El futuro está en la capacidad de traducir la complejidad en decisiones razonadas, la rivalidad en competencia productiva y la cooperación en un marco de normas que primen la seguridad y el desarrollo humano.

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Sobre el autor: Gabriel Torres Rodríguez

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